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viernes, 3 de junio de 2016

El sustituto. (Parte final)

Asistir a un instituto de formación profesional te da más libertad que hacerlo en uno de bachiller y si además asistes a las clases nocturnas mucho más.
La mayoría de estudiantes tienen trabajo y compatibilizan el mundo laboral con el formativo. Por ese motivo, los profesores son más condescendientes con las faltas de asistencia. Así que era raro que la clase estuviese al completo los viernes por la tarde y a medida que las horas lectivas avanzaban, disminuía el número de alumnos en las clases.
Esperábamos en el pasillo al profesor de matemáticas para que nos abriese la clase y dar la última hora. La soporífera y aburrida asignatura sumado a la hora y día, era el motivo por el que apenas llegásemos a la decena de alumnos. Por norma general yo no asistía a esa última clase de la semana, pero debido a mi juego de tira y afloja con el sustituto, hizo que mi asistencia cambiase del sesenta por ciento al cien por cien. El profesor de matemáticas se retrasaba y decidí fumarme un cigarrillo aprovechando los recovecos del pasillo para no ser vista. Pero ingenua de mí, no conté con el humo que exhalaba. Y sin que yo apreciase la llegada del maestro, lo encontré frente a mí mirándome con reprobación. Me quitó el cigarrillo de la boca y mientras lo apagaba pisándolo enérgicamente me soltó una soporífera retahíla sobre las normas de conducta, la prohibición de fumar en centros públicos y rematando con un sermón sobre mi salud.
La vergüenza de verme sorprendida sumado a las miradas burlonas que mi situación provocaba en mis compañeros, sacó de mi interior la fierecilla indómita de mi juventud. En unos meses sería mayor de edad y no iba a consentir que un profesor me aleccionase como si fuese una chiquilla. Así que saqué otro cigarrillo del interior de mi chaqueta e intenté encenderlo frente a sus narices.
Tal demostración de falta de respeto fue superior para el viejo profesor que debió jubilarse hace años y no era capaz de recordar lo que es ser joven, si es que alguna vez lo fue.
Me quitó el segundo cigarrillo con más brusquedad, lo partió en dos y con la cara tan roja que parecía que le iba a explotar en cualquier momento, me mandó ir a la biblioteca como castigo. 
Encogí los hombros y caminé con parsimonia tras el maestro, no presté atención al enérgico sermón que me echaba porque mis pensamientos, estaban centrados en intentar comprender porqué pensaba que castigarme sin asistir a la clase de matemáticas un viernes a última hora, debía ser un castigo.

Entré en la desierta biblioteca, elegí una mesa del fondo rodeada de estanterías. El profesor ordenó que sacase mi libro de texto indicando que buscase la página ciento setenta y dos, obedecí con parsimonia y pasé la página una a una. Esa actitud era una norma no escrita en el instituto, si alguno tenía algún modo de hacer perder el tiempo de clase a un profesor, debía aprovechar la oportunidad.
Cuando pasé la quinta página, el profesor me quitó el libro, buscó la página por mí y me adjudicó todos los ejercicios que vio advirtiendo que los quería hechos y sobre su mesa el lunes si no quería que mi insubordinación se viese reflejado en la nota final o en una expulsión que parecía que lo estaba buscando.

En cuanto se marchó, me puse los auriculares y me distraje dibujando caricaturas. Comencé a tararear mi canción favorita y me concentré en lo que hacía hasta que una mano tocó mi hombro provocándome un tremendo susto. Una biblioteca solitaria, mal iluminada y despuntando el ocaso, no era un sitio para que a alguien le den un susto.
Miré tras de mí con el miedo en la mirada y me encontré con unos ojos turquesa que me miraban con diversión. Mi sorpresa inicial se tornó en enfado, aunque estaba más molesta conmigo misma por mi reacción que por el susto de muerte que él me había dado.

Me comentó con un tono en el que se mezcló resignación y chanza que al ser sólo un profesor sustituto, debía encargarse de los turnos de guardia que nadie quería, sobre todo la guardia de la biblioteca ya que los únicos alumnos que entraban ahí eran los castigados. Quiso saber lo que había hecho para terminar castigada. Se lo conté sonriendo orgullosa por mi rebeldía.
- Eres una fierecilla sin domar - respondió conteniendo la risa a duras penas.
Se interesó por mis dibujos y elogió mi destreza. Se sentó a mi lado y comenzamos a hablar sobre algo que teníamos en común... los cómics. Comenzamos a discutir sobre un súper héroe que él admiraba y yo detestaba. En un momento en el que la discusión estaba en su apogeo, él me silenció agarrándome ambas mejillas con las manos y me besó con fogosidad. A causa de la sorpresa, me aparté mirándole confusa a la vez que impaciente. Sin decirme nada, se levantó y se marchó de allí.
 Me quedé pensando qué podía hacer, si seguirle o si hacer como si nada hubiese pasado. Todavía tenía su sabor en los labios y ese beso aunque intenso, me supo a poco.
Escuché cómo cerraba la puerta de la biblioteca con llave e inmediatamente después, las luces se apagaron dejándome envuelta en una penumbra débilmente iluminada por las luces de emergencia. Me puse en pie sin saber si debía irme o permanecer allí. Pensaba si ese beso fue espontáneo y rectificó a tiempo o era el preámbulo de algo más intenso.

Volvió a mi encuentro con paso decidido, mi corazón se desbocó al comprender que aquello que estaba provocando como un juego iba a resolverse en ese lugar y momento. Había ido demasiado lejos pero no podía ni quería echarme atrás. Así que cuando me volvió a besar de un modo que parecía que la vida le iba en ello, yo respondí de igual modo.
Agarró mis muñecas con firmeza manteniéndolas a la altura de mis hombros y sus besos descendieron por mi cuello, hombro hasta llegar al pecho. Me agarró un seno y mordisqueó el pezón con cuidado. Aquello hizo que brotase del fondo de mi garganta un gemido que silencié apretando los labios. Nunca nadie me había besado así, nunca nadie me había acariciado de ese modo y nunca antes había llegado tan lejos con nadie. 
Apretó mis nalgas y me alzó a pulso, crucé mis piernas alrededor de su cintura mientras mi cuerpo quedaba aprisionado entre el suyo y la estantería. Continuó devorando mi cuerpo con avidez mientras yo permanecí aferrada a él con las piernas cruzadas en su cintura y los brazos tras su nuca.
Asió mi cadera con firmeza y caminó un par de pasos hacia atrás para seguidamente girar usando mi cuerpo para la inercia. Me sentó sobre la mesa y dibujando un arco con el brazo, retiró el libro y mi libreta tirándolos al suelo. Se reclinó sobre mí mientras sus manos ocultas bajo mi ropa, exploraba mi cuerpo. Me desabotonó la camisa guiando con la lengua el descenso de sus manos. Yo sólo podía emitir gemidos casi imperceptibles y mi respiración se sincronizó con el latido de su corazón.
Sin dejar de acariciarme, se quitó la camiseta y volvió a devorar mis labios mientras comenzó a desabrocharme el pantalón. Con un movimiento rápido, me desprendió de toda mi ropa quedando expuesta ante él en ropa interior.
Pude sentir en mi ingle lo que yo provocaba en su miembro viril. El temor ante lo desconocido, la excitación del momento y turbación de conocer la reacción de mi cuerpo ante las caricias, se reflejó en mi mirada que apenas se vislumbraba en aquella penumbra.
Él se percató de mi zozobra y comprendió el motivo del temor que que mi cuerpo trasmitía temblando ligeramente en una mezcla de temor, confusión y perturbación.

- ¿Nunca lo habías hecho antes? - me preguntó con la voz entrecortada a causa de su respiración acelerada.
Negué con la cabeza sin poder dejar de mirarle, su expresión cambió y me sonrió mirándome con ternura. Y ambos recordamos que a fin de cuentas él era mi profesor y yo su alumna.

Esa idea de jugar con lo prohibido sumado al deseo de volver a sentir sus manos sobre mi, eliminó mi zozobra por completo y sonreí invitándole con la mirada a continuar. Titubeó un instante pero antes de que la razón volviese a interponerse entre ambos, volví a besarle saboreando sus labios y mordisqueé el lóbulo de su oreja para terminar besando su cuello mientras mis dedos dibujaban el contorno de su pecho bajando lentamente hasta la cintura. Le abracé sin dejar espacio alguno entre los dos.
El tacto de piel con piel, silenció al sentido común y respondió a mis besos dejando que el deseo e instinto volviese a tomar el mando. Se reclinó sobre mí y exploró mi intimidad acariciándolo con suavidad, introdujo un dedo con cuidado, luego dos. Mientras saboreaba mis pezones, exploró mi intimidad con suaves movimientos hasta que su mano quedó impregnada con la humedad de mi interior. Dejé escapar un gemido que sólo pude amortiguar mordiendo mi mano y él me ayudó a silenciarme besándome con ternura. Continuó besándome mientras se ponía un preservativo.

Estaba llegando al punto del no retorno, pero no quería ni podía echarme atrás. Me miró a los ojos buscando en ellos alguna negativa que no encontró y volvió a besarme con una sensualidad que jamás había sentido mientras echaba mi cuerpo hacia atrás hasta quedar completamente tumbada sobre la mesa. Despacio muy despacio, me penetró y apreté los dientes dejando escapar un quejido de gozo cuando le sentí completamente dentro de mí. Entrelazamos los dedos y fijamos la mirada en los ojos del otro. Se movió sobre mí con movimientos metódicos y rítmicos haciendo que mis sensibles endurecidos y erguidos pezones acariciasen su tórax. La fricción de su miembro con mi clítorix unida a la de mis pezones en su pecho me provocó un extraño cosquilleo que se acumuló concentrándose en mi interior. Mis jadeos se aceleraron al igual que su empuje, comenzó a devorar mis labios, cuello y senos con avidez y descubrí por primera vez la culminación del clímax. El cosquilleo iba en aumento hasta que se liberó como una explosión dejándome extasiada y relajada de igual manera. Me sentí tremendamente avergonzada al pensar que me había orinado. Él sonrió con ternura y susurró jadeante.
- Tranquila, eso es normal.
Al parecer esa explosión interna que sentí, le llenó de satisfacción. La humedad de mi interior se incrementó y su fricción fue en aumento hasta convertirse en una desenfrenada cabalgada. Mis senos se movían al ritmo de su lujuria y todo lo que nos rodeaba desapareció. Llegó al clímax y apretando los dientes reteniendo todo cuanto pudo una exhalación de gozo dio una última embestida penetrando su miembro todo lo físicamente que le fue posible y seguidamente se derrumbó sobre mí.

Ambos quedamos extenuados y jadeantes, intercambiando besos y miradas confidentes. Ninguno podía dejar de sonreír.
Mientras nuestra respiración y latidos volvían a la normalidad, él me acariciaba con suavidad, como si quisiera memorizar hasta el último recoveco de mi cuerpo. Yo me perdí en su mirada mientras la razón volvía a tomar las riendas.
Fue mi primera vez y no fue con el amor de mi vida ni con alguien del que estuviese perdida e incondicionalmente enamorada como siempre creí que debía ser. Siquiera fue premeditado o planeado tras un encuentro romántico. Pero no estaba arrepentida en absoluto. Ese modo de bersarme, de acariciarme, de poseerme... Lo que él me hizo sentir, cómo actuó en todo momento, lo que su mirada me trasmitió desde el inicio hasta el final, hizo que esa primera vez superase con creces todas mis expectativas.


El sustituto. (Parte primera)

"Mi gozo en un pozo" pensé para mí cuando el jefe de estudios anunció que el profesor de educación física estaría de baja al menos dos meses para seguidamente, anunciar que el sustituto ocupará su puesto ese mismo día.
Crucé la mirada con mis amigos y adiviné sus pensamientos, no fue difícil porque yo había pensado lo mismo y ya estábamos planeando en cómo ocupar la hora libre y con la llegada del sustituto los planes fueron frustrados.
Aunque un sustituto tampoco estaba mal, era mucho mejor porque podríamos hacer lo que nos viniese en gana sin que nuestro historial de asistencia se viese afectado y esa teoría se ratificó cuando el jefe de estudios nos explicó que el sustituto era un estudiante de último año que aprovecharía la baja del profesor fijo para efectuar sus practicas. Intercambié una sonrisa confidente con mis amigos, si con un sustituto hacíamos lo que queríamos, con un sustituto en prácticas, será una fiesta.

Estaba charlando con mis amigos sobre trivialidades mientras el jefe de estudios seguía con la presentación. Tras un par intentos fallidos por parte del jefe de estudios para hacernos callar, optó por coger un trozo de tiza y lo lanzó hacia nuestro corrillo. La tiza pasó ante mis ojos y reaccioné dando un respingo. Toda la clase estalló a carcajadas y para simular mi zozobra quise mirar desafiante al docente. Pero mi turbación se incrementó al fijar la mirada a los ojos turquesas del sustituto. Sería unos diez años mayor que yo,  aunque tenía un aire juvenil que le añiñaba la cara; se notaba que quería parecer más adulto con aquella barbita de días perfectamente delineada, cosa que le hizo ser incluso más endemonidamente guapo y para completar la cuasi perfección, además era de complexión atlética y fibroso pero sin llegar a pasarse, sólo lo justo para que se adivine su musculatura bajo la camiseta sin parecer un garrulo de gimnasio.
Él me devolvió la mirada reteniendo una sonrisa provocada por el lanzamiento de tiza.  Me di cuenta que le estuve observando más tiempo del estrictamente necesario y puede que hasta mi fijación haya quedado al descubierto. Noté que se me alentaron las orejas al ver la sonrisa confidente de mi mejor amigo el cual, seguramente adivinó qué estaba pensando. Incliné la cabeza ligeramente hacia atrás y con altivez, desvié la mirada más allá de la ventana para enviar un mensaje al jefe de estudios y dejarle claro que su llamada de atención no había hecho mella en mi actitud.

Tras el primer impacto que me ocasionó conocer al sustituto, volví a ser la de siempre. Sobre todo porque, seguramente en su afán de demostrar que estaba preparado para dar clases, fue incluso más  exigente y duro que el profesor permanente. Y no se conformaba con hacernos correr alrededor de la pista deportiva u organizar partidos de fútbol, baloncesto o voleibol. 
Quiso ir más allá, poniéndonos pruebas de resistencia, velocidad, equilibrio... Y tanto yo como mis amigos, comenzamos a detestar las clases de educación física. Después de tres semanas estábamos echando de menos a nuestro profesor habitual, sobre todo, porque aquel día se presentó con mal augurio ya que tocaba saltar el potro con trampolín. Pero al contrario de lo que imaginamos, nos lo pasamos muy bien, sobre todo porque nos reíamos a costa de la torpeza de algunos compañeros y aplaudimos vitoreando las caídas más aparatosas.

Llegó mi turno y tras responder con una reverencia y mucha guasa a los vítores de ánimo de mis amigos, me dispuse a realizar el ejercicio. Una de las víctimas de nuestras burlas, quiso vengarse y justo cuando me disponía a saltar, corrió hacia mí con la intención de chocarse, frenó un par de metros de mí pero fue suficiente como para desconcentrarme, hacer que apoyase mal las manos en el potro y caer aparatosamente al suelo torciéndome el tobillo.
Me levanté hecha una furia para reprender al graciosillo pero me había hecho más daño de lo que parecía a primera vista y al apoyar el pie lastimado, sentí un dolor que recorrió mi pierna hasta la rodilla como un latigazo y haciendo que perdiese el equilibrio de nuevo.
Entre la risas de unos compañeros y las despotricaciones de mis amigos, se armó un alboroto que sólo puedo ser silenciado cuando el sustituto usó su silbato para llamar al orden.
Se acercó a mí y me inspeccionó el tobillo, tras llamarme la atención por el vocabulario soez que usé para seguir reprendiendo al causante de mi lesión, me anunció que no tenía nada grabe pero que debía ir a la enfermería para aplicarme un aerosol anti inflamatorio.
Quise ir por mi propio pie para intentar mantener en alto mi ya tocado orgullo, pero el tobillo me dolía bastante y no podía apoyar el pie. Así que el sustituto, me cogió en brazos y me trasladó a la enfermería. Protesté por cogerme de ese modo porque aquello incrementó las burlas de mis compañeros. Sólo cuando le amenacé con dar aviso al director por coger tantas confianzas, decidió dejarme en el suelo pero pasó mi brazo sobre sus hombros para que me sirviese de apoyo. 
Aferrada a él, cojeando y con el orgullo herido, salí del gimnasio. Al estar tan cerca de él pude oler su perfume... ¡Madre mía, qué bien olía!

Sentada en la camilla, mi enfado seguía patente y resoplé con fastidio apretando los dientes para intentar no exteriorizar el dolor del tobillo y no demostrar mi preocupación por la lesión.
- Tienes muy mal genio - me dijo con sorna mientras buscaba el medicamento cutáneo - Mal genio y un pico de oro.
- Si te parece le canto una saeta - dije con sarcasmo - Y remato marcándome unas sevillanas, ¿no te fastidia?
Mi chulesca respuesta le provocó un estallido de carcajadas, cosa que me enfureció más aún. Y trasladé mi enfado en echarle la culpa por hacernos usar el potro. Como si eso nos fuese a servir el día de mañana. También le comenté que su clase era de relleno y que no debía tomárselo tan en serio porque nadie lo hacía, sólo servía para equilibrar la nota media en las evaluaciones.
Eso sí pareció molestarle porque me fulminó con la mirada fugazmente, le respondí con una sonrisa maliciosa al saber que le había molestado y él apartó la vista para buscar el medicamento del armario metálico. No hay nada como poner en duda la utilidad de una asignatura para molestar a un profesor.

Echó el aerosol sobre mi tobillo y lo masajeó para que la piel absorbiese el medicamento. Chasqueé la lengua al notar un dolor punzante y protesté entre quejidos. Él ralentizó la fricción y me dio un suave masaje.
- ¿Mejor así? - preguntó mirándome a los ojos.
Asentí con la cabeza y tal como me ocurrió la primera vez que le vi, su mirada me perturbó. Ambos permanecimos en silencio mirándonos fijamente. El masaje se tornó mucho más suave, más sensual. Sólo tenía diecisiete años, pero despertó en mí sensaciones más allá del instinto primario.
Yo sentada en la camilla, él arrodillado en el suelo masajeando el tobillo y ambos fundidos en una mirada que trasmitía confusión, deseo, peligro y prohibición. Le sonreí levemente pero él recobró la compostura, se puso en pie y se apartó de mí un par de pasos. Intentó ocultar lo que estaba pensando pero ya lo sabía. Sabía que él deseó lo mismo que yo. Porque lo que yo pensé no fue sólo un pensamiento líbido de una adolescente con las hormonas en ebullición, También era la emoción de jugar con lo prohibido e ir más allá de las normas de conducta.Y así era yo, impulsiva y si quería hacer algo, lo hacía sin meditarlo mucho. "Primero actúo y luego me preocupo si debo arrepentirme" ese era mi lema.
Así que aproveché que él me ayudó a bajar de la camilla para rodear su cuello con mis brazos y le besé con toda la avidez que mi juventud y falta de experiencia me permitió.
Fue breve pero intenso, pero él me apartó alarmado y miró hacia la puerta abierta de la enfermería con preocupación.
- Soy tu profesor, no deberías haberlo hecho - me dijo con tono severo. El timbre de su voz y su lenguaje corporal no casaba con el modo de mirarme.
- Ha sido un acto reflejo - dije intentando parecer lo más inocente y zozobrada posible - N-no, n-no sé por qué lo he hecho.
Salí de la enfermería todo lo rápido que mi dolorido tobillo me permitió, el corazón me latía con fuerza pero no podía dejar de sonreír. Me había rechazado, pero supe que sólo lo hizo porque era lo que él tenía que hacer y no lo que quería.

Durante el resto de la semana, provoqué encuentros que parecían casuales. Cuando él tenía guardia en la sala de estudio o en la biblioteca, aparecía por allí, me dejaba ver pero manteniendo las distancias. Buscaba un cruce de miradas que cuando ocurría, le hacía ver lo que él provocaba en mí para seguidamente apartar la vista fingiendo confusión y vergüenza. Para mí era divertido y a la vez excitante que pudiese despertar interés en alguien mayor que yo. Cuando se tiene diecisiete años, cinco de diferencia era toda una eternidad.

Uno de esos días, estaba sentada en las gradas de la pista deportiva, a causa de la lesión de tobillo, quedé exenta de la clase de educación física. Me burlaba de mis compañeros al verles correr sudorosos alrededor de la pista, algunos respondían a la chanza con amenazas burlonas.
El profesor sustituto se sentó a mi lado y me entregó una carpeta pidiendo que anotase los tiempos de mis compañeros mientras él prestaba atención a su reloj cronómetro.
Mientras anotaba lo que él me dictaba, rocé su pierna con la rodilla y noté cómo se tensó. Eso me divirtió aún más. Puede que sea mi profesor, puede que sea más mayor, pero sólo era a lo sumo cinco o seis años mayor y tampoco iba a ser mi profesor para siempre, dos semanas más y no habría ningún problema. Pensé que se apartaría, que volvería a huir de mi, pero permaneció sentado y me miró intentando por todos los medios mantener la compostura y las apariencias.
- Eres un torbellino - dijo con tono de guasa - No busques jugar con fuego cuando aún no tienes edad de usar cerillas.
- Que no te confunda mi edad - respondí retándole con la mirada - Ya he encendido algunas hogueras y sé cómo no quemarme.
Ambos nos reímos por el juego de palabras y continuamos haciendo alusiones sobre nuestros pensamientos usando metáforas y juegos de palabras con doble sentido. Yo me sentí más crecida porque ya estaba convencida que lo que yo buscaba, era un deseo mutuo.
La partida había comenzado y él estaba dispuesto a jugar. Las reglas no estaban establecidas y tampoco los limites. La novedad de seducir a alguien mayor que además según los establecimientos sociales debía ser alguien inaccesible y prohibido, incrementó aún más si cabía, el deseo de saber hasta dónde él estaría dispuesto a llegar.

(Continuará)


miércoles, 18 de junio de 2014

Versátil

Tres horas pasaron de la media noche, el local estaba rebosante y reinaba buen ambiente. Bailé como solía hacer, embriagándome con el son de la música mientras contorneaba mi cuerpo de modo insinuante. Me encantaba la sensación de ser observada para ignorar seguidamente las miradas que me dirigían. Cerca de cumplir los veinte años, sentía que tenía el mundo al alcance de las manos y podía hacer lo que me apetiera y cuanto quisiese.
La música cambió de estilo y me dirigí al rincón donde estaban sentados algunos de los amigos que formaba el grupo con el que solía salir. 
Sirvieron nueva ronda de cerveza, alguien pidió por mí y me limité a alzar el botellín para agradecer la invitación sin dirigirme a nadie en particular, mi vecino del segundo, se apresuró para notificar la autoría de dicho gesto. Tuvimos una breve y banal charla, quise reunirme con algunos compañeros de clase que vi en la pista de baile y dejé la bebida sobre la mesa, alargué el brazo de tal modo que dejé que el tirante de mi vestido se resbalase de mi hombro. Puede que fuese por inercia o que no se pudo contener, pero él lo colocó en su sitio mientras me acarició disimuladamente con el pulgar. Le miré fugazmente y me erguí zozobrada. "Tengo ganas de ti" me susurró al oído. Sonreí halagada y con timidez, me incliné hacia delante para coger mi bebida de nuevo y así ocultar el brillo de satisfacción con un ápice de malicia que apareció en mis ojos al mismo tiempo que dejaba mi escote al alcance de su mirada.
Después de varias semanas de coqueteos inocentes y sutiles insinuaciones, al fin entró en mi terreno y decidió a dar el paso. Me encantaba que pensasen que son ellos los que se lanzan.

La velada transcurrió como cualquier salida, nadie podía darse cuenta de lo que se avecinaba entre nosotros, era parte del juego... mi juego.
Nos dispusimos a regresar cada uno a sus respectivas casas. El grupo se iba desgranando poco a poco a medida que recorrimos las calles. Hablamos todos, mezclando conversaciones de exámenes, trabajos y planes para una nueva escapada colectiva.
Cuando llegamos a nuestro portal, me despedí de todos con un par de besos de cortesía en las mejillas, dejando a mi vecino el último a propósito y acepté su invitación con la mirada antes de entrar en mi piso y desaparecer en su interior.
Permanecí en silencio con la espalda apoyada en la puerta, pude escuchar sus pasos al subir las escaleras hasta que reinó el silencio. Fruncí el ceño molesta ante el desplante, él sabía que estaba sola en casa, era una oportunidad imposible de rechazar. Ya me disponía a acostarme, cuando volví a escuchar sus pasos, esta vez descendiendo rápidamente. Llamó a la puerta con los nudillos y sonreí con malicia mientras esperaba que volviese a llamar. Mientras giraba el pomo, cogí aire y exhalé lentamente para mentalizarme en el papel que debía interpretar. Abrí la puerta despacio y miré hacia el descansillo con una mezcla de sorpresa y perturbación. Sus ojos azules se clavaron en mí mientras sus labios carnosos dibujaron una sonrisa confidente, todo su cuerpo trasmitía seguridad en sí mismo. 
Me dejé llevar hasta el trastero comunitario y atrancó la puerta. Fingí nerviosismo mientras él se apresuró en apartar algunos trastos para poder tirar al suelo, un colchón que allí había. 
Me besó con avidez mientras deslizaba sus manos bajo mi vestido para explorar mi intimidad. Cumpliendo con las normas del juego, dejé que él llevase las riendas. Apretó mis nalgas con firmeza para levantarme, crucé las piernas alrededor de su cintura y me llevó hacia el colchón. Nos dejamos llevar arrastrados por el deseo contenido aderezado con los vapores del alcohol. Desinhibidos, nuestros cuerpos se fusionaron en una lucha de lujuria salvaje hasta quedar extenuados y sudorosos.
Nos despedimos al despuntar el alba, una vez sola en mi piso, miré hacia el techo sonriendo como una niña orgullosa de su travesura, mientras el sonido de sus pasos desaparecían un par de pisos más arriba. Me tumbé en la cama quedándome dormida casi al instante.

Al día siguiente, ninguno mencionó lo ocurrido. Continuamos comportándonos como siempre, tanto cuando estábamos en grupo o cuando coincidíamos a solas. Aunque de vez en cuando, sí que le dedicaba breves miradas tiernas o sonrisas confidentes. Al cuarto día, volvió a mi encuentro.
Subí a la azotea para tender la ropa mientras cantaba en voz alta para cerciorarme que me escuchaba, aminoré el paso cuando llegué a su descansillo. Pude adivinar que me espiaba por la mirilla porque una sombra delatadora apareció bajo su puerta. 
Una vez en la azotea, continué cantando mientras tendía la ropa, apareció de repente tras una sábana y gesticulando con intención de asustarme. Lancé un chillido para demostrar mi sorpresa ante tan "repentina" aparición mientras me reía aceptando la broma. Se prestó a ayudarme y acepté con una sonrisa cortada mostrando que su presencia me turbaba. 
Estaba colocando la última prenda cuando me abrazó desde atrás, comenzó a besarme la nuca y mordisquear el lóbulo de la oreja. Un escalofrío recorrió mi espalda y me estremecí. Nos refugiamos de las posibles miradas curiosas en el antiguo lavadero comunitario, dejado allí como parte de decoración del inmueble o dejadez del casero. Envueltos en la penumbra, devoró mis pechos y jugueteó con mis pezones endurecidos mientras mis dedos desaparecían entres sus negros rizos y le aferré a mi cuerpo. Me hizo girar sobre mi eje obligando a darle la espalda apretándome con su cuerpo, puse la manos en la pared por encima de mi cabeza. Agarró mis muñecas con una mano mientras que con la otra, asía mi cadera apretándola al ritmo de su lujuria. La tosca pared arañaba mi piel y eso aumentó el placer que sentía. El morbo de poder ser descubiertos, incrementó aún si cabía más, el deseo de poseernos como animales. A cada empuje, le suplicaba entre jadeos más y más. Volvió a girarme y me levantó en volandas para sentarme sobre una de las pilas de piedra. Continuó embistiendo casi con desesperación para acceder a mis imperativas exigencias. Llegamos al cenit ahogando un alarido que nunca llegó a salir de nuestro interior. Se apartó de mi cuerpo lentamente mientras me besó en los labios con suavidad. Permanecimos en silencio hasta que el leve temblor que aún sentíamos desapareció por completo.
Regresamos a nuestras casas con un par de escalones de distancia entre ambos, nos separamos en silencio, continué bajando y aún sabiendo que él permanecía en su descansillo viendo como me alejaba, no me giré ni le lancé una última mirada furtiva.

Creo que había pasado poco más de un mes desde nuestro primer encuentro clandestino. Nos comportamos como amantes furtivos, disfrutando del morbo que provocaba aquel secreto. Nadie del grupo habitual o los esporádicos de la academia donde estudiaba y que a veces nos acompañaban, sospecharon nada. Todo estaba saliendo a la perfección, tal y como esperaba. Pero todo se torció...

Fue un sábado por la noche, aquel día no me apetecía salir. Preferí quedarme en casa y ver una película cuyo anuncio me llamó la atención. Cuando emitieron el primer bloque publicitario, aproveché para preparar una cena rápida. Estaba aderezando la ensalada cuando llamaron a la puerta, era mi vecino.
- He visto que tenías luz en casa por el patio de vecinos-  dijo mientras mostraba media docena de latas de cerveza.
Le invité a pasar, escondiendo tras una falsa sonrisa, mi malestar por aparecer sin que yo haya provocado ese encuentro. Una cosa era dejar que pensase que dominaba la situación y otra muy distinta que realmente crea que me tiene atrapada en sus redes y aparezca de repente con aires de macho alfa.
Me acompañó a la cocina e inmediatamente se unió a la preparación de la cena. En esta ocasión, mi incomodidad no fue fingida, comenzaba a comportarse como una pareja estable y eso rompía mis reglas.
Comimos en silencio mientras veíamos la película, cuando acabamos la cena, me acurruqué junto a él para estar más cómoda. Comenzó acariciándome el pelo y fue bajando lentamente por mi brazo, llegó al costado y acabó masajeándome el seno. Buscó mis labios y me reclinó sobre el sofá mientras me desvestía lentamente. Derramó un poco de cerveza sobre mi tórax y lo limpió con la lengua desde el pecho hasta el vientre, después subió lentamente mientras separaba mis piernas y acopló su cuerpo al mío.
Le dejé hacer, sus movimientos se me antojaron mecánicos y monótonos. Jadeé en su oído murmurando palabras inteligibles, aunque mis ojos permanecían atentos a la pantalla y clavé las uñas en su espalda cuando estalló, pero mis pensamientos estaban más allá. Mientras él respiraba con dificultad intentando recuperar el aliento, le acaricié la espalda mientras meditaba sobre la certeza que el juego había llegado a su fin. Terminamos con el resto de las cervezas y cuando finalizó la película, fingí estar agotada y algo mareada, accedió a marcharse y le di un largo beso mientras buscaba las palabras adecuadas para decirle cuando surja el momento oportuno.

Después de un par de días o más, estábamos charlando y fumando sentados en descansillo del portal. Empezó a ponerme al día de sus cosas, asentí sonriente mientras yo me preguntaba el por qué me soltaba ese tostón si no le había preguntado por su vida. Después se interesó por mí y sobre lo que había hecho últimamente. Comenté con naturalidad, que la única novedad era que me había topado con un amigo común en la academia y que, indirectamente, había propuesto vernos a solas.
Me miró a los ojos de forma extraña, creo que buscaba algo en ellos aunque no sabría decir el qué exactamente. Supongo que no encontró lo que quería ver, porque manteniendo la misma actitud que yo pero mal disimulado, preguntó sobre lo que respondí a ese amigo con un tono que parecía exigir que mi respuesta fue una negativa. Encogí los hombros con indiferencia, tuve que luchar por no estallar a carcajadas porque en verdad me estaba divirtiendo con sus aires de "eres mía", contesté con franqueza y sin tapujos que el fulano en cuestión me había llamado la atención y que no me importaría darle lo que me pedía.
Me clavó sus ojos como se mira al infiel, acusándome. Sonreí con sarcasmo y le recalqué hablando pausadamente y tono chulesco, que yo era libre de hacer lo que me apetezca, cuando me apetezca y con quien me apetezca. 
Se puso en pie como si algo le hubiese pinchado, me miró con rabia contenida reprochando que le había decepcionado, se mostró dolido o humillado, vete a saber. Incluso me insultó con los improperios apropiados para la ocasión, me lanzó una última mirada gélida antes de alejarse escaleras arriba y entró en su casa tras un sonoro portazo.
Terminé el cigarrillo tranquilamente mientras analizaba lo que había ocurrido. Pensé que, seguramente reaccionó así porque no quise continuar con nuestros encuentros. A lo mejor, herí su orgullo porque fui yo y no él, quien terminó con ese juego. También puede que interpretase erróneamente mis intenciones. O lo más improbable, que hubiese creído que él era el "elegido", ese idealizado caballero de reluciente armadura que que me enseñaría lo que más anhelaba en secreto... amar y ser amada. Al pensar eso último me dio un ataque de tos provocado por el humo del tabaco y una sonora carcajada.
Sea como fuere, tampoco me importó mucho. No hubo promesas, compromisos o vínculo alguno, no mentí ni engañé. Él sabía como era yo, me conocía perfectamente, sabía sobradamente que no es el primero que entra y sale de mi vida de ese modo. Así que es su problema si creyó otra cosa. Pero bueno, fue bonito mientras duró, eso no lo negaré nunca.

Realmente no estoy segura del todo de lo que él pudo pensar o lo que quiso sacar de todo aquello. Puede que ya olvidó aquellos encuentros o como yo, los haya recordado por un detalle vinculante. En fin, tampoco eso es de mi incumbencia.
De lo único que estoy segura y es lo que para mí cuenta,  es que ambos disfrutamos y salimos ganando en aquel juego... mi juego.



martes, 29 de octubre de 2013

Platónico (Erótico)

 El Sol ya se ha ocultado, es la hora. Puedo escuchar sus pisadas crujir sobre la madera, viene hacia mí como cada noche y como cada noche, siempre viene con tranquilidad. En cambio yo, apenas puedo contenerme. La impaciencia se apodera de mi, ojalá pudiese levantarme e ir yo a por ella... ojalá.

Me destapa con esa delicadeza tan característica en ella cuando llega este momento. Con movimientos autómatas me prepara. De mí sale un sonido parecido al de una cremallera deslizándose. Le indico así que estoy lista para comenzar, me rindo ante ella completamente sumisa.

Ella marca la silueta de sus labios con su lengua húmeda y me estremezco, aunque no puede notarlo. Y comienza nuestro ritual íntimo...
Sus dedos ágiles cual felina de la Sabana, comienzan a deslizarse sobre mí. Al principio con suavidad, delicadeza y un poco insegura. Pero a medida que su mirada se pierde más allá de la realidad, cuando su mente la transporta a lugares que solo yo puedo encontrarla, se vuelve más impulsiva e impaciente.

Me dejo hacer, ¡oh qué sensación! quiero gritar que siga, que me de más y más rápido, pero no puedo y aunque me frustra el no poderme mover o hablar, la satisfacción de saber que soy toda suya, compensa todo lo demás y para mí es suficiente.

Tap, tap, tap, tap... es el único sonido que puedo emitir, pero parece que ella los sabe interpretar porque ambas hemos llegado a un punto donde el frenesí ha sustituido nuestro libre albedrío, lo único que mostramos es el instinto más ancestral. Cada vez que me agarra la parte superior y la desliza con brusquedad, siento que voy a estallar.

De sus labios salen estas palabras:
"Él sintió unos puntos de calor mullido sobre sus teclas como la leve cosquilla de un despertar sin apremio"
Y aunque me sé que no se dirige a mí, yo así lo imagino, pues así es nuestra relación. Ambas disfrutamos juntas, aunque nuestras mentes estén distantes. Pero esas palabras que acaba de pronunciar... es así como me siento. ¡Oh Dios, sabe como me siento! mi éxtasis incrementa hasta un punto incalculable.

Continuamos durante horas, la alborada no está lejana, pero la intensidad no ha mermado. Me desliza, toca hasta el último rincón de mi ser con sus largos y finos dedos. Pero como siempre hace, sin previo aviso, se detiene bruscamente. Me mira fijamente durante un instante y con firmeza, me desprende del lienzo antes blanco y ahora impregnado de su desinhibir. Ese es mi clímax y siento traspasar las puertas del Nirvana.

Sin mediar palabra, ella se marcha bajando las escaleras con pesadez. Sé que ella no sabe lo que pasamos juntas cada noche significa para mí. ¿Cómo puede saberlo? es algo irreal, es un sueño. Un sueño entre ella, una escritora y yo... su máquina de escribir.


lunes, 29 de abril de 2013

Aquella semana (Erótico)

AQUELLA SEMANA


LUNES.

Miré por la ventanilla intentando distraerme con el exterior, me sentía algo agotada pero aún así, no me apetecía volver a casa inmediatamente. Pedí permiso a mi compañero para cambiar de emisora y poner algo de música, ya que la voz del locutor narrando los informativos, me estaba amodorrando. Él contestó con un leve gruñido que interpreté como una afirmación y decidir poner algo de música dance.
Inconscientemente, la música comenzó a dominarme y me dejé llevar. Movía cabeza y brazos al ritmo y murmuraba algo parecido a la letra, todo lo que mi falta de oído musical y mi escaso conocimiento de inglés, me permitía. En uno de mis giros de cabeza, percaté que mi compañero, aprovechando un semáforo, se había detenido y me miraba con una mezcla de sorna y sorpresa. Yo sentí que se me calentaban las orejas y bajé la cabeza algo avergonzada.

- Llevamos yendo y viniendo juntos al trabajo casi tres meses y no tenía ni idea que estabas como una cabra.

Le lancé un mohín, él estalló a carcajadas y yo también reí con ganas. Con el gesto, ambos comprendimos que a pesar de compañeros de trabajo y coche, podríamos también ser amigos. Me pregunté cómo no me había dado cuenta que era muy agradable, a la vez que bastante atractivo…

MARTES.

Entré en el restaurante, el dueño me saludó con una sonrisa y yo le devolví el gesto. Me senté en mi rincón de siempre esperando el almuerzo. Al ser cliente habitual y como siempre pedía lo mismo, era atendida casi al momento. Me gustaba la rutina, eso me hacía sentir que tenía el control sobre mi vida.
Cuando di el segundo sorbo a mi bebida, le vi aparecer. Me sorprendió, ya que él siempre prefirió almorzar en el área de descanso de la empresa. Como el restaurante estaba atestado, le indiqué con gestos, que podía sentarse conmigo. Tuvimos una charla muy amena, hablamos de todo un poco y la hora de comer se nos hizo demasiado breve. Con malestar, volvimos al trabajo.

MIÉRCOLES.

Estaba enfrascada en mi trabajo, me mordía constantemente el labio inferior, una manía que tengo cuando me concentro demasiado. Estaba intentando cuadrar unos asientos contables que se me resistían. Mordisqueé distraída, un bolígrafo mientras volvía a revisar las facturas. Un aviso se abrió en la pantalla de mi ordenador, era un mensaje interno, concretamente de la terminal quince. Lo abrí con curiosidad, nada más leerlo me ruboricé y levanté la cabeza para mirar al remitente del mismo. Él estaba hablando por teléfono, posiblemente, intentando convencer a algún futuro cliente.

"Me encanta esa forma que tienes de mordisquear el bolígrafo, haces volar mi imaginación".

Tamborileé con los dedos sobre mi mesa muy nerviosa. Él desvió un segundo la vista hacia mí, lo justo para lanzarme un guiño confidente simulado tras dar un largo sorbo a su taza de café. Sonreí con malicia y decidí seguir con el juego.

"Eso es porque no sabes lo que puedo llegar a hacer sentir, con solo mordisquear una oreja"

Le miré disimuladamente, leyó mi respuesta mientras continuaba sorbiendo el café, abrió los ojos de par en par y le dio un acceso de tos. Contuve la risa a duras penas y nos miramos como niños planeando una travesura.

JUEVES.

Nuestras misivas cada vez, eran más subidas de tono. Pasamos de insinuaciones inocentes, a expresar fantasías explicitas y con todo lujo de detalles. Nuestros dedos sobre el teclado, iban a la velocidad de nuestra imaginación. Pero todo se quedaba de pantalla a pantalla, porque cuando almorzábamos juntos, nada de esto hablamos. Y tampoco lo mencionábamos en el trayecto de ida o vuelta.
Era como si fuésemos personas ajenas, estábamos los compañeros de almuerzo y recorrido en coche por un lado y amantes cibernéticos en el trabajo por otro. Ese juego me gustaba a la vez que me excitaba.

VIERNES.

En el trayecto de regreso permanecimos inusualmente callados. No sabía por qué me sentía tan nerviosa, pero noté que él también lo estaba. Fui a poner la radio para interrumpir este extraño silencio y él tuvo la misma idea, nuestras manos se tocaron. Nos miramos un instante, no hizo falta más, sus ojos decían "¿Quieres?" y los míos respondieron "Ahora mismo". Cogió el primer desvío para salir de la autovía y nos metimos en un camino de tierra. En el primer recoveco rodeado de árboles que encontró, aparcó el coche y apagó el motor. 
Se lanzó sobre mí , besándome con avidez y le respondí del mismo modo. Con una mano me liberaba del cinturón de seguridad, mientras que con la otra, buscaba en su entrepierna. Él echó el asiento hacia atrás y aún con la ropa puesta, me senté sobre él restregándome con su miembro viril completamente erecto, mientras él, devoraba mis pechos como si de un lactante hambriento se tratase.
Sin parar de saborear mutuamente nuestros cuerpos y despojándonos de la ropa, nos pasamos al asiento trasero. Se tumbó sobre mí y me penetró con fuerza, cada embestida, hacía que de mi garganta escapasen gemidos que suplicaban más, cada vez quería más. Mi estado le excitó de tal modo que parecíamos animales salvajes, dominados por el instinto primario. Arañé su espalda desesperada cuando exploté por dentro y crucé mis piernas rodeando su cintura para atraer su cuerpo hacia mí aún más, aunque físicamente era imposible.
Se separó de mí para sentarse y me puse sobre él de espaldas. Le cabalgué despacio, muy despacio, dejando que disfrutase de cada serpenteo de cadera. Él me besaba la nuca y espalda mientras jugueteaba con mis pezones. Muy despacio, sus manos dibujaron mi silueta hasta aferrarse a mi cintura. Clavé las uñas en el reposa-cabezas mientras él, aferrándome más a sí, marcaba un ritmo cada vez más efusivo.
Se detuvo un instante para hacerme girar y así yo pudiese seguir cabalgándolo mientras nos besamos casi con desesperación. Lanzó un grito ahogado y ambos nos aferramos el uno al otro con tal fuerza que no se podía distinguir el cuerpo de uno u otro. Contraje mis músculos internos para aprisionarlo a mí, él puso los ojos en blanco.

Sudorosos y extenuados, nos vestimos en silencio y bajamos las ventanillas del coche para eliminar el vaho que había invadido los cristales. Agradecimos en silencio, el frescor que sentimos en la cara al liberar el aire viciado con olor a sexo que dejamos en el coche.
Hablamos algo cortados sobre lo que acabamos de hacer, ambos confesamos que nunca habíamos hecho nada parecido, pero coincidimos que había sido el momento más intenso, salvaje y erótico de nuestras vidas.

LUNES (UN MES DESPUÉS)

Estaba de mal humor, en toda la mañana no di pie con bola en nada. Las cuentas no me cuadraron, me faltaban facturas y mis clientes no atendían al teléfono. Ya no podía seguir trabajando aquí, después de tres semanas discutiendo con mi supervisor, al final llegamos a un acuerdo sobre mi indemnización por finalización de contrato, solo me quedaba terminar esta semana en la empresa. Ya no tenía sentido quedarse aquí; mi compañero, amigo y amante, había sido trasladado a otra ciudad.
Nunca repetimos aquella vez, ni volvimos a hablar de ello. Apenas tuvimos oportunidad, a mí me cambiaron el turno y él se tuvo que marchar poco después.

Pero me dejó un recuerdo imborrable pues, nunca olvidaré aquella semana.

martes, 2 de abril de 2013

La taza de té (Erótico)

Mi taller de pintura era idóneo para mi carácter, solitario y muy, muy reservado. Huía pavorosamente de la multitud. Aunque hacía bastante tiempo que superé mi agorafobia, sentía aún pavor al verme rodeada de mucha gente. Cuando esto ocurría, sentía que miles de miradas se clavaban en mí, que cientos de dedos me señalaban con desdén. Entonces, me dominaba la repulsa, el aire se volvía putrefacto, sentía asfixia y buscaba algún rincón pequeño y solitario para recuperar muy lentamente, la compostura.

El taller estaba en silencio, a excepción de la música de Mozart que amenizaba la clase. Deslicé con ligeros movimientos y al son de la música, el pincel que dejaba un elegante trazo rizado de hermosas filigranas azul cobalto. Fruncí el ceño mientras que, con un leve giro de muñeca, observaba ambos lados de la pequeña taza de té que estaba decorando. Me mordí ligeramente el labio inferior, un especie de manía que siempre he tenido cuando me invadía la duda sobre una actividad bien realizada.

Observé a mis alumnos de reojo, no eran muchos por suerte, solo ocho. Pintaban sus tazas en silencio y no me molestaban, sabía que aprovechaban mi taller para llenar los espacios vacíos de tiempo que la senectud les brindaban. Llegaban, pintaban, alguno que otro consultaba alguna duda sobre la combinación de colores o valoración del resultado final y después de dos horas, se marchaban con una escueta despedida. 
Giré la taza de nuevo y observé a uno de mis alumnos a través del asa de la taza, uno que era distinto a los demás. Destacaba entre los demás como una mosca en un plato de leche. Sonreí levemente al pensar en esta comparación, puesto que su cabello azabache, destacaba entre las cabezas canas del resto.

Nuestras miradas se cruzaron y la mantuvimos durante más tiempo del necesario. Él me sonreía, yo le sonreía y así cada día, era un pequeño juego de seducción que manteníamos. Semana tras semana, aprendimos a hablarnos con los ojos, pero sin llegar nunca a dar el paso de hablarnos. 
Estaba tan sumida en mis cavilaciones, que no me di cuenta que mantuve la mirada más tiempo del habitual y noté como sus ojos verdes me traspasaron hasta llegar al alma. Sentí un escalofrío que recorrió mi espalda para acumularse en un todo en la base de la nuca. Con una sonrisa insinuante me guiñó y sin llegar a creer lo que yo hacía, le devolví el gesto. Intenté continuar con mi tarea, pero fue imposible, me temblaba el pulso.

La clase llegó a su término, los alumnos recogieron los utensilios de trabajo en silencio y poco a poco a poco se fueron marchando hasta que solos quedamos él y yo. No me atreví siquiera a moverme, tampoco podía levantar la vista de la taza que aún mantenía en la mano. Sentí como me miraba fijamente y la sensación que provocaba en mí me agradaba a la vez que me asustaba. Escuché el arrastrar de su silla al levantarse, suspiré levemente, se había mezclado en mí una sensación de alivio y decepción al ver que se disponía a marchar.

Pero mi corazón se aceleró violentamente al ver que no se dirigía hacia la puerta. Fue hacia los ventanales y corrió las cortinas. Mi respiración se aceleró y mi cuerpo estaba petrificado. Aún mantenía la taza alzada y el pincel inmóvil casi rozando la superficie. No quise siquiera pestañear por miedo a romper este momento.
Él cerró la puerta despacio, el chasquido del cerrojo me provocó impaciencia. Aceleré la respiración marcando con mi pecho, el ritmo del deseo.

Vino a mí con paso decidido quedando tras de mí, me rodeó con sus brazos y deslizando libidamente sus labios desde mi hombro hasta la nuca. Un leve gemido de placer se escapó de mi interior. Sentía su respiración agitada sobre mí. Me besaba con ternura, saboreaba mi piel como un creyente degustando el maná. Un nuevo estremecimiento hizo que soltase la taza de té, cayó al suelo rompiéndose en dos. 

Me sentí expuesta a sus caprichos, condición que me excitaba aún más. Me vi sumida en tal estado de arrebato emocional, que me sentí completamente sumisa a sus deseos. Con firmeza y a la vez con suavidad, me giró dejándome frente a él. La luz de la lujuria que sus ojos desprendía, casi me cegó.
Comenzó a besar mi cuerpo con avidez mientras sus manos abrían paso entre mi ropa con férreas caricias. Yo le respondía con el mismo ímpetu, degustando el dulce sabor de su piel y embriagándome con su aroma de hombre. Agarré con fuerza sus tensos brazos, mientras jadeos de impaciencia le instaban a continuar.

Con un brusco gesto, despejó mi mesa de trabajo y como si una pluma fuese, me tumbó sobre ella. Me poseyó casi con desesperación, comprobando hasta qué punto deseaba este momento. Sus impetuosas embestidas, arrancaban de mi garganta gemidos inútilmente retenidos.
Enlacé mis piernas en su cintura, incitando que fuese a más, marcando el ritmo del arrebato. Mis ruegos y gestos le volvían más salvaje si cupiese. Se separó de mí un instante y volvió a girarme sobre mí misma. Apoyando sus manos sobre mis hombros, volvió a poseerme con impulsos casi animales y actuamos como si así fuésemos. Ambos perdimos la cabeza pues ésto era más que pasión, más que lujuria, era... instinto puro. 

Juntos, llegamos al cenit, descargamos todo cuanto teníamos retenido. Extasiados, apenas teníamos fuerzarspara movernos. Me incorporó con suavidad y comenzó a besarme y acariciarme con suavidad hasta suavizar nuestra agitada respiración.
El pudor regresó de repente a mí, me separé de él titubeante y recompuse mi vestimenta en silencio. No me atrevía a mirarle a los ojos. Me besó en la frente con ternura y tras coger una de las mitades de la taza de té, se marchó en silencio.

Me quedé mirando en silencio el aula vacía, acariciando con suavidad la mitad de la taza que quedó. Me sentía otra persona completamente distinta, me sentía renovada y valiente, ya no temía nada. Salí a la calle aletargada preguntándome si esto que me había ocurrido se volvería a repetir de nuevo... Deseaba que ocurriese una y mil veces. 

sábado, 18 de junio de 2011

Sensorial (Erótico)

Vergüenza, timidez, nervios... Todos esos sentimientos se agolparon en mi interior mientras que, con ojos cerrados, sucumbía a tus cálidos besos que recorrían mi cuello. Poco parecía importar que fuesemos espiados por el espejo retrovisor. A veces, entre besos y caricias, podía observar con ojos entreabiertos, cómo el taxista nos espiaba con una mirada que se me antojó divertida y confidencial. Supuse que en esa profesión muchas cosas había visto ya como para sorprenderse. Aún así, me sonrojé aún más.

Mientras tú confirmabas la reserva de nuestra habitación, yo permanecía a un par de pasos de ti, mirando inquieta en todas direcciones, mi corazón palpitaba con tal violencia que me extrañaba que sólo yo podía oírlo. Once plantas sobre nuestras cabezas, es lo que nos distaba del lugar elegido para dar prueba física de cuánto nos queremos, de sentirnos el uno al otro por vez primera.

En cuanto las puertas del ascensor se cerraron, te abalanzaste sobre mí deborando con avidez mis labios, tus manos dibujaron el contorno de mi silueta, bajando hasta mis nalgas  y las oprimiste con firmeza y me acercaste más a ti. Pude notar la rigidez de tu hombría. 
Un sentimiento nuevo apareció... impaciencia.

La puerta del ascensor se abrió, salimos un poco desorientados a causa del breve éxtasis. Escaso tiempo, pero lo suficientemente intenso como para dejar a flor de piel todos nuestros sentidos. Sonreías con amplitud al delatar mi timidez mientras, numeraba en voz alta los números de las puertas de las habitaciones.
- Cuatro, cinco, seis... siete, aquí es-  murmuré ocultando sin éxito mi sonrojez, el leve temblor de mi labio inferior me delataba. Y tú disfrutabas con malicia por mi estado.

La puerta se cerró tras nosotros, ahora sí, ya estábamos completamente sólos, sin miradas indiscretas. Solos tú y yo. Mis miedos volvieron a resurgir mientras me acariciabas, me besabas, susurrabas mi nombre y el apodo cariñoso que me otorgaste. Yo te oía lejos, pues los temores se mantenían firmes en primera línea. 

Cuando anunciaste que vendrías a verme, que al fin estaríamos el uno frente al otro después de tanto tiempo de charlas en la distancia, me sentí cohibida. El temor a no saber actuar, a poder decepcionar... Nunca fui una experta en el juego del amor, nunca me había sentido guapa o interesante.
Y me hiciste sentir como una diosa y ahora heme aquí, una simple mortal a punto de abrir la caja de Pandora.

Tus besos se volvían más y más voraces, tus caricias más firmes, tus susurros describían tu impaciencia, tu deseo... Entre respiraciones jadeantes y abrazos que rozaban la desesperación, me hallé completamente desnuda ante ti. Y, como si de una pluma se tratara, me cogiste en brazos y me tumbaste sobre la cama con delicadeza. Sentía que me empequeñecía mientras acariciabas, besabas y observabas mi desnudez. Sonreías, sonreías feliz, sonreías satisfecho, sonreías orgulloso. Y me relajé, alejé mis temores y prejuicios para así, abandonarme a ti.

Pude sentirte en mí, ya éramos uno sólo y no pude evitar lanzar un gemido que salió explosionado desde mis entrañas, con suaves movimientos me ibas alejando más y más de la realidad, hasta llegar el momento que me poseiste con toda la furia que el deseo y la impaciencia provocaron. Ya no era dueña de mí, me entregué plenamente, descubriendo nuevas sensaciones antes tabúes para mí. Escuchaba mi voz, pero no me reconocía. Y cada gemido, cada grito, hacía que me poseyeras con más intensidad, liberando así nuestros instintos más ancestrales.

Tras una explosión de éxtasis unísona, caiste desplomado sobre mí. Totalmente sudorosos, extenuados, jadeantes... Sin separarte de mí, continuaste besándome, acariciándome, susurrándome... Ambos sonreíamos ampliamente porque al fin, libres... pudimos demostrar cuánto nos queremos.

Sylvia Ellston.
Obra registrada. Código: 1111250598748


domingo, 5 de junio de 2011

Pasión. (Erótico).

Fue el destino, fue el comienzo... Luchamos por estar juntos y al fin juntos estamos, ambos aprendimos a amar de nuevo, ambos aprendimos a conocernos más profundamente y ambos superamos la dificultad de amar en la lejanía y así seguiremos pase lo que pase....

Después de muchas noches furtivas, con encuentros imaginarios a causa de la distancia, supliendo mis manos por las tuyas. Amándonos en el silencio y la frialdad que provoca la lejanía junto a las nuevas tecnologías. ¡Tantas noches he soñado con este momento, tantas lágrimas derramadas a causa de la separación forzada!, ¡cuánto deseo acumulado día a día, confesión tras confesión!, llegando a creer incluso, que éste día nunca llegaría, que era parte de un sueño borroso, una ilusión difusa, y ahora henos aquí, al fin juntos, uno frente al otro, al fin solos...

Nuestros cuerpos se tocaron por vez primera, la timidez se apodera de mí, mientras me desprendes de mi ropa, con tal lentitud, con tal ternura, que me haces sentir frágil, delicada...
La dulzura que procesas me aturde, no estoy acostumbrada, me siento especial, deseada, amada, única... Con mis dedos recorro tu torso marcado por el ritmo de tu respiración, no puedo creerlo, al fin puedo tenerte como siempre deseé.

Te beso, intentando liberar el nudo de mi garganta que, provocada por la emoción del sueño cumplido, el deseo esperado, no me deja decirte palabra alguna... Sí, al fin te beso, embriagándome con tu sabor, tu olor, tu tacto... poco a poco voy perdiendo la perspectiva del entorno. El temor a decepcionar, a no saber actuar, desapareció por completo, sólo me envuelve tu presencia, me guío hacia la pasión a través de tus susurros, al ritmo de tu respiración entrecortada, cada caricia tuya me transporta más allá de la realidad, más allá de la cordura.

 Tus manos recorren mi cuerpo lentamente, dibujando mi silueta, marcando mi contorno... Puedo ver en tu mirada el deseo, puedo notar en tu respiración lo que provoco en ti... lo que me provocas en mí. Me estremezco, mientras un profundo suspiro se escapa desde el fondo de mi alma. Tiemblo levemente mientras me ofrezco a ti con la mirada y mi cuerpo te da la bienvenida con impaciencia.

Tu peso  me reconforta, acaricio tu espalda acercándote más a mí. Ahora sí, ahora me siento tan tuya como te siento tan mio. Nuestras almas se fusionan ante el baile rítmico que provoca nuestro deseo, nuestra pasión. Me siento hipnotizada ante la profundidad de tu mirada, que me atraviesa más allá del cuerpo, más allá de la mente.
Poco a poco damos paso al instinto, mostrando nuestro ego más ancestral, cautivándonos ante la pasión en su estado más puro, más salvaje...

Me sorprendo a mí misma ante el espejo, no me reconozco. Veo cómo mi cuerpo se acopla al tuyo con bailes serpenteantes y eso me hace desearte aún más, te acaricio con movimientos felinos. Me siento libre de prejuicios, de temores, por vez primera soy yo y por primera vez dejo salir lo que dormitaba en mí. Salió sin saber siquiera que existía, que permanecía oculto. Instinto, deseo, pasión... todo se concentró en mis entrañas, acumulándose, oprimiendo mi interior, deseando salir, queriendo expulsarlo, liberarlo...

Suspiros desesperados, gemidos reprimidos escapan desde lo más profundo de mi ser, mientras me devoras con avidez, sin dejar un ápice de piel sin recorrer. Intercambiamos frases entrecortadas, clavo mis uñas en tu carne y tú agarras con firmeza mi cintura atrayéndome hacia ti con furia, provocando así, que estemos aún más unidos. Entrelazamos nuestros dedos, mirándonos fijamente, comunicándonos con la mirada, cuánto nos queremos, cuánto nos deseamos, cuánto gozamos...

Llegamos al cénit de nuestra pasión a la vez, ambos liberamos todo cuanto llevábamos dentro, todo cuanto habíamos acumulado. Dejé escapar un gemido casi desgarrador. Me derrumbé sobre ti extasiada, mientras mi corazón desbocado se sincronizaba con el tuyo. No podía hablar, tampoco hacía falta, mi mirada, mi sonrisa, mi respiración jadeante decía todo cuanto querías saber.... Era feliz.

No sé cuánto tiempo permanecimos así, uno junto al otro, sin movernos, sin separarnos... Yo te miraba y sonreíamos, mientras, tú acariciabas mi espalda, me sentía feliz al ver tu sonrisa. Comprobé en tu mirada que sentías lo mismo que yo. Nos susurrábamos al oído por miedo a romper la magia, besándonos con suavidad, y diciéndonos infinidad de veces cuánto nos queremos, cuan felices  somos en éste momento y cómo deseamos parar el tiempo en este instante.

Y así estuvimos hasta que despuntó el alba de un nuevo día, el anuncio de un nuevo comienzo.... Abrazados, extasiados, vencidos bajo los efectos de nuestro deseo desbocado, nuestro amor culminado, nuestra pasión desenfrenada y felices, muy felices... por siempre.

 Sylvia Ellston.
Obra registrada. Código: 1111250598489