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jueves, 14 de julio de 2016

Ouija (1 de 2)

El tema de conversación era nuevamente sobre los espíritus, demonios y demás temas paranormales. Cada cual contaba una anécdota que aseguraba ser real y siempre iniciado con "el amigo de un amigo..."
Ramón era en ese momento el único chico del grupo ya que los demás no habían venido y parecía que no lo iban a hacer. Así que él, como siempre solía hacer, aprovechó para hacerse el "gallito" delante de las chicas. Cuando terminó la tercera historia, Sonia se estremeció sintiendo un escalofrío y comentó que no le agradaba esa conversación porque le daba mucho miedo.
Ramón se envalentonó más aún y se mofó de ella presumiendo de ser completamente escéptico. Que eran sugestiones y que todo estaba en la mente.

Cayeron un par de gruesas gotas de lluvia. Y se pusieron en camino, habían quedado para ir a casa de Elena para hacer una sesión de ouija, pero los demás no habían llegado aún y no se vaticinaba una buena tarde para esperarles. Las tormentas de verano suelen ser muy fuertes.
- Se habrán "rajado" - se burló Ramón - Y luego presumen de ser machos alfa.
- A mí tampoco me hace gracia - musitó Sonia - Sólo acepto porque tú vienes.
Ramón sonrió ampliamente y aprovechó la zozobra de Sonia para darle un abrazo de ánimo con aire protector.
Aunque su mirada reflejaba otro tipo de brillo. Elena vivía en una casa de tres plantas donde en verano vivía su madre y ella solas, en invierno la casa se llenaba de estudiantes que alquilaban las habitaciones. Además de usar su casa como pensión, la madre de Elena trabajaba de enfermera y las noches en las que tenía guardia, daba permiso a su hija para que toda la pandilla se quedase a dormir y así se quedaba con la tranquilidad que su hija no se quedaba sola.
Por eso Ramón estaba tan animado y envalentonado. Porque además de ser el único chico que estuviese con ellas, todo parecía apuntar que al fin tenía una oportunidad de enrollarse con Sonia. Era la única que aún no había besado y por lo que decían, tenía algo que enganchaba.

Ese grupo de amigos era algo inusual, al menos a los ojos de todo el instituto. No era un secreto que estaban todos revueltos pero no juntos, es decir que se "enrollaban" los unos con los otros sin sentirse comprometidos ni atados a nadie.
La filosofía que tenían era simplemente de disfrutar de su juventud sin ataduras, compromisos ni relaciones estables, simplemente, vivir el momento. Y era algo que todos llevaban muy bien ya que al no haber apego, no hubo nunca rencillas ni celos por parte de nadie. Y si lo había, pues tampoco decían nada porque las cosas estaban más que claras entre ellos.

Sonia se dejó agasajar por Ramón y éste estaba cada vez más seguro de su victoria. Ella siempre había rechazado sus proposiciones y él estaba convencido que era porque Sonia sentía algo más por él y no quería que sus sentimientos estropeasen la amistad. Incluso había declarado su afirmación con Álvaro, el mejor amigo de Sonia y quien mejor la conocía. Y éste, en lugar de negarlo rotundamente, cambiaba de tema drásticamente con cierto ápice de celos lo cual, llevaba a Ramón creer en la certeza de sus suposiciones.

Prepararon el comedor para crear mejor ambiente, repartieron velas por toda la estancia y se sentaron al rededor de la mesa redonda con una tabla casera de ouija hecha con un trozo de cartón con el alfabeto escrito a mano y las palabras "SI", "NO", "ADIÓS". Cogieron un vaso pequeño Ramón junto a las cuatro chicas del grupo, se dispusieron a iniciar la sesión. 
- ¿Quién invoca? - preguntó Elena.
- Yo no - Sonia se apresuró a responder con rotundidad - A mi me han contado que si esto sale mal, el espíritu atormenta a quien le haya invocado.
- Pues yo tampoco - añadió Raquel
- Y yo menos - sentenció Miriam.

Las cuatro chicas miraron a Ramón esperando una respuesta. Él se sintió más crecido, no sólo iba a pasar la noche bajo el mismo techo que ellas. Además, no estaban los chicos que siempre tenían la manía de tomarle el pelo y ridiculizarle cada vez que quería lisonjear a las chicas.
Él era consciente de que físicamente se podía considerar "del montón" pero estaba convencido de que tenía una atracción encantadora que le hacía irresistible. Y las chicas, sobre todo Sonia, se burlaban de él como un mecanismo de defensa.
- Yo invocaré - anunció Ramón - Tranquilas chicas, no dejaré que os ocurra nada.

Todos apoyaron el dedo índice sobre el vaso de cristal. Seguramente sería por sugestión, pero pareció que la temperatura de la habitación había descendido un par de grados. Ralentizaron la respiración y Ramón carraspeó un par de veces para poder aclararse la voz.
- Espíritu. Yo te invoco e invito a acudir ante nuestra presencia. Ven... ¿Estás aquí?
Todos esperaron expectantes con la mirada fija en el tablero casi conteniendo el aliento. Pero tras unos segundos de espera, no ocurrió nada.
- Espíritu. Yo te invoco e invito a acudir ante nuestra presencia. Ven... ¿Estás aquí.
Ramón repitió la frase para iniciar el juego pero con una entonación más solemne, pero para el fastidio del grupo el resultado fue el mismo.
- Esto no funciona, es una tontería - dijo Elena con intención de levantarse.
- ¡No quites el dedo! - exclamó Sonia - Si abres el circulo, el espíritu quedaría liberado.
- Joer, qué susto me has dado tía - rió Elena - Te estás rayando tela, será mejor que...

Elena enmudeció al instante al ver cómo el vaso se deslizaba lentamente hacia la palabra "SI", inmediatamente, volvió a poner el dedo sobre el vaso y miró con aire acusador a sus amigos.
- Lo estáis moviendo.
- No, no - contestaron todos casi al unisono.
- ¿Está funcionando?
- Eso parece
- Pero Elena ha roto el círculo. El espíritu ha entrado con una puerta abierta a nuestra dimensión.
- No, no. Yo he puesto el dedo en cuanto he visto que se movía. Eso cuenta ¿no?

Las chicas miraron a Ramón esperando una respuesta. Él sonrió de modo condescendiente y negó con la cabeza con aire conciliador.
- No os preocupéis. No pasará nada. - Miró al tablero y prosiguió con el juego - ¿Cómo te llamas?
- T-U L-O S-A-B-E-S
- ¿A quién se lo dices?
El vaso se deslizó lentamente y se quedó parado justo delante de Ramón, seguidamente, retrocedió al centro del tablero y volvió a apuntarle dos veces más.
- Yo no sé tu nombre.
-SI
- Esto me está dando algo de grima. - murmuró Sonia - ¿Y si preguntamos otra cosa?
- ¿Cómo has muerto? - preguntó Elena.
- NO M-U-E-R-T-O
- Esto sólo significa algo - susurró Miriam con cierto aire de preocupación - Que es un demonio.
- No digas eso ni en broma - musitó Ramón con un hilo de voz, toda su fortaleza comenzó a flaquear -Venga chicas, si esto es una broma no tiene gracia.
- Si es cierto que hay alguien aquí, que de una señal - ordenó Raquel.

Todos guardaron silencio esperando expectantes. Entonces, la mesa dio un salto que hizo que todos exclamasen sorprendidos y algo asustados. Se miraron los unos a los otros con aire acusador, pero ninguno reconoció la autoría de esa acción.
- Me estoy asustando - dijo Miriam.
- ¿En serio que no sois vosotras? - insistió Ramón con un ápice de temblor en su voz.
- Si es cierto que hay alguien aquí, que de una señal fuera de esta habitación - ordenó Elena a modo de respuesta.
Volvieron a guardar silencio manteniendo todo el cuerpo en tensión. Entonces, se escuchó desde la cocina un ruido estrepitoso, como el de un vaso romperse tras impactar contra el suelo. Todos gritaron, incluso Ramón que se olvidó de aparentar delante de las chicas.
- Tenemos que hacer que se marche - dijo Elena con un hilo de voz.
Ramón recitó la frase para terminar la sesión, pero el vaso en vez de deslizarse hacia la palabra "ADIÓS" lo hizo hacia el NO. Él volvió a recitar la orden, pero el vaso volvió a indicar una negativa. Por tercera vez y en esa ocasión con tono autoritario y casi gritando, Ramón volvió a repetir la frase. El vaso comenzó a puntear "NO" repetidas veces y a cada negativa el vaso iba cada vez más y más rápido. Ramón estaba pálido, a Elena se le saltaron las lágrimas, Raquel y Miriam alternaron casi al borde de la histeria la orden para que esa presencia abandonase el juego. Entonces, Mirian gritó con desesperación.
- ¡Para, para para! - retiró el dedo del vaso.
- Sonia, no abras el círculo.
- ¡Quiero que pare de una vez! - chilló ella a la vez que agarró el tablero.
- ¡¡¡Sonia nooooooooooooo!!! - gritaron todos a la vez.
Pero ella los ignoró y a pesar que Ramón se abalanzó sobre ella para recuperar el tablero, no llegó a tiempo para detenerla. Y ella partió el tablero de cartón en dos ante la mirada de sorpresa, miedo e incredulidad de sus amigos...
(Continuará)


jueves, 16 de julio de 2015

Averno

 El frío me despierta, miro a mi alrededor desconcertada. Es mi habitación, reconozco el mobiliario a pesar de la penumbra. No obstante, parece distinto. Enciendo la luz de la lamparilla. Todo a mi alrededor está viejo, descuidado y sucio. Es como si estuviese abandonado por décadas. Parpadeo con extrañeza y cuando vuelvo a fijarme, todo está como siempre.

Siento la garganta seca y voy a la cocina para beber. Al segundo trago, noto en el agua una textura espesa y sabor férreo. Miro al grifo y del él sale un chorro viscoso de sangre casi coagulado. Las náuseas arquean mi cuerpo e intento vomitar lo ingerido sin éxito. Miro el fregadero y el agua que se desliza por el desagüe es cristalina.
Cierro los ojos con fuerza e intento volver a la realidad, estoy convencida que esto es un sueño, pero no consigo despertar.

La paredes crujen y se agrietan, el techo se resquebraja y cae sobre mí, trozos de escombros. Instintivamente, me quedo en cuclillas e intento proteger mi cabeza con ambos brazos. Un par de pedazos caen sobre mí y gateo para ponerme a salvo bajo la mesa. El ruido cesa y con precaución, salgo de mi refugio para observar lo que temía... No hay rastro de lo que acaba de ocurrir, otra vez todo es normal y tranquilo. No obstante, algo recorre mi mejilla, repaso con los dedos la sien y compruebo que hay sangre en ellos.

Voy al baño par a curar la herida. Me miro en el espejo, por suerte la herida es superficial pese a que la sangre brota de forma alarmante. Con mano temblorosa abro el grifo mientras contengo el aliento con temor, exhalo ruidosamente al ver que solo sale agua corriente.
Tras refrescarme la cara, saco del armario algodón y un antiséptico. Al cerrar la puertecilla veo en el espejo un rostro marchito, pútrido y casi momificado.
Lanzo un alarido desgarrador al reconocerme mientras me alejo caminando de espaldas para apartarme de tan espeluznante imagen.

La sensación de peligro activa mi instinto. Debo salir de aquí, buscar ayuda y encontrar una explicación. Salgo al pasillo y emprendo una carrera desbocada hacia una puerta que se aleja a cada paso que doy.
El suelo se vuelve inestable, es un lodo negro y fétido que aprisiona mis piernas. Después de unos pocos pasos, estoy inmovilizada. Intento gritar con todas mis fuerzas con la esperanza de ser escuchada. Pero la impotencia y desesperación me domina al comprobar que, pese a mis esfuerzos, no sale sonido alguno de mi garganta.

Todo a mi alrededor comienza a arder. Unas llamas azuladas me rodean peligrosamente, pero no despiden calor. Por fortuna, esas llamas convierten el lodo en cenizas y me libero. Vuelvo a reunir fuerzas y corro con desesperación. En esta ocasión, consigo llegar la puerta y tras abrirla con violencia, cruzo el umbral.
Me aferro con ambas manos al pomo mientras mi cuerpo se balancea y mis piernas patalean sobre el vacío abismal que me esperaba al otro lado. Llorando de impotencia, consigo columpiar mi cuerpo para que la puerta me acerque hacia el suelo del lugar del que estaba huyendo. 

Permanezco de rodillas mientras golpeo con los puños al suelo al ritmo de mi corazón desbocado. Pero inmediatamente me paralizo y agudizo mis sentidos hacia la oscuridad que dejé a mis espaldas pues de allí sale un gruñido gutural que araña mi espalda como una daga candente.

Ignorando mi deseo de intentar huir de nuevo porque ya he comprendido que es imposible. Me doblego ante los acontecimientos y me pongo en pie mientras me giro para escudriñar la oscuridad.

- ¡No puede ser!.
Musito al reconocer la silueta que sale de las sobras lentamente y con porte amenazador. Unos ojos amarillos y llameantes me traspasan hasta el alma. Su rostro se me antoja hermoso y horripilante. La sonrisa que me dedica me provoca pavor y osadía. Y su musculoso y velludo cuerpo me incita lascivia y repulsa, todo a la vez.
Le reconozco al instante, aunque es una aparición fragmentada de todas y cada una de sus descripciones y unificadas perfectamente en un solo ente.

- ¿Qué quieres de mí? - Me sorprendo a mí misma por formular aquella pregunta involuntaria.
- Cobrar mi deuda - Contestó Belcebú con incontables y guturales voces unísonas.
- Yo no te debo nada. ¡Déjame!
- ¿Co-cómo? Yo nunca te he...
- ¿Qué creías? - me interrumpió con voz cruel y entonación burlesca - ¿Que no he contabilizado las veces que me has invocado? Pues aquí estoy.
- ¡Mentira!

Me lanzó una sonrisa fría y horripilante. Y sin ningún movimiento, se paró ante mí en el transcurso de un parpadeo. Posó su dedo índice sobre mi frente y visualicé con cortas secuencias las innumerables ocasiones en las que dije: "Vendería mi alma al diablo por..."
Le miré suplicante, quise explicarme, quise decir que era un modo de hablar que yo... Pero no me dio alternativa.

Atravesó mi pecho con sus afiladas y negras uñas. Me arrancó literalmente el corazón mientras mi cuerpo caía con una lentitud irreal. Mi mirada opaca se centró en su mano que sostenía mi órgano vital aún latente. Su risa voraz y despiadada resonó en mi cabeza, primero estruendosamente y después más mitigada a medida que la más absoluta nada y oscuridad sustituyó mi sesgada existencia.



viernes, 10 de mayo de 2013

El bosque maldito. Parte IV (Terror)

La sopa se había quedado fría, me quedé tan absorto al escuchar lo que el anciano me narró, que me olvidé incluso de comer. Tenía que reconocer que había sido una historia bastante buena, ya estaba deseando contárselo a mis amigos. Al pensar en ellos, me invadió el desánimo, la tormenta aún no había remitido. Tendría que permanecer aquí más tiempo contra mi voluntad, pero no tenía alternativa.
El anciano pareció adivinar mis pensamientos, con una sonrisa que se antojó de alivio, se puso en pie y me sirvió un nuevo cuenco de sopa caliente. Agradecí el gesto con un leve movimiento de cabeza.

Mi benefactor se interesó por mí, quiso saber qué es lo que me había traído hasta aquí en una noche como esta. Entre sorbo y sorbo, le expliqué que había quedado con mis amigos para pasar con ellos el fin de semana, que lo haríamos en un refugio que se encontraba más allá del bosque, cerca de un lago. Mi coche se averió y como no disponía de cobertura para avisar y que me socorriesen, decidí atravesar el bosque con la intención de llegar al otro lado antes que anocheciese, pero fue cuando comenzó la tormenta y me desorienté hasta acabar perdido y finalmente le hallé a él.
El anciano se quedó un momento en silencio y pensativo, negó levemente con la cabeza y murmuró algo inteligible, solo pude captar la última frase que hizo que se erizara los vellos de la nuca, "nada ocurre por casualidad, el bosque siempre llama" 

La tormenta amainó y consulté mi reloj, aún faltaban dos horas para el amanecer. Me calcé las botas con mucho sigilo, el anciano dormitaba en una butaca. No quise despertarlo por temor que me impidiese salir de la cabaña. Reconozco que ese anciano, me produce más escalofríos que el temor de volver a perderme de nuevo. Tras ajustarme el chubasquero, salí a hurtadillas de la cabaña. La lluvia aún caía, pero apenas con fuerza, eso me despejó casi al instante, aún estaba algo adormilado a causa de toda la noche en vela.
Me introduje en el bosque, pero esta vez, tuve mucho cuidado de no perder de vista el sendero...

Termino de contarme a mí mismo todos los acontecimientos que me han llevado a este momento, siempre lo hago cuando camino sólo. Resoplo ruidosamente, ya hay claridad en el cielo pero el bosque continúa en penumbra y compruebo con gran pesar, que aún me queda un buen trecho. Escucho un sonido lejano, como un siseo. Miro a mi alrededor angustiado, no me muevo ni un ápice y agudizo todos mis sentidos que están a flor de piel. Nada, no ocurre nada, solo puedo escuchar los violentos latidos de mi corazón.
"Maldito viejo, con sus estúpidas historias, me ha metido el miedo en el cuerpo el muy..."
Continúo mi camino, pero esta vez aprieto el paso, quiero abandonar este sitio cuanto antes mejor. Un lamento ululante resuena a mis espaldas, ahora sí, ahora sí que lo escucho con claridad.
Tiro mi mochila y me dispongo a correr, no puedo...

Cuatro figuras fantasmales emergen ante mí, el miedo domina y paraliza hasta el último músculo de mi cuerpo. Compruebo que cuanto mayor es mi miedo, más opaco es su aspecto, intento controlar mi mente me digo que no son reales. Es imposible, esto no puede estar ocurriendo.
Me rodean y lanzan un aullido que no puedo compararlo con nada conocido. Grito, grito con todas mis fuerzas pero mi voz suena lejana en mi interior. Me están absorbiendo el alma y duele, es el dolor más horrible que nunca he sentido. Soy consciente que estoy muriendo, no quiero morir. Mi cuerpo se vuelve rígido y mis ojos arden. No puedo ver, ya no siento nada, todo es ahora oscuridad.

jueves, 9 de mayo de 2013

El bosque maldito. Parte III (Terror)

"... Un aldeano se adentró en el bosque tras una cabra que vio desaparecer en su interior. La promesa de carne fresca, le hizo ignorar que la noche y la tormenta se cerniría sobre él antes de poder regresar.
Tres días pasaron y aún no había regresado, preocupados, algunos se congregaron para buscarle. No tardaron mucho, le hallaron inerte. Su cuerpo, agarrotado y seco, sus ojos en blanco que parecían querer salir de sus órbitas y la expresión de su faz, indicaron que había muerto de miedo. Sin llegar a ninguna conclusión, le llevaron de vuelta a la aldea para concederle un entierro digno y una oración por su alma.

Uno a uno, todo aquel que por un motivo u otro, se adentraba en el bosque de noche y bajo amenaza de tormenta, iban apareciendo muertos. Todos y cada uno de ellos, tenían marcado en sus facciones el miedo en estado puro.
Pensando que podría tratarse de alguna bestia, organizaron una partida de caza, pocos fueron los voluntarios, solo los más aguerridos se atrevieron. Un muchacho que frustrado por ser excluido a causa de su juventud, siguió a escondidas a la comitiva.
Ese muchacho fue el primero en verles, su instinto de supervivencia le guió al hueco de un árbol podrido y tras ocultarse con unas ramas, observó sin creer lo que se ofrecía ante sus ojos. El pánico y el temor a ser descubierto, mudó su garganta.

Cuatro sombras etéreas emergieron del suelo, sus ropajes raídos bailaban al son macabro del viento. No tenían rostro, tras esa capucha que cubrían sus cabezas, solo había la más absoluta oscuridad. Emitían un lamento ululante cuya procedencia era más allá de lo terrenal. Avanzaron sin caminar, levitando a escaso un palmo del suelo y rodearon a los aldeanos, que presos del pánico, se cerraron en círculo espaldas contra espaldas.
Al principio no hicieron nada, durante un tiempo que pareció infinito, permanecieron inmóviles, sus espectrantes siluetas se volvían más nítidas a medida que el horror de los aldeanos iba creciendo. Parecía que ese mismo miedo era lo que los alimentaba.
"Son los hermanos" dijo uno de los aldeanos casi con desesperación. 

Entonces, los cuatro espectros, lanzaron un aullido que congeló la sangre del obligado espía. Pudo ver cómo una densa niebla blanca y brillante, emanaba de la boca de los aldeanos mientras desgarraban sus gargantas con un grito de dolor y desesperación. Sus almas fueron absorbidas hasta dejar sus cuerpos secos y momificados, con la macabra visión del miedo en estado puro en sus ojos casi fuera de sus órbitas y completamente blancos. 

La tormenta arreció y los espectros comenzaron a desaparecer tenuemente, como si la lluvia los borrase poco a poco. El muchacho permaneció inmóvil en su escondrijo toda la noche. Rezó por su salvación hasta que el alba despuntó y solo cuando el sol estaba en lo más alto, decidió salir y regresar a la aldea. Corrió como si la vida le fuese en ello y así es como lo sentía.

Contó todo cuanto había visto, juró por Dios y su honor, que era cierto. Pero los aldeanos no quisieron creerle. Pero lo que en realidad negaban, era la certeza que ese es el castigo con la que la aldea ha sido condenada a causa del ultraje cometido con los cuatro hermanos años atrás. Por mucho que lo negasen, en el fondo sabían que la historia del muchacho es real como reales son las víctimas del bosque maldito.

Desde entonces, nadie se ha atrevido a adentrarse en el bosque cuando amenaza la tormenta. El origen de la maldición se ha ido trasmitiendo de boca en boca, generación tras generación. Esa leyenda es el legado que dejaron los abuelos de nuestros abuelos. Y nunca debemos permitir que caiga en el olvido. El bosque está maldito y todo aquel que en él se adentre, estará condenado a morir de la forma más horripilante."

(Continuará...)

viernes, 3 de mayo de 2013

El bosque maldito. Parte II (Terror)

"En el interior del bosque vivían cuatro hermanos, comían de lo que cultivaban y criaban. Rara vez aparecían por la aldea. Dos veces al año, coincidiendo con los solsticios, donde cambiaban el exceso de abastecimiento por calzado, ropa y utensilios.
Hubo un invierno muy duro y demasiado largo, cuando ya debería haber flores en su lugar, todo estaba cubierto por una espesa capa de nieve que dificultaba hasta el caminar. La aldea no estaba preparada para tal largo invierno, la comida escaseó y la hambruna comenzó a mermar a los aldeanos.
La desesperación nubló la mente y pronto los rumores comenzaron. Al principio era sutiles susurros, pero pronto la gente habló a viva voz desgañitando sus gargantas. "Los hermanos tienen comida" decían unos, "Siempre cultivan y crían de más" decían otros. Cómo o quién empezó el asalto, no se sabe con certeza. Pero fue en una noche de tormenta.

Los relámpagos iluminaban un cielo completamente negro, sus destellos iluminaron la plaza con la claridad del día. Los truenos que los acompañaban, anunciaba que la tormenta aún lejana, se estaba acercando. Los ojos saltones por falta de carne en unos rostros casi cadavéricos eran definidos por las antorchas, dejando una siniestra imagen. Se agolparon en el centro de la aldea portando antorchas, horcas y palos. El odio y la indignación iba creciendo a la misma velocidad que el numero de congregados. Iniciaron el camino al interior del bosque, la certeza de que los hermanos escondían comida y la desesperación de obtenerla, anularon por completo en sentido común. Se comportaron como carroñeros.

Llegaron a la cabaña de los hermanos y la rodearon. Con gritos, alaridos e insultos, les ordenaron que saliesen y les entregasen la comida. Los cuatro salieron de la cabaña atemorizados y sin llegar a comprender qué estaba ocurriendo. Los aldeanos vociferaban y escupían exigiendo nuevamente la comida.
Los hermanos dijeron que no tenían, que apenas sobrevivían con lo que el bosque podía ofrecer. Pero no les creyeron, con la imagen puestas en sus hijos famélicos y mujeres agonizantes mientras sufrían una muerte lenta, miraron a los hermanos como únicos culpables de su desdicha y se lanzaron sobre ellos.

Les ataron las manos a la espalda y les obligaron a permanecer de rodillas. Primero cogieron al mayor, le golpearon con palos y quemaron su cuerpo con las antorchas. Al ver que el resto de hermanos seguían sin confesar, le desmembraron aún en vida. Los hermanos horrorizados y con lágrimas en los ojos, juraban hasta la saciedad que allí no había nada. Entonces, cogieron al segundo, le tiraron al suelo de espaldas y lo lapidaron lanzando piedra a piedra tomando su tiempo entre una y otra, solo pararon cuando el charco de sangre que bajo él había se ramificó sobre la tierra. Pero tampoco tuvieron respuesta y cogieron al tercero, que pusieron frente al menor y le degollaron, los hermanos se despedían con la mirada mientras la vida del tercero se iba apagando poco a poco. Los aldeanos estaban en trance, habían anulado toda humanidad de sus almas y cogieron al pequeño. Tras ponerle una soga en el cuello y arrastrarle por los alrededores, le colgaron de un árbol elevándolo lentamente. El último de los hermanos boqueaba y pataleaba desesperadamente, solo cuando parecía que iba a perder el conocimiento, le dejaban caer para repetir de nuevo el ahorcamiento, lo repitieron hasta cuatro veces más cuando, cansados de no tener resultados. Le dejaron morir.

Muertos los cuatro hermanos, comenzó el asalto. Asolaron todo, no quedó piedra por mover. Pero nada, ni en la cabaña, ni el cobertizo, granero o pozo, encontraron siquiera un grano de trigo. Intentaron buscar un almacén escondido cavando en la tierra con desesperación. "No hay comida, no hay nada" alguien gritó.
Los aldeanos volvieron en sí, miraron horrorizados los cuerpos de los hermanos, en ese instante fueron conscientes de lo que habían hecho. Un rayo cayó junto a ellos partiendo un árbol en dos.
Más movidos por el temor de una señal que por remordimiento, cogieron a los cuerpos y los arrojaron en el pozo, destruyéndolo y tapándolo para siempre.
Regresaron a la aldea acompañados por un silencio de ultratumba, tenían el alma tan vacía como sus manos. Nadie dijo nada de lo que hicieron, hasta que en la siguiente noche de tormenta ocurrió..."

(Continuará...)

jueves, 2 de mayo de 2013

El bosque maldito. Parte I (Terror)

La lluvia caía con fuerza, me alcanzó desprevenido. Estaba comenzando a anochecer y pensé que podría atravesar el bosque antes que la noche se cerrase por completo. La cortina de agua que caía con aplomo sobre mí, disminuyó mi visibilidad notablemente. Siquiera me di cuenta de que me desvié del sendero, solo cuando tropecé con un tronco cayendo de bruces y mirar a mi alrededor cuando me levanté, supe que me había perdido. Me asusté, estaba desorientado y el agua me caló hasta los huesos.
Vi una luz muy tenue, pero desapareció. Agudicé la vista escudriñando entre la oscuridad en el punto donde me pareció verla, volví a verla, estaba en movimiento y sus parpadeos eran provocados al ser tapada por los árboles. Corrí hacia su ubicación y cuando casi había llegado, suspiré aliviado. Era un candil que un anciano portaba. Quise exclamar para llamar su atención, pero el anciano me vio primero y tras soltar un alarido de terror, intentó huir. Sus torpes movimientos le hicieron caer y me apresuré para ayudarlo. Su rostro congestionado por el pánico se relajó en cuanto me miró. Aunque fuese un desconocido para él, pareció aliviado pese a la primera impresión que le provoqué.
Muy nervioso, me llevó a su cabaña tirando constantemente de mí. A pesar de la edad, caminó apresurado, me dio la impresión que estaba huyendo de algo. Instintivamente miré tras de mí, para intentar averiguar el motivo de su pavor, pero me ordenó secamente que no hiciese eso.

Una vez en su cabaña y tras trancar la puerta con un robusto madero, me invitó a calentarme con el fuego de la chimenea. Mientras me quitaba las botas mirando avergonzado mis calcetines empapados, el anciano avivó el fuego comenzando a murmurar. Pensé que se dirigía a mí, pero comprobé su concentración al mirar las llamas, el anciano hablaba para sí. "Qué viejo más raro" pensé para mí.
Saqué de mi mochila unos calcetines secos y me los puse mientras le agradecía su hospitalidad, le comenté que en cuanto amainase la tormenta, emprendería de nuevo mi camino pues tenía mucha prisa por llegar a mi destino y ya me había retrasado demasiado.
El anciano se irguió con todo el cuerpo tenso y me miró con temor en la mirada, aunque he de confesar que más temor tenía yo al verle así, ese anciano me daba escalofríos. Sin decir palabra, destapó el puchero que tenía en el fuego y me sirvió un cuenco de sopa humeante. Acepté con agrado, no solo porque mi cuerpo exigía algo caliente, también porque olía de maravilla y me abrió el apetito al instante.
Me dispuse a dar el primer sorbo mirando al anciano de reojo que miraba tras la ventana, parecía como si intentase encontrar algo entre la oscuridad que había tras los cristales, puede que sea sugestión, pero me pareció que se sintió aliviado al no ver nada ahí fuera. 
"El bosque está maldito. A nadie que en él se halle en una noche de tormenta como esta, se le ha vuelto a ver jamás"
Habló como si dictase una sentencia, dejé la segunda cucharada suspendida en el aire mirándole estupefacto y con la boca abierta esperando el alimento. Aunque era obvio que no fuese así, simulé que no le había escuchado. Estaba calado hasta los huesos, cansado y tenía bastante prisa. No me apetecía en absoluto tener que escuchar ahora, un cuento de viejas. Di varias cucharadas para hacer notar mi premura, aunque la sopa hirviendo me estaba quemando el esófago, pero ese anciano me estaba haciendo sentir incómodo por momentos.
Entonces recordé nuestro encuentro, el anciano estaba aterrorizado cuando le di alcance, era obvio que le había dado un susto de muerte y además, me trajo a su cabaña como si intentase huir de alguien... o algo.

El anciano pareció leerme el pensamiento, asintió levemente dispuesto a responder a una pregunta que solo mis ojos habían formulado. Fijó la vista en la lumbre y apretó los labios, parecía que intentaba encontrar las palabras adecuadas para poder explicarse.

"Ocurrió hace muchos años, no podría decir cuántos exactamente - murmuró - Cuando escuché esta historia por primera vez era un infante y mírame, ahora peino canas. A pesar de las numerosas bocas en las que esta leyenda ha sido contada, no ha cambiado ni un ápice y la advertencia está clara... el bosque está maldito"

Un rayo iluminó el exterior marcando a la perfección los contornos de lo árboles, el sonido que lo siguió me hizo pensar que hasta el cielo se había rasgado. Di un respingo y la cuchara cayó en el cuenco salpicando la sopa sobre mi pierna. Si el anciano pretendía asustarme, tendría que felicitarlo, lo había conseguido.
Froté con la servilleta el pantalón para intentar aliviar la quemazón que sentía en la pierna, le miré interrogante e incluso había olvidado mis prisas. Sentía curiosidad por conocer la historia que tanto aterraba a mi benefactor.

Después de servirme de nuevo, se sentó frente a mi y tras un entrecortado suspiro, el anciano comenzó a narrar con voz queda, la leyenda del bosque maldito...

(Continuará...)

jueves, 1 de diciembre de 2011

Pesadilla (Terror)

La tormenta había llegado a su cenit, grandes rayos dibujaban la noche amenazando desgarrar el cielo. La lluvia caía ferozmente sobre mí. Tengo frío, mucho frío, siento que las fuerzas me abandonan; veo una casa en la cima de una yerma colina. Necesito llegar a ella, presiento que mi vida depende de ello.

Las piernas se niegan a responder, pero debo llegar, la sensación que algo me persigue es cada vez más fuerte, mi sexto sentido me previene de un peligro inminente, el miedo se va apoderando poco a poco de mí. El instinto de supervivencia aviva la escasa fortaleza que me queda. Comienzo a reptar sobre una ciénaga putrefacta, el hedor es insoportable y las arcadas inevitables. Pronto estoy cubierta del fétido lodo que hace de mis ropajes desgarrados, más pesados y dificultan mi avance.

Tras una eternidad, llego al umbral de la ruinosa casona Antaño pudo ser una majestuosa mansión pero ahora parece la antesala del mismo infierno. No tengo alternativa, debo entrar, por alguna razón sé que el peligro me me acecha no osará entrar en esa casa, o al menos, eso deseo creer. Tampoco yo debería, pero no tengo alternativa, algo poderoso invita a mi subconsciente a pasar el umbral.

Extiendo la mano hacia la puerta, antes siquiera de rozarla, se abre de par en par. La madera carcomida cruje ruidosamente cuyo espenuzlante sonido provoca en mí un estremecimiento que me llega hasta el alma. 
Empapada, sucia y tiritando, atravieso el enorme hall con pasos cortos e inseguros. La madera cruje bajo mis pies, tengo miedo que mi peso venza la tarima y me trague el suelo, aún así, avanzo hasta las entrañas de la morada.

El interior está seco, pero lo envuelve un ambiente gélido, mis dientes castañean dejando escapar entre ellos pequeñas nubes de vaho. Necesito entrar en calor, una extraña somnolencia provocada por el frío que me cala hasta los huesos, comienza a apoderarse de mí. Estoy hipotérmica y noto como la consciencia empieza a debilitarse, el temor de que sea la Parca el ente que me acecha, comienza a crecer en mí. Presiento que mi final se acerca, quiero llorar de impotencia, pero las lágrimas se niegan a brotar, es tan intenso el miedo que siento, que me anula cualquier amago de sentimiento.

El corredor del piso superior es largo y estrecho, un débil haz de luz que se cuela entre las grietas de la pared, es lo único que ilumina a mi pesar, el avance hacia mi final. A mi avance, emanan decenas de sombras que me rodean. Las veo moverse, parece que quieren atraparme o retenerme, pero cuando fijo la vista en alguna, ésta se paraliza haciendo que me confunda y ponga en duda mi propio criterio, ya no sé distinguir la realidad de la sugestión.

Penetro en una habitación, siento vértigo. El mobiliario de exuberantes tallados sobrecargan la estancia.  Los muebles están desproporcionados a mi tamaño, todo lo que me rodea es grande, enorme. Me siento muy pequeña, casi diminuta.
Mi atención se centra en la cama, está cubierta con jirones grisáceos que alguna vez pudieron ser sábanas blanquecinas. Con las escasas fuerzas que me quedan, trepo por sus patas. Me recuesto con la funesta sensación de que me introduzco en mi propio sepulcro.

A pesar de mi estado, lucho contra mí misma para no sucumbir al efecto de Morfeo, pero tras parpadear pesadamente dos veces, la oscuridad se apodera de mí. Ya no oigo ni siento nada, una calma que contradictoriamente me inquieta se apodera de mí. Estoy paralizada, no soy dueña de mi ego.

Siento que una energía maléfica se posa sobre mi cuerpo, mi tórax está aprisionado y me falta el aire. Oigo desde mi interior cómo mis huesos crujen, el dolor es intenso, pero no puedo reaccionar. Con gran esfuerzo consigo abrir los ojos, sólo un poco, lo suficiente para verla...

Está levitando sobre mí, no me toca como pensaba en un principio, pero su energía negativa es tan poderosa, que siento cómo sólo su maldad puede aplastarme hasta romper todos los huesos. Su mirada es tan oscura y profunda que temo mirarla directamente por temor a perderme para siempre en su infinito vorágine. Su boca deforme y alargada está semi abierta, puedo ver cómo mi energía vital es absorbida por las ansias de la vida que carece. Aterrorizada, comprendo que la muerte me ha dado alcance, intenté huir vanamente de su trayectoria sin saber que me dirigía directamente hacia su vil trampa. Pierdo los sentidos, ya no veo, ni oigo, la oscuridad me ha envuelto...

Me incorporo de un grito, asustada miro a mi alrededor, estoy sentada en un prado con la espalda apoyada en un árbol, soñolienta y desorientada miro a mi alrededor, el corazón me late con fuerza. Intento comprender qué me ha pasado, aún tengo el miedo impregnado en mi cuerpo. El cielo tiene un color metálico, amenaza una tormenta.
Me incorporo para así, apresurarme a regresar con una leve sonrisa de alivio en mis labios. Todo había sido un sueño.
Un rayo cae al suelo y parte un árbol en dos. Miro la escena preocupada, mi corazón empieza a latir con violencia, ¿fue un sueño o.... una premonición?.


Obra registrada. Código: 1112040663165

martes, 26 de julio de 2011

El sótano (Terror)

Me desperté sobresaltada, el corazón me latía con violencia, otra vez. Escudriñé la habitación con dificultad, la claridad de la luna llena sólo permitía perfilar el contorno de los escasos muebles. Tanteando la mesilla localicé mi móvil, dí a una tecla cualquiera y su pantalla se iluminó, las tres de la mañana. La misma hora desde hace una semana, me despierto así, siempre en el mismo estado sin saber qué me lo había provocado. Todo en completo silencio.

Me giré dando la espalda a la ventana cuyos visillos se movían a un ritmo casi espectral. Siempre presumí de mi exceptismo, pero ésta vieja casa comienza a quebrar mi seguridad. Parpadeaba lentamente esperando que el cansancio se apoderara de mí. Observaba la puerta entreabierta, parecía que se movía sutílmente, puede que sea a causa de la sugestión de mi estado o incluso de un efecto óptico causado por la penumbra. Mientras debatía intrernamente las dos posibilidades ví una silueta oscura que pasó apresurada entre el resquicio. Me incorporé sobresaltada, la silueta no era muy alta, podría ser de un niño. Imposible, ¿cómo podría haber llegado un niño a esta casa en plena noche?.

Encendí la luz de mi mesilla, mientras pensaba en posibles respuestas, se podría haber perdido. El lugar habitado más próximo estaba a un par de kilómetros, demasiados para un infante sobre todo en mitad de la noche. ¿Cómo podría haber entrado?, recordé que la puerta de la cocina que daba al jardín trasero tenía el pomo roto, con empujarla bastaba para poder abrir. Salí al corredor en busca del misterioso niño, la madera del piso crujía a cada paso. Distraje mi mente mientras iluminaba con una linterna cada habitación por la que pasaba. Pensaba en cómo había llegado a ser mía esta casona victoriana con dos acres de terreno y rodeada de bosques.

Mi madre me abandonó, crecí migrando de ciudad en ciudad, de familiar en familiar. Nunca tuve lo que se podía haber llamado un hogar convencional. Hace poco más de una semana, un abogado apareció en mi diminuto apartamento. Fue breve, mi madre había fallecido y me dejaba en herencia esta casa. Según mi abuelo, enloqueció de remordimientos y cuando una extraña enfermedad degenerativa se la llevó para siempre, pidió verme. Pero fueron tantos mis traslados que, cuando dieron conmigo, era tarde. Ví a mi madre por primera y última vez en la mesa de autopsias, con el cabello gris y encrespado, me pareció muy bella pese a su palidez.

Una risa infantil me arrancó con brusquedad de mis pensamientos, me giré sobresaltada en dirección al sonido emitido, mi corazón volvía a latir con violencia. La lógica no podía excusar ese sonido, me guié por él y bajé hasta la planta principal de la casa, pequeños rayos de luna se colaban a través de las ventanas. Con el haz de mi linterna marqué un semicírculo alrededor del amplio hall, dí un sobresalto al volver a ver al infante, esta vez con mayor precisión. Una niña descalza, con cabello negro y largo, correteó hacia la puerta que daba al sótano, lugar que aún no conocía de la casa.

Pese a que la cordura me pedía a gritos que desistiese, el subconsciente anulaba la razón, con pasos inseguros me dirigí hacia el sótano bajo el haz de la linterna que temblaba a causa de la falta de rigidez en mi pulso. Miré escaleras abajo, no podía divisar el fondo, era una escalera de caracol hecha de piedra. La risa infantil sonó lejana, parecía profundo. Comencé a bajar las escaleras guiándome con la pared, había bajado unos veinte escalones cuando la linterna se apagó. Con movimientos casi histéricos intentaba encenderla pero fue en vano. Subí casi desesperada dos o tres escalones, pero divisé algo de claridad en el ojo de la escalera. En el sótano había luz, decidí bajar porque de lo contrario, estaba segura que nunca lo haría.

El tramo de escalera terminó bruscamente y sentí que caía al vacío, un grito de pánico salió del fondo de mi garganta aún sabiendo que nadie me oiría. El impacto fue brutal, sentí cómo mi interior reventaba, había caido sobre un montón de utensilios de madera o un material parecido, era liso pero a la vez rugoso. Intenté moverme pero sabía que la caída era mortal de necesidad, agonizaba. Como si fuese una broma de la ironía, mi linterna se encendió sóla.

Los ojos casi salieron de sus órbitas a causa del pánico que me causó la macabra visión. Decenas de calaveras y huesos de niños eran las que amortiguaron mi caida para relantizar mi muerte. Las lágrimas me nublaron la vista y entonces la vi...

La reconocí al instante, era la misma bella mujer que ví sin vida... mi madre. Susurraba algo casi inaudible, la escuchaba aterrorizada mientras me aferraba al fino hilo de vida que me quedaba. Cuando la oscuridad absoluta me envolvió pude oir con claridad sus palabras:
"Ya estás conmigo mi niña, intenté sustituirte muchas veces, pero eran malos, querían dejarme, ya estás conmigo mi niña...".


Obra registrada. Código: 1111250598816