jueves, 20 de septiembre de 2012

Por ti volaré. Parte VI (Humor)


¡Era alucinante!, como era de noche, el paisaje se limitaba a miles de puntitos luminosos anaranjados y agrupados, además sólo con mirar al frente, podía ver las estrellas, eso sí, con la nariz pegada a la ventanilla y usando ambas manos para que la luz del interior del avión no me molestase. Intenté distraerme intentando adivinar la población que estaba sobrevolando calculando a ojo el tiempo de vuelo y el transcurrido. (Cosa absurda en mí, puesto que la geografía no es mi fuerte. Es más una vez hablando con un grupo de amigos, les aseguré que si lo piensan bien, Andalucía está en el centro de España, pero eso es otra historia, jejeje).
Después de bastante rato (no sabría decir cuanto) vi algo espectacular, las luces comenzaron a agruparse formando una línea, tras esa línea todo era absoluta oscuridad... estábamos a punto de sobrevolar el Mediterráneo.

Las azafatas comenzaron su vaivén con el carrito, les llamé la atención y pedí una cerveza puesto que notaba que era directamente proporcional el alejamiento de la costa con el incremento de mi nerviosismo. Me la tomé de un solo trago, bueno, tampoco es una hazaña porque las latas en el avión son de 125 ml, vamos un chupito cervecero. Fue una mala idea, muy mala idea. La cerveza que me tomé en la terminal, sumada a la lata y como añadido extra del cinturón al que seguía abrochado y más apretado que el presupuesto de un pensionista, reclamaban con actitud imperativa su inmediata salida de mi cuerpo. ¡Ni soñarlo!, lo único que me faltaba porque me ocurra es que el avión se estrelle. Entonces convertiría en literal el sinónimo más soez de pasar mucho miedo. ¿nos entendemos?¿sí?, mejor.
Bueno, el caso es que intenté desviar esa desagradable sensación buscando algo en el qué pensar, pero recordar la gran extensión de agua que había bajo mis pies hacían flaco favor a mi empresa. 
"Ains, ains, ains, ufffffff", mascullaba entre dientes, como no hiciera algo al respecto, iba a tener un accidente y no aéreo precisamente.

Dicen que la necesidad es la madre de los ingenios, en mi caso es el localizador de valentía, me desabroché con bastante inseguridad el cinturón y mi estómago se expandió con el big bang al sentirse liberado, pero eso incrementó mi urgencia. Con dificultad me dirigí al pasillo (cuando se referían que volar es como ir en autobús, tenían que referirse a la estrechez de sus asientos). Mi compañero de viaje se levantó muy cortésmente, pero algo me hizo suponer que deseaba saber cómo me iba a ir. ¿vosotros no lo pensaríais?.

Bien, para contar lo que hice a continuación, he de explicar un par de cosas. Primero, recordad en el estado emocional (y físico) en el que entré en el avión y lo segundo, como tenía tanto pavor, sólo miraba hacia adelante, así que sólo vi el luminoso del w.c que estaba en el morro, es decir, justo a la otra punta, no tenía ni idea que, pegado a la espalda de mi asiento se encontraba el otro baño. Bueno, seguimos pues.
Caminé a duras penas, no solo por las cervezas, también porque me temblaban las piernas por miedo o porque me estaba... bueno, ya sabéis. Fui avanzando aferrándome a los cabeceros de los asientos, con tal mala suerte que le agarré el pelo a una mujer que su quejido sonó como si pisasen a un chiguagua. Me disculpé rápidamente y llegué a mi objetivo. El proceso fue bastante rápido, como soy escritora (más bien aspiro a ello) debo añadir alguna descripción, por eso de que una historia real tiene que ser eso, lo más real posible. Pero como se trata de mí pues me limitaré a describir mi proceder como el agua saliendo de un sifón, vamos a presión. Es que el baño era bastante pequeño, juer que mi escobero tiene más capacidad leñe, y quería llegar cuanto antes a mi asiento. Menos mal que pillé a Murfhy despistado, porque en ese momento hubiese pegado unas turbulencias. ¿A que se os pasó por la cabeza?. Bueno, turbulencias no, pero sí movimientos, sentí como si el avión entero se girase sobre un costado.
Como acto reflejo de supervivencia, aferré ambos pies y ambas manos a las paredes del baño esperando que el vaivén pasase pronto. Eso, claro está, sin haberme dado tiempo a subirme los pantis. Vamos, que para una foto.

Regresé a mi asiento, esta vez sin incidencias, una vez acomodada y "prensada" con el cinturón, mi compañero me comunicó la existencia del baño que desconocía "cagüentóloquesemeneaadosmanossojodío", pensé para mí. Mentí descaradamente explicando que ya lo sabía pero que necesitaba estirar un poco las piernas. Asintió con una sonrisa que decía "Vamos, si tú lo dices, aceptamos barco como animal de compañía".

Miré por la ventanilla, la oscuridad total seguía dominando el exterior, salvo algún puntito de luz que supuse que sería algún barco. Justo cuando me estaba preguntando cuándo íbamos a llegar, se escuchó la voz del comandante anunciando que en breve aterrizaríamos en el Prat. Sonreí ampliamente a mi compañero al saber que al fin estábamos en Barcelona. Él me devolvió la sonrisa casi con el mismo entusiasmo.
El avión giró bruscamente, se inclinó tanto que por la ventanilla pude ver el extremo del ala sobre nuestras cabezas, cuando se enderezó, apareció Barcelona de noche casi como por arte de magia. Comenzó el descenso y yo me sentía eufórica por partida doble, primero porque iba a salir del avión y segundo, claro está porque iba a poder abrazar y besar al causante de mi viaje. Estaba ensimismada mirando todo cuanto mi retina podía retener cuando el tren de aterrizaje tocó tierra, fue un golpe brusco y el aparato temblequeó un poco. Volví a aferrarme a los reposabrazos, esta vez clavando las uñas, esta vez me di cuenta al momento y solté al instante la ya magullada mano de mi compañero.

Cuando al fin el avión paró aún tenía los nervios a flor de piel, y en ese momento se escuchó por los altavoces una música de trompeta, igualita al que suena a la salida de las carreras de caballos, eso y que los pasajeros rompieron a aplaudir y silbar, me provocaron gran angustia. Porque puede que celebraran el haber llegado, pero yo lo interpreté que celebraban el haber llegado de una pieza, como si fuese cosa de suerte.
Los pasajeros comenzaron a levantarse para coger sus equipajes, pasé literalmente por encima de mi compañero, quería salir de allí lo antes posible. Pero el avance hacia la puerta (que en esta ocasión solo se salía por delante) iba con una lentitud desesperante. Pero ya estaba tranquila y ahora solo pensaba en ver a la persona que me estaba esperando en la terminal. Cuando casi había llegado a la salida, pude ver al comandante que iba despidiendo al pasaje, comprobé que era asiático y mi sevillanía me traicionó, no pude evitar sacar el chiste. -¿Cómo ha podido despegar y aterrizar si tiene los ojos medio "cerraos" si parece que va "dormío"- lo dije casi susurrando, pero al escuchar una sonora carcajada comprobé que no fue así. Miré en dirección a la risotada, ¿como no?, mi compañero. Le sonreí ampliamente y añadí -Perdón, se me escapó, pero si no lo suelto me salen sarpullidos- Era evidente que estaba más tranquila aunque, eso sí, con el efecto de las cervezas aún patentes, en el brillo de mis ojos y en la destreza de mi lengua.

Al fin estaba en la T2 de Barcelona, caminé por inercia siguiendo a la lengua de gente que se aglomeraban en la terminal y que aparentemente, buscaban también la salida. Mi compañero de viaje me llamó la atención, tenía que recoger su equipaje facturado. Me aseguró que había volado muchas veces pero que, sin duda este vuelo siempre lo recordará asegurando que nunca se había reído tanto. Nos despedimos y cada uno se fue en dirección opuesta del otro.
Y ahora caigo, no le pregunté su nombre y creo que tampoco le dije el mío, pero ¿quién sabe?, puede que el sino haga llegar a sus manos este relato.

Encendí el teléfono y casi al momento éste sonó. Mi destino, el objetivo principal de mi viaje estaba al otro lado. Él me iba indicando por donde tenía que tirar y yo le contaba lo que iba viendo (con lengua de trapo). Recto, recto, recto... uf, ¡qué grande es este aeropuero!, recto, derecha, recto... De repente oí unos gritos que procedían del exterior de una puerta automática que había a mi derecha. Menos mal que se había abierto y pudieron verme, casi me la paso de largo. Allí estaban, mi pareja y mis sobrinos políticos esperándome. Corrí hacia él (a mis sobrinos los saludé después, lógicamente) y me lancé a sus brazos fundiéndonos en un largo y apasionado beso que solo tres meses de ausencia pueden provocar. Salimos eufóricos a la calle, ya estaba en Barcelona, pero, como diría Michael Ende... "Esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión".

FIN

Por ti volaré. Parte V. (Humor)


Al fin llegué a la puerta de mi terminal, bueno, decir puerta es una licencia literaria que me permito pues era una fila de gente en medio del pasillo manteniendo más o menos una línea recta, todos en pie y sin posibilidad de sentarse ya que los cinco únicos asientos estaban ocupados. Empecé a tener la sensación de querer ir al baño, ufff, tengo que tener los riñones de una niña de tres años porque hace apenas unos minutos me había tomado la cerveza, bueno, podía aguantar.
En cuestión de segundos, dejé de ser la última de la fila y a los cinco minutos ya no podía ver al último. ¿Cómo íbamos a entrar todos en el avión?, desde fuera no se ve tan grande para tanta gente. "Fijo que no podrá despegar por sobrecarga de peso". 
Ya estaba casi todo hecho, en cualquier momento la fila comenzará a moverse y pronto acabará todo, lo malo es que la espera, que se me estaba haciendo interminable, hacía que me imaginara el desenlace, porque... otra cosa no, pero imaginación, tengo para parar un tren.

- Perdone, ¿este es el vuelo para Barcelona?- pregunté a mi antecesor en la fila. El aludido, con pinta de hombre de negocio y se giró, tras hacerme lo que en mi tierra se dice "un escaneo" de pies a cabeza, me miró directamente a los ojos, asintió levemente con un amago de sonrisa.
Creo que pasó un minuto o minuto y medio, cuando repetí la misma pregunta, esta vez a la persona que tenía tras de mí. Tras recibir la misma respuesta intenté concentrarme en mis pies los cuales subían y bajaban al ritmo compás del vaivén de mi cuerpo.
Otro minuto. -Perdone, ¿pero es seguro? a ver si han informado mal y acabamos en Pekín- la pregunta fue dirigida a mi primer interlocutor. Esta vez, me miró con más interés y su sonrisa era más amplia. Asintió con una amplia sonrisa. 
Continué columpiando mi cuerpo, sobretodo para distraer mi mente hacia la necesidad de ir al baño que iba en incremento por momentos (toma pareado). Me giré para dirigirme al que estaba tras de mí. - Perdone, ¿Puedo ver su billete para comprobar que dice lo mismo que el mío?.- El aludido me enseñó el billete con un brillo en su mirada que lo que veía en ellos, bien podría interpretarse de dos modos: "Esta chica es tonta" o "Menuda "tajá" lleva encima". 
Mientras comparaba los billetes, pude escuchar una carcajada mal disimulada por una falsa tos de mi predecesor. ¿Será idiota?, dije para mí. Preferí no decir nada al respecto, porque entre el pedal que llevaba encima por culpa de la cerveza y sumada al miedo que tenía se podría generar un cabreo tonto que bien podría recrear un remake de Melendi en un avión, versión sevillana.

Observé que comenzaba a generarse movimiento más adelante, pero la fila aún no se movía. Estiré el cuello hasta el punto de notar que iba a despegarme las cervicales y comprobé que los trabajadores de la compañía de mi vuelo estaban comprobando el tamaño y grosor de los equipajes de mano junto a los billetes.
Mi equipaje no necesitó comprobación en esa especie de carrito con un cajón en su base pues era una mochila escolar (para ser más concreto, la mochila que mi hija mayor se lleva al instituto). Pero sí me pidió el billete. Aproveché para preguntarle a la azafata si estaba en la fila y en el vuelo correcto. La señorita asintió con esa sonrisa congelada que llevaba marcada desde el principio de la fila, digna de una muñeca Barbie.
El hombre de negocios, que en esta ocasión no pudo reprimir la risa me miró como si de un cachorrillo desvalido se tratase. Supuse que a estas alturas, se había dado cuenta que era la primera vez que volaba -Chiquilla, tranquilízate que no es para tanto, verás que es como viajar en autobús.
Le contesté con una sonrisa forzada, intenté hacer memoria sobre que lugar ocupaba ese comentario en mi memoria, creo que era la vigésima vez que me lo decían. 

Comenzamos a avanzar, "madre mía, madre mía, madre mía..." decía para mí. A cada paso que daba, mis pulsaciones aumentaban de diez en diez por segundo. Entramos en una especie de corredor estrecho con paredes y techo de metal y salimos por una puerta, pensé que entraríamos directamente al avión (eso me habían contado) pero no, la puerta daba a unas escaleras que, tras bajar dificultosamente a causa del ligero mareo que tenía a causa de lo que ya sabéis (¿he dicho ligero? bueno, otra licencia literaria, jejeje), llegamos directamente a la calle, bueno, a la calle no, a las pistas.
Al parecer, mi avión no tenía una terminal propia y teníamos que caminar por las pistas para llegar a él, (Cosas del "low cost"). "Sólo falta que ahora se nos cruce un avión que quiera terminar", esta vez mi pensamiento fue en voz alta, el hombre de negocios se giró rápidamente, parecía que estaba esperando y/o deseando oír otra "parida" de las mías.
- Tranquila, tienen el semáforo en rojo, pero no podemos pararnos porque cambian muy pronto-.
Busqué con preocupación los semáforos, hasta que me dí cuenta (tarde) que me estaba tomando el pelo le devolví la chanza con una sonrisa más falsa que un billete de treinta.
(Por cierto, si este relato llega, por un casual al aludido, aprovecho para decirle: JÁ, JÁ y JÁ, muy graciosillo pedazo de jodío). 
Caminamos junto a una valla metálica de unos dos metros de altura (sin sevillanadas), seré tonta, pero me sentí más segura. Todo iba más o menos bien, hasta que la valla terminó de sopetón y pude ver el avión justo frente a mis narices.
En lo primero que me fijé fue en las alas, no eran como las imaginaba, las puntas estaban dobladas haciendo un ángulo de noventa grados más o menos. -¿Pero cómo va a volar bien si tiene las alas torcidas?- se me escapó. Mi compañero de viaje ya no se molestaba en simular la risa, sus hombros se movían con rapidez arriba y abajo, casi como un temblor convulsivo. Otra forma de decirlo es que se estaba partiendo el pecho a mi costa, incluso por el gesto que hizo al llevarse la mano a la cara, adiviné que se secó alguna lágrima que se le habría escapado.

Subí por la escalinata, "madremíamadremíamadre...". Entré por la parte posterior del avión y la azafata que nos daba la bienvenida me dijo que podía sentarme donde gustase ya que los asientos no estaban numerados. Rápidamente lo decidí, me senté en la cola, en el último asiento. Mi pánico se unió a la razón que me decía que por lógica, si el avión se estrella, caerá en picado o lo que es lo mismo, de morro, así que si por un casual nos estrellamos, alguna oportunidad tendré.
Una vez sentada miré por la ventanilla, el corazón me latía al menos a doscientos por minuto. Poco a poco el resto del pasaje se iba acomodando, incluyendo al que será mi compañero de viaje. ¿Quién?, pues nada menos que el hombre de negocios. ¿Casualidad?, lo dudo mucho.
Me abroché el cinturón ajustándolo con fuerza, buf, demasiada fuerza. Lo tenía tan ajustado que casi podía sentir la hebilla incrustado en la columna. Miré al centro del pasillo y las azafatas comenzaron a realizar las indicaciones informativas para casos de emergencia, puse todos mis sentidos incluyendo el sexto sentido (si es que existe de verdad). Cuando indicaban el lugar y el uso de las mascarillas, casi por impulso quise tocar donde habían señalado para comprobar que a mí no me faltaba. Mi compañero de viaje me cogió de la muñeca interrumpiendo mi empresa. -No lo hagas, si lo haces, bajarán todas a la vez, cundirá el pánico y a ti te puede caer una buena. El tuyo está ahí, siempre lo comprueban-. Asentí un poco cortada, aunque su gesto parecía serio, sus ojos reflejaban sonoras carcajadas. Aún hoy, estoy en la duda si me lo dijo en serio o vio una oportunidad indesperdiciable para tomarme el pelo, tengo que reconocerlo, lo estaba sirviendo en bandeja. Seguí prestando atención a la azafata evitando por todos los medios mirar a mi compañero, siquiera de reojo porque seguro que le causaría algún ataque de risa.

Los motores se encendieron, "Ay madre mía, ay madre miiiiiaaaaaa", decía para mis adentros (o eso quiero pensar) apretando tanto los dientes que ni una radiografía podría determinar cuales eran los de arriba y cuales los de abajo. Cuando el avión comenzó a moverse, literalmente clavé las rodillas al asiento y pegaba hasta más no poder, la espalda en mi asiento. Con el corazón desbocado, observé por la ventanilla como nos movíamos. "Tranquila, tranquila" me decía a mí misma para intentar calmarme, poco a poco me iba tranquilizando, incluso me atreví a abrir un poco, muy poquito el ojo. "Tampoco era para tanto, tenían razón, es como un autobús", pensé para mí. De repente, el avión triplicó su velocidad y pude notar como el morro se erguía dejando mi estómago en los tobillos. Cerré los ojos con tanta fuerza que pude ver infinidad de puntitos blancos rojos y azules parpadeando y flotando en mi voluntaria ceguedad.

No sé cuanto tiempo permanecí así, solo abrí los ojos y regresé a la realidad cuando oí la voz de mi compañero de vuelo. -Perdona "resalá" ya te puedes tranquilizar, estamos en el aire y el avión va en línea recta. Si no te importa, ¿podrías soltarme la mano?, no es que me incomode, es que empieza a dolerme un poco.
Miré su mano, la tenía fuertemente agarrada y un par de uñas mías clavadas en su piel, no para hacer sangre pero sí para dejar una señal en la piel. Sentí que toda la sangre que dejó de circular por mis venas se acumuló en mi cabeza, me puse roja como un tomate, me disculpé bastante cortada y como no sabía qué decir o hacer, como la vergüenza dominó mi miedo, decidir girar la cabeza para mirar por la ventanilla.

(Continuará...)

Por ti, volaré. Parte IV.(Humor)


Salí del baño con una cara que bien delataba lo "agustito" que me había quedado, sobre todo por evitar un desenlace que solo podría resolverse haciendo acopio del interior de mi equipaje. ¿nos entendemos?.

Cuando salí, me dirigí hacia donde estaban dispuestos unos bancos con mesas, elegí uno que estaba frente al panel de información. Comprobé el número de referencia de mi vuelo, me lo sabía de memoria pues lo había visto más de cincuenta veces (sin hacer alusión de mi sevillanía) aún así quería estar completamente segura. Siquiera tenía anunciado el aviso de embarque, es más, faltaban aún unos seis vuelos más antes del mío.
Llamé a mi pareja de nuevo (tuve que cortar la llamada para pasar por seguridad), necesitaba escucharle, solo me ocurre con él. Cuando trabajaba en la radio, le llamaba por teléfono antes de cada emisión y su voz siempre me tranquilizaba y los nervios se desvanecían. Y esta vez no fue diferente, mi cara se iluminó cuando le oí, casi podía sentirle a mi lado. Me habló de todo cuanto se le ocurrió, incluso de las actualizaciones de facebook y las frases de apoyo de nuestros amigos para mí. Todo esto lo hizo con el manos libres, pues se estaba afeitando y arreglando. Hablamos casi media hora hasta que, en el panel de información se anunció el número de terminal del vuelo que iba justo antes del mío y me entró de nuevo la llorera porque la siguiente era yo. Mi pareja hubiese querido consolarme, pero muy a su pesar (más al mío) tenía que colgar. Ya que su casa distaba casi dos horas en coche del aeropuerto donde me dirigía.
Me pidió que me tranquilizase y le prometí que así lo haría, pero crucé los dedos porque ambos sabíamos que esa promesa no la podría cumplir. Alargamos la despedida tipo "cuelga tú, no, mejor cuelga tú", (a veces nos ponemos de un tonto que parecemos quinceañeros) pero finalmente la llamada se cortó. Aún así permanecí con el teléfono en la oreja un par de minutos y mirando con soslayo a todo cuanto me rodeaba.

La gente parecía tranquila, unos charlando, otros ensimismados en sus portátiles y otros leyendo. De repente me acordé del libro que tenía bajo el brazo (estaba tan tensa que ni me di cuenta que aún lo tenía ahí). Intenté distraerme concentrándome en la lectura, suspiré con un leve matiz de alivio al volver a sentirme acompañada. El libro de relatos que tenía, estaba escrito por distintos autores, muchos de ellos son buenos amigos míos. Leer sus relatos con sus nombres al pie de los mismos, me dio la sensación que estaban a mi lado. Y claro, no pude evitar imaginarlos como se reirán cuando les cuente esta experiencia que estoy viviendo, seguro que a carcajadas. Eso me relajó un poco más, les prometí que escribiría con pelos y señales (en ello estoy), me ocurre cada cosa que, ¡uf! para escribir un libro, pero seguro que ni se imaginan todo lo que me ha pasado.

La tranquilidad que sentí en ese momento fue fugaz, pues una voz distorsionada que salía de un altavoz mezclada con el bullicio del lugar hizo incomprensible la misiva y mis nervios florecieron de nuevo porque estaba convencida que era una información muy importante y que debería tenerla en cuenta. Mis nervios resurgieron con más fuerza que el aguacero del Monzón.

Bajé la mirada buscando una distracción que me evadiese por completo. Y ante mí se mostró la respuesta casi como una aparición divina, una cervecería Gambrinus (lógico, seguía en Sevilla). El establecimiento estaba frente a mí, invitándome a entrar, ofreciéndome una copa...
Debo añadir que por norma general no bebo alcohol, salvo en Feria, fin de año o acontecimientos importantes, pero incluso así, suelo tomar un par de copas solamente (no asimilo muy bien el alcohol, me sienta fatal). Pero esta ocasión era especial ¡vaya si lo era!. Me levanté y fui decidida a pedirme una cerveza para intentar templar los nervios.

Pensé pedirme una caña, pero el establecimiento tenía un gran ventanal por el cual se divisaba las pistas, en ellas, habían un par de aviones mirándome con aspecto sádico (de verdad que parecía que me miraban). Otra vez descompuesta y otra vez muertita de miedo. Un hombre que estaba junto a mí en la barra pidiendo su comanda, me miró sonriente, "¿Es la primera vez que vuelas?, me preguntó con ese deje de guasa muy típico en Sevilla. Asentí con la cabeza repetidas veces y muy rápido. Me dio un par de consejos y me dijo frases tranquilizadoras que ya había oído tropecientas veces y que aún no había asimilado. Bueno, pues al final me pedí una jarra de medio litro. Regresé a mi asiento y fijé de nuevo la mirada en el panel de información.

Más o menos llevaba media jarra consumida, cuando se anunció el número de la terminal de mi vuelo. Tal fue la impresión que me dio, que me terminé la otra mitad de la cerveza de un solo trago. Recogí mis cosas y me puse en pie de un salto (mala idea). La cerveza subió tan rápido a mi cabeza como baja uno haciendo puenting. "Uuuuyyyyy, cómo sssubeeee etttoooo", dije intentando mantener el tipo. Creo que disimulé bien y que nadie me oyó. Pero ahora, recordando todo esto lo dudo mucho. Estaba dando el cante desde que puse los pies en el aeropuerto, seguro que si me lo propongo, me encuentro en youtube.

Me puse la mochila a la espalda y dirigí despacio, procurando ser elegante en mi caminar (seguro, já, já y já). Murmuraba con nerviosismo para mí "Mala idea la cerveza, muuuu mala idea". Miré los números de las terminales para encontrar la mía, tras dejar atrás la tercera comprobé que la mía se encontraba al final del larguísimo e interminable corredor. ¿Cómo no?. Murfhy y sus cosas.

(Continuará...)


Por ti volaré. Parte III. Humor.


Me dispuse a entrar en la terminal, pero paré en seco. A través de mi móvil escuchaba (más bien intuía, pues la cabeza se me iba y daba vueltas) palabras alentadoras de mi pareja, que era el motivo (en ese momento lo veía como el culpable) de mi viaje. Caminaba tan despacio que casi parecía que iba hacia atrás. Me quedé petrificada ante la puerta automática mirándola con la misma desconfianza que Atreyu en la Historia Interminable cuando se disponía a atravesar el primer umbral para llegar al Oráculo del Sur. 
Me encendí un cigarrillo que prácticamente lo consumí en tres caladas. En esto que seguía con el móvil en la oreja y respondía a lo que me decía con sonidos inteligibles y balbuceantes. En resumen, que tenía más miedo que un muñeco de cera en una fábrica de cerillas.

Para los que no lo conocen, el aeropuerto de Sevilla no es grande ni concurrido como lo son los aeropuertos de las grandes ciudades, más bien parece una estación de autobús muy grande. Aún así, cuando entré en el hall, me sentí como Alicia tras comer esa galleta que decía "cómeme", a cada paso, me hacía más y más pequeña (lo reconozco, tengo mucha imaginación).
Mi miedo, casi fobia, era más que patente y ya no podía disimularlo ni contenerlo, me eché a llorar. Mi interlocutor intentaba tranquilizarme (seguía con el móvil en la oreja), pero sus entrecortadas y contenidas palabras, dejaban más que patente su lucha por mantener el tipo y no partirse el pecho a carcajadas.

Bueno pues allí estaba yo, con dos horas de antelación, porque, como todos los cobardes, también yo tengo mi lado de masoquista y no quería perder el vuelo. He oído de casi todo el mundo eso de estar una hora antes en el aeropuerto y claro como en el billete también lo indicaba, pues eso... una más una son dos ¿No?.  Pues no, con solo una hora bastaba.
De todas formas no podía ni quería perder el vuelo, el motivo de mi viaje bien merecía la pena, el mal rato que estaba pasando. Y una cosa sí que lo tenía seguro, que pensaba compensarlo nada más llegar.
Pero no entraré en detalles porque, como dije anteriormente (en la primera parte) puede haber niños leyendo. Bueno, pues eso, que continúo con el tema principal.

Me dispuse a buscar mi puerta de embarque, y me dirigí al mostrador de la compañía de mi vuelo. Aunque mi billete fue comprado por internet y no hacía falta facturación, quise cerciorarme que todo estaba correcto. Os recuerdo que era mi primera vez, eso y que mi billete fuese un folio impreso por mí en casa, en blanco y negro, pues que no me generaba confianza. Para mí, un billete tiene que ser de cartulina dura para que pueda también hacer su función de abanico para cuando nos agobiamos. (vengaaaa, que todos lo hemos hecho).

Esperé pacientemente mi turno (bueno, eso es un decir). La señorita que me atendió solicitó mi documentación, le entregué mi pasaporte (aunque soy natural de Sevilla, mi nacionalidad es británica). Me miró fijamente con esa cara a la que sé interpretar de tantas veces que la he visto y sé que es lo que están pensando: "Tiene pinta de todo menos de británica". Mi pelo negro y mi piel de una tonalidad que podría llegar al canela pero se queda corta, poco verifican mi origen sanguíneo, o dicho de otra manera, no tengo en absoluto pinta de "guiri". Bueno, sigo que me estoy yendo por peteneras.

Bueno, pues la señorita del mostrador me dio unas indicaciones que en principio creí no entender por culpa de los nervios. Con un gesto le pedí que me lo repitiese, y así lo hizo. En esta segunda ocasión encontré el por qué no me enteraba, a causa de mi pasaporte, la chica me habló en inglés (Que sea británica y que no tenga pajolera idea de inglés, tiene su explicación, pero mejor dejarlo para otro relato). Bueno, pues como me había enterado solo de media, la mitad. Le respondí muy despacio para evitar que se me quebrara la voz por los nervios. "Perdona, pero es la primera vez que pillo un avión y no m'enterao de ná, no quiero equivocarme y como me líe acabo en Pekín, ¿Pa dónde se va a la treminales?". (Debo hacer un inciso, por norma general no hablo así, pero cuando se pone en duda mi sevillanía hablo peor que Brad Pitt en "Cerdos y diamantes". Es una manía que tengo y ya lo sé, me lo tengo que mirar).
La señorita, sonriendo ampliamente (conteniendo una carcajada), señaló con el dedo índice, seguí con la mirada la trayectoria de ese dedo y descubrí tras de mí, sobre mi cabeza, un letrero enorme con letras negras sobre un fondo amarillo que rezaba: "Puertas de embarque" y una gran flecha vertical. Vamos, que si hubiese sido perro, me habría mordido. Roja como un tomate, le agradecí a la señorita la información con la misma sonrisa, pero la mía decía: "¿Te has quedado a gusto jamía?, pues ale, ya te he dado tema de conversación para la hora del bocadillo, jodía".

Llegué a la zona de seguridad, donde se marcaba un camino lindado con cintas para organizar la cola, el recorrido te obligaba a "zigzaguear", adelante diez pasos, atrás diez pasos, adelante... así unas cuantas veces. Después otra cola, más lenta aún, allí me hicieron quitar las botas y todo lo que podía pitar en el arco de detección de metales, puse todo lo que llevaba a mano en una bandeja de plástico. Pasé por el arco mirando al guarda con temor y pensando "verás como pita, verás como pita y la casco" (No sé por qué, pero siempre que paso por un cacharro de esos estoy segura que voy a pitar, aunque luego nunca pasa). Seguramente pillé a Murfhy despistado porque no pité y menos mal, porque los cafés que había tomado durante todo el día exigían su derecho a salir de forma urgente e imperativa. Con las piernas juntas y pegando pequeños saltitos, me dispuse a ponerme las botas, pero la cremallera se atascó con los pantis y no aguantaba más.
Entré en la terminal con la cremallera de la bota a medio subir, la gabardina mal abotonada, la mochila colgada del brazo y en ambas manos todo cuanto dispuse en la bandeja (llaves, móvil, guantes, bufanda, libro, pulseras y el billete de avión). Menos mal que encontré los aseos al momento y corrí hacia allí cojeando (la otra bota también la tenía en la mano). Supongo que no hace falta decir lo que hice a continuación porque seguro que todos lo hemos hecho más de una vez. Desparramé todo lo que tenía en las manos en el suelo del baño y me desabotoné conteniendo la respiración para aguantar algo más (¿a que nadie se ha preguntado por qué aguantamos la respiración? pero no sé, será psicológico, pero funciona, jajajajaja). El alivio que sentí, bien podría compararse al clímax de un arrebato de lujuria desenfrenada. Seguro que sabéis a que me refiero. ¡uf, que gusto da llegar a tiempo!.

(Continuará...)



Por ti volaré. Parte II. (Humor)


El graciosillo de Murfhy quiso hacer alarde sobre la certeza de su ley usándome de conejillo de indias. ¡Con la de veces que, esperando un autobús que nunca llega, ante mis narices han pasado auténticos desfiles de taxis con sus flamantes luces verdes encendidas!. Parece que lo hacen con mala uva, pues en esos momentos, nunca dispones de efectivo suficiente. Pero claro, hoy no, hoy que quiero pillar uno y nada de nada,y para incrementar mi nerviosismo, me parece incluso ver plantas rodadoras en la carretera.

Bueno, pues me dispuse a ir al hotel que distaba un par de kilómetros (Un inciso, soy sevillana y tenemos tendencia a exagerar un poquito, así que más o menos serían doscientos metros o un par de manzanas) y que sabía que justo al lado había una parada de taxis. El caso que me dispuse a cruzar una avenida de tres carriles en cada sentido (sin incisos) y después de esperar pacientemente, por decir algo, un semáforo que más bien parecía la señal de salida para correr los cien metros lisos por lo poco que duraba, Murfhy hizo de nuevo su aparición (graciosillo). Me acordé de él y de su santa madre cuando veo aparecer un taxi justo en el lado de la calzada que acababa de abandonar.
Le hice señas para hacerme notar y desgañité un "¡Taxiiiiiiiiii"! que bien pudo oírse en las afueras, vamos, para no verme u oírme. Suspiré aliviada al ver que frenaba y encendía las cuatro intermitentes. Pero con el semáforo recién cambiado, no tuve más opción que hacer alarde de mi habilidad con el rejoneo urbano. Mis recortes con los vehículos fueron vitoreados por los conductores que esquivaba, pero me reservo a escribir sus alabanzas, ya que puede haber niños leyendo. 

Entré en el interior de vehículo como si fuese el único de toda la ciudad y con voz quebradiza y agitada, indiqué al conductor el destino.
Al fin estaba cómodamente sentada en el asiento trasero del taxi y dirigiéndome al aeropuerto. Me dispuse a telefonear al causante de mi viaje. Muchas ganas de verlo sí que tenía, tantas, como pocas de despegar los pies del suelo. Él intentaba tranquilizarme entre chistes y bromas. Le conté todo cuanto me había pasado con mi peculiar forma de hablar y describir, él se rió a carcajadas ante lo que solía llamar "sevillanadas".
Más o menos me había tranquilizado cuando... Perdón, debo hacer otra pausa para explicar lo que ocurrió a continuación: Los sevillanos tenemos la habilidad innata de hacer chistes instantáneos, es decir, cualquier cosa o acontecimiento que escuchemos, si nos hace gracia, debemos sacar una "gracieta", no podemos evitarlo y reprimirlo es imposible, por lo que el taxista intervino en la conversación añadió.
- Tranquila guapa, que según he oído es el medio más seguro para viajar. Por estadística, es la mejor opción. Se estrellan como un avión cada mil vuelos y no ha habido ninguno desde hace unos novecientos y pico, tres arriba o tres abajo.
Mi cara se quedó tan blanca que me echarían de un examen de anatomía por llevar chuleta. Y para el colmo, vi por la ventanilla del taxi que había había llegando al aeropuerto y como si no fuese poco, justo en el momento que despegaba un avión... "Mira, otro que despega" murmuró el taxista con los dedos agarrotados en el volante, seguramente para intentar no partirse de risa ahí mismo. La cara se me descompuso, la voz se me quebró y todo mi cuerpo comenzó a temblar.

Solo un hilo de voz consiguió escapar de mi garganta: "Noquieronoquieronoquiero....".
Después de pagar al taxista, que por cierto, estaba rojo como una gamba cocida por aguantar la risa a causa de escuchar mis comentarios sobre mis comentarios acerca de los posibles contratiempos (graciosillo), me bajé del taxi. Miré la entrada y tras tomar aire lenta y profundamente. Con el mismo ánimo que un reo cruzando el corredor de la muerte, me dispuse a entrar en la terminal.

(Continuará...)

Por ti, volaré. Parte I. (Humor)


Miro el reloj por millonésima vez, solo faltan diez minutos para las seis de la tarde. El tictac del reloj martillea mi cabeza constantemente, claro está que es mi subconsciente ya que mi reloj es digital.
El día ya comenzó mal, con una soporífera reunión de trabajo con charla incluida sobre prevención de accidentes laborales. Mientras escuchaba (que no oía) la retahíla, intentaba imaginar qué tipo de accidente podría tener en mi puesto. Imparto clases de creación literaria en un taller cívico, así que, la única suposición que pude sacar, era que algún alumno, por un descuido se saltara un ojo con un lápiz o se cortase el dedo con el filo de una hoja, no es mortal pero ¡uf!, duele una barbaridad. Estos pensamientos me hicieron mucha gracia y quise compartirlo con mi compañero de atrás. Por su gesto y por como torció el labio hacia abajo, no le hizo gracia alguna, eso o estaba más aburrido que yo.
Al menos saqué algo gratificante de la reunión, la notificación del periodo de vacaciones de navidad, bueno más o menos son vacaciones, porque al cobrar (y cotizar) por día y hora, no pagan, así que es un parón en la nómina, así que es una sorpresa agridulce. O dicho de otra manera, es como si te regalasen una entrada preferente para una obra de teatro y luego te enteras que la fecha coincide con un compromiso ineludible. Lo tienes sí, pero no te sirve de nada.

Después de la reunión, me quedé en la cafetería que estaba cerca de mi trabajo (mala idea), tenía los nervios a flor de piel y aún así me tomé tres cafés con leche bien calentitos pero a su vez, bien cargaditos de cafeína. A las dos de la tarde ya estaba como una moto. 
La clase no comenzaba hasta las cuatro, así que no merecía la pena regresar a casa. Vivo lejos de mi puesto de trabajo, y los autobuses no son muy frecuentes (uno cada 20 ó 25 minutos), eso, más media hora de recorrido tendría el tiempo para llegar, dar la vuelta y volver a donde estoy.
Intenté hacer tiempo hablando con mi pareja por teléfono, pero solo pude alargar la charla media hora porque él tenía que trabajar y la hora de la comida se había acabado.
Casi todo el paquete de tabaco me había fumado ya, supuse que eso compensaría mi ingesta de café y decidí tomar otro, que al final resultó ser dos más.

Bueno, pues en eso estaba yo, en las seis menos diez. Y tantas cavilaciones sólo habían hecho que el reloj avanzase un minutejo. Suspiré mirando a mis alumnos, uno de ellos interrumpió mis pensamientos.
"¿Hay tarea para la semana que viene?". Miré mis apuntes simulando que leía, a causa de los nervios, no había preparado nada y me olvidé de la tarea semanal, leí el esquema que expliqué la semana anterior y la bombillita se me iluminó. "Contar una vivencia real, máximo ciento cincuenta palabras. Esa historia, será escrita cuatro veces usando en cada una de ellas un tipo distinto de narrador". Lo dije de carrerilla y sin pensar, crucé los dedos para que hayan entendido el objetivo de la tarea y no quisieran aclarar dudas. Hubo suerte, el reloj seguía avanzando. "Son menos cinco, será mejor que te marches si no quieres perder el avión". Dijo el mismo que había preguntado.

Todos mis sentidos y nervios volvieron a estar a flor de piel. Cada vez que escuchaba la palabra "avión", se me encogía el estómago menguando hasta el tamaño de un guisante. Esa era la causa de tantos nervios, me disponía a coger un avión por primera vez en mi vida, eso a pesar de que siempre me causó pavor solo la idea que otros lo hiciesen, incluso miraba con recelo los aparatos cuando sobrevolaban sobre los edificios. Mi recelo casi podría diagnosticarse como fobia, pero tampoco llega a tanto, solo me da pánico.

Me despedí de mis alumnos y tras recoger mis cosas con prisas y sin orden, salí disparada del aula dispuesta a buscar un taxi. Hecho que me dio mucho coraje, estaba casi en el centro de la ciudad y desde mi casa puedo ver la torre de control del aeropuerto, vivo tan cerca, que cuando subo a la azotea para tender la ropa, casi tengo que esquivar los trenes de aterrizaje.
Así que te tal pinta salí del centro cívico, no soy muy coqueta que digamos. Con decir que, a mi me caduca el maquillaje antes de gastarlo, pero para la ocasión me esmeré. Me puse falda (eso ya es extraordinario en mí de por sí) y mi amiga me peinó y maquilló. Eso sí, la mochila, formato escolar, deslucía un poco, pero daba igual.
Quería dar una buena impresión, así que de esa guisa y sin más demora me dirigí hacia el aeropuerto.

(Continuará...)