viernes, 27 de mayo de 2011

El autobús. (Relato)

Pasé hasta el fondo del autobús sentándome tras un profundo suspiro. Estaba agotada, y el calor no ayudaba en absoluto. Otro día había pasado inadvertido, sumido en la monotonía. Levantarse, trabajar, comer, volver a casa tan agotada que no sentía ánimos de hacer nada más. Sólo acostarme para volver a repetir lo mismo día tras día, semana tras semana...

Intenté concentrarme en la lectura pero sentí que me observaban, levanté la vista por encima del libro observando con disimulo a los demás viajeros. Muchos de ellos ya eran caras familiares, mis conocidos en el ciclo cerrado que era mi vida pero extraños al fin y al cabo.

Nuestras miradas se cruzaron quedándose atrapadas sin escapatoria, ante el sentimiento confuso que nos invadió. Nunca nos habíamos visto antes pero sentía como si fuese parte de mí y yo, parte de él.
Noté cómo me ruborizaba. Oculté mi cara tras el libro, me sentí avergonzada por mi reacción, me comportaba como una chiquilla que está empezando a descubrir la vida.

El asiento que estaba junto a mí quedó libre y él se sentó a mi lado. Mi corazón latió con fuerza, me reprendí por mi estúpida reacción. Miré de reojo, me miraba fijamente, su expresión delataba su confusión. Finalmente se decidió por hablar sobre el tiempo. Esbocé una leve sonrisa. ¡qué típico! poco a poco la conversación comenzó a ser más personal, más íntima. Casi sin darnos cuenta nos contamos nuestras aspiraciones frustradas por las ramas del destino. ¿Por qué le contaba todo ésto?¿Por qué me lo contaba todo él a mí?. Hablamos durante todo el trayecto, aunque nunca le vi antes sentía que no era un desconocido. Finalmente llegué a mi destino, nos despedimos como si nos volviésemos a ver más tarde. Bajé del autobús, me despidió con un gesto con la mano a través de la ventanilla. Y le vi desaparecer.

Regresé a casa con energía renovada. Pensando en todo momento nuestra conversación, en poco tiempo, en un breve trayecto de autobús, le conté mi vida y él la suya. Esa noche, cuando el sueño venció la batalla contra mi euforia, me dormí con la imagen de sus ojos clavados en mí.

A la mañana siguiente esmeré aún más la imagen de mi aspecto, escogí la ropa que mejor me sentaba, el peinado que más me favorecía. No era un día más, nunca volvería a ser igual.
Sentía que el tiempo pasaba insoportablemente despacio, los minutos parecían horas; las horas, días. Al fin llegó el momento que tanto había deseado, el autobús llegó y me senté en el fondo de nuevo. Observé con nerviosismo a todas las caras, algunas conocidas, otras extrañas. No le vi.
Cada parada en la que el autobús se detenía, miraba con impaciencia a las personas que esperaban en ella, pero a medida que se acercaba mi destino, la decepción se apoderó de mí. Me sentí estúpida, me reprendí por mi actitud. Aún así, esperé verle cada día, hasta que vinieron las semanas, los meses...

Apenas recuerdo su rostro, el tiempo ha puesto un velo entre nosotros pero su mirada perdura tan fresca en mi memoria como el primer día. ¿Por qué no pregunté su nombre?¿Por qué no le dije el mío?.
Diez años pasaron desde aquel día. Dejé su recuerdo en el fondo de mi memoria. Había construido un horizonte, había creado una familia. Ahora tenía otra rutina, otros objetivos, otras ilusiones...
Seguía todo igual, aunque con distinta perspectiva y nuevos objetivos.

El autobús llegó retrasado a causa de la lluvia. Caminé por su interior manteniendo el equilibrio mientras secaba la lluvia de mi cara con el dorso de la mano. Y le vi, allí estaba frente a mí. Aunque su rostro estaba ligeramente cambiado a causa del paso de los años, le reconocí al instante. Sus ojos, su mirada era la misma. No hizo falta preguntarme si me reconocería porque su mirada lo delataba. Me senté a su lado, cruzamos nuestras miradas una vez más sin saber qué decirnos. Miles de cosas se me pasaron por la cabeza para iniciar una conversación pero las palabras se aferraban en el fondo de mi garganta resistiéndose a salir. Notaba cómo me lanzaba miradas furtivas, intentando posiblemente, iniciar la conversación.

El trayecto transcurrió tras vanos intentos de ambos para entablar una conversación. Quería volver a hablar con él, pero ¿qué decirle?; ¿qué esperaba?; ¿qué contarle?.
Finalmente bajé del autobús, nos miramos fijamente a través de la ventanilla mientras se alejaba, regresé a casa con tristeza. Hace diez años le vi por primera vez y le dejé marchar. Hoy le volví a ver y nada cambió. ¿Estaríamos predestinados a conocernos? No, no lo creo, nuestro sino es alejarnos el uno del otro. Volvería a ocurrir una y otra vez, es lo que me dije para intentar convencerme a mí misma, pero no lo logré.

Cuando llegué a casa, me dejé caer en el sofá, entonces me incorporé rápidamente. Ya sabía qué tenía que haberle dicho: - ¿Cómo te llamas?, Mi nombre es... 
¿Qué más da? Ya no importa, las oportunidades que se dejan escapar, nunca podrán regresar.

Sylvia Ellston.
Obra registrada. Código: 1111250598236


7 comentarios:

  1. Me ha parecido muy interesante. Nuestra vida es el resultado de las decisiones que tomamos en cada momento determinado. Hay un sinfín de posibilidades tras cada puerta que se abre ante nosotros.
    ¿Y si se hubiesen presentado formalmente? ¡Quién sabe! Quizás estarían compartiendo sus vidas, o quizás no.

    ResponderEliminar
  2. Es el carisma de la duda, a cada decisión que tomamos siempre dejaremos atrás un... ¿Y si...?

    ResponderEliminar
  3. Sylvia tu relato del autobús me ha fascinado, nunca se puede saber lo que hubiera pasado si...solo el presente es lo que cuenta, aunque siempre te hagas esa pregunta

    ResponderEliminar
  4. Muchas veces dejamos pasar las oportunidades por miedo a que no salga bien,pero esta vida es una lotería y si no se juega,no se puede tener esa mínima oportunidad de ganar,aunque sea más NO que un SI.Y luego siempre recuerdas el momento y te arrepientes de no haber tomado la decision de decir,voy a intentarlo.Me ha encantado tu relato,eetá lleno de sentimientos y de añoranza por aquello que dejamos escapar por miedo(DESI)

    ResponderEliminar
  5. Un relato que da que pensar, que es lo que me gusta cuando leo algo, que me deje el regustillo de hacerme preguntas. Buen planteamiento.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  6. Tus relatos los leo con verdadero deleite. Enganchan ,el lector con avidez busca el desnlace del relato que intuye tendrá final nostálgico. Mientras tanto tu lo conduces con un lenguaje, dulce, detallista, sencillo, melancólico, tierno y muy femenino ( que me perdonen las feministas ) , hacia el agridulce final intuido.

    ResponderEliminar