jueves, 7 de julio de 2016

Capítulo Tercero (2 de 3) Tras la sombra del pasado. Parte primera. La huida.

[...] - ¿De qué os reís? - quiso saber, sentía curiosidad sobre lo que Ana le podría estar contando.
- Estaba poniendo al día a Clara - contestó Ana aún entre risas - Ahora hablaba de nuestros apodos.
- Ana, ¿no me digas que le has contado a Clara "eso" que me prometiste que no le ibas a contar? - espetó bastante fastidiado - ¡Cómo eres! Sabes que me da mucha vergüenza.
- Pues no chaval, te has colado sólo hablaba del origen del apodo de "Machi" - Ana sonrió con malicia - Pero te has delatado tú solito y ahora tendrás que cantar como un pajarito. De todas formas, acabará por enterarse...

Fred pidió a Ana que guardase silencio mientras Clara los interrogaba con la mirada y bastante intrigada. Ana se encogió de hombros, juntó los dedos pulgar e índice a modo de pinza y los deslizó por los labios como si cerrase una cremallera. Pero eso fue superior para "Machi", que estaba escuchando la conversación. 
Se levantó de su asiento y se arrodilló en el pasillo del autobús junto a Clara ignorando las súplicas de Fred e incrementando la curiosidad de la chica.
- ¿No te parece que Fred es un nombre un poco peculiar? - le preguntó con aire de misterio.
- La verdad es que no - respondió Clara - Mi primo también tiene un nombre extranjero, se llama Jesse.
- Pero Fred no es su verdadero nombre y esa es una carga que él siempre llevará con la losa de la vergüenza sobre su espalda durante toda su vida - "Machi" gesticulaba como si de un dramaturgo se tratase - Verás, el verdadero nombre de Fred es...
- Joder "Machi" - Fred sintió que se le calentaban las orejas.
- No seas tan melodramático Mimosin. Mírala, la estamos preocupando.
"Machi" pasó el brazo sobre los hombros de Clara, carraspeó un poco y guardó unos segundos de silencio para crear más expectación, cosa que los demás aprovecharon para arremolinarse alrededor y así acompañarle al unísono.
- ¡¡¡Godofreeedooo!!! - canturrearon.

Todos estallaron a carcajadas mientras Fred se derrumbó en su asiento con derrota. Clara se giró y le lanzó un guiño, él le devolvió el gesto acompañado con una sonrisa.
Tras una severa advertencia del conductor, todos volvieron a sus asientos. Continuaron riendo y bromeando pero un poco más calmados para no molestar al resto de viajeros.

Al fin llegaron a Aracena. La casa de los abuelos de Fred distaba unos tres kilómetros del pueblo, se podía llegar rápidamente en coche, pero los chicos siempre preferían ir a pie a través del monte por un camino de senderismo. Después de estar más de una hora sentados en el autobús, a todos les apetecía caminar.

Clara observaba encantada el entorno, siempre pensó que el paisaje andaluz era más bien árido, seco y amarillento. Las únicas fotografías que conocía del campo, era las que vio en su libro de texto enumerando los numerosos cultivos de la región, en su mayoría de secano. Pero mucho distaba la Sierra de lo que ella pensaba, ahí era todo verde. Caminaron protegidos bajo las sombras de castaños, nogales y alcornoques, además de tener el suelo sembrado de mimosas, siemprevivas, romeros o menta poleo. Las fragancias se mezclaban entre sí y Clara los inhalaba encantada. Nunca había estado en contacto directo con la naturaleza y se sentía pletórica.

Ella y Fred se quedaron un poco rezagados del grupo y otro silencio incómodo amenazaba con aparecer, pero esta vez, decidió ser ella la que iniciaría una conversación.
- ¿Así que... Godofredo? - preguntó con aire burlón.
- Sí así es, ese es mi nombre y así me llamo. Al igual que mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo, mi tatatabuelo y podría seguir hasta llegar al primer puñetero Godofredo de la historia - suspiró con fingido pesar - Por eso prefiero que me llamen Fred. ¿Qué te parece?
- Pues... es bastante feo - Clara sonrió con ternura - Es normal que no te guste.
- Vaya, agradezco tu sinceridad. Pero también hubiese aceptado una mentira piadosa.
- Lo siento - respondió Clara sin poder dejar de sonreir.
- No te preocupes, estoy más que acostumbrado. Pero conmigo se terminará la maldición de este nombre. ¡Por mi madre que a mi hijo no le llamaré así!
Clara comenzó a reír de nuevo mientras Fred fingió ofenderse enfurruñando el gesto. Miró delante de ellos y señaló hacia más allá del codo del camino.
- Mira, ya se puede ver la casa de mis abuelos.

Clara miró hacia donde él señalaba, Vio un cerro rodeado por un muro de piedra y en la loma, una gran casa de tres plantas rematada en piedra y madera, rodeada de matas de romero cuidadosamente podadas. estaba situada en el centro de un vasto terreno, rodeada de cultivos de trigo, cebada y un pequeño huerto junto al lindero de la vivienda. También había animales agrupados en tres cercados en los que pastaban tranquilamente, vacas, toros y ovejas. Fred explicó a Clara que sus abuelos se ganaban la vida con el cereal y el ganado. Pero el huerto y los árboles frutales, la pequeña parcela con vides, las gallinas y un par de cerdos, era lo que llenaba la despensa para abastecerse todo el año, el excedente, se vendía en el mercado o lo usaban a modo de trueque para herramientas o material de construcción para el mantenimiento de las cercas y la finca en general. Clara estaba cada vez más maravillada. Aún no conocía a los abuelos y ya envidiaba su forma de vida tan autónoma.

Una mujer mayor, les saludaba desde el porche de la casa agitando enérgicamente el brazo y sonriendo ampliamente. Clara supuso que se trataba de la abuela de Fred. Todos respondieron con el mismo entusiasmo, no era alegría simulada, la abrazaron y  besaron con mucho cariño. Se notaba que la querían y mucho, como si fuese la abuela de todos.
Tal y como Fred había dicho, su abuela estaba encantada con la nueva invitada. La abrazó y besó como una más. Clara se sintió un poco incómoda, no estaba acostumbrada a recibir abrazos y cariños y mucho menos de ningún adulto, más bien todo lo contrario. La abuela miró a Clara con una tierna sonrisa, interpretó el turbamiento de la muchacha como simple timidez.
- ¡Pero qué ojos tan impresionantes tienes, nunca he visto unos tan verdes e intensos!
Clara agradeció el comentario entre murmullos, se sentía bastante incómoda, nunca supo cómo hablar a un adulto, siempre lo tuvo prohibido. En Barcelona, si había en casa alguien ajeno a la familia o la cúpula de la Organización, ella debía permanecer encerrada en su habitación para no ser vista por nadie. En un par de ocasiones ocurrió que llegó a casa cuando el padre de Jesse estaba reunido y las consecuencias fueron nefastas. Hugo se encargaba después de culparla de provocar una situación violenta en el sentido más literal de la palabra y por eso, desde muy pequeña aprendió a ser invisible al mundo.

Ana intervino rápidamente para socorrerla, se notaba que Clara se sentía bastante incómoda con la abuela y le propuso dar una vuelta para enseñarle la finca. Ella aceptó y los demás se unieron al paseo.
Caminaron hasta el cercado de las ovejas. Los chicos se sentaron en la tabla superior jugando a mantener el equilibrio. Clara observó ensimismada a los animales, hasta ese momento, no los había visto de ese modo, sólo en fotografías y televisión. Sin evitarlo, fantaseó sobre cómo sería vivir en un sitio así. Podría ser muy bonito, pero también sabía que era demasiado urbana para tanto sosiego, tarde o temprano acabaría por cansarse.
- Qué bonitas son - murmuró - Parecen tan tranquilas y apacibles.
- No creas que son tan buenas - Fred se bajó de la cerca de un salto para ponerse a su lado, señaló a las ovejas con la cabeza -Un bicho de esos fue el causante de mi primera escayola. Me rompí el radio y el cúbito, un verano entero a tomar viento.

Clara le interrogó con la mirada con aire confuso, él sonrió satisfecho por provocar la impresión que deseaba. Continuó hablando sin apartar la vista de los animales.
- Pues verás, tendría unos seis o siete años más o menos. Mi abuelo nos prohibió montar a caballo solos porque, lógicamente éramos demasiado pequeños. Así que a "Machi" se le ocurrió que podríamos montar sobre las ovejas y eso hicimos, pero no duramos ni tres segundos sobre ellas. Parecen muy dóciles pero nos dieron un buen repaso.
- Supongo que después de aquello, se os quitarían las ganas de hacer trastadas - dijo Clara entre risas.
- ¿Bromeas? - Ana intervino y señaló a los chicos - No hubo un verano que éstos no trajeran de recuerdo alguna escayola, brecha, moratones o heridas. Además claro está, de una buena tunda por parte de los abuelos.

Ana comenzó a contar varias anécdotas donde los chicos salieron muy mal parados por sus travesuras. Clara reía encantada al imaginar las escenas descritas, aunque a la tercera anécdota se percató que todas tenían un denominador común y era que "Machi" era el celebro de todas las ocurrencias y que Fred y Juan simplemente se dejaban guiar por él.  [...]


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