domingo, 5 de junio de 2016

Ultraje (Parte final)

Se había hecho de noche y no había luna, tenían que irse de allí. La ayudó a levantarse pero las fuerzas le fallaron y cayó sentada. Él la cogió en brazos sin dejarle de hablar en ningún momento. Le contó anécdotas de ambos, recuerdos cuando eran más pequeños rememorando algunas travesuras. Ella sonrió débilmente con la cabeza apoyada sobre el hombro de su amigo.
A medida que se acercaban al lugar donde estaban acampados, ella volvió a llorar de nuevo. Comenzó a sentir vergüenza y culpabilidad por lo ocurrido, no quería que nadie se enterase de lo que le habían hecho. Le hizo prometer a su amigo que jamás hablaría de ello con nadie, con absolutamente nadie... él se lo juró.

Los demás estaban alrededor de la hoguera cenando y bromeando entre ellos. Cuando les vieron llegar, no les extrañó que apareciesen de ese modo. Imaginaron que sería parte de alguna de sus bromas o que al fin esos dos amigos inseparables hayan dado un paso más. Cosa que todos apostaron que finalmente ocurriría. Así que no se acercaron pero intercambiaron miradas divertidas y confidentes cuando él entró con ella en la tienda de campaña y cerró la cremallera sin decirles nada ni mirarles en ningún momento.
- Yo sabia que al final se liarían - dijo uno - ¿No os lo dije cuando se marchó para buscarla?
- Seguro que lo tenían planeado. Han tardado mucho, seguro que mañana se hacen los locos y disimulan - respondió otro - Creo que esos dos se han enrollado más de una vez.
Los demás rieron y se sumaron a la chanza. Unos diciendo la buena pareja que hacían y otros diciendo que ya era hora y eso tenía que ocurrir tarde o temprano.

Dentro de la tienda de campaña, él la recostó con sumo cuidado prestando atención a la conversación exterior. Les odió al oírles reír despreocupadamente, quiso callarles a puñetazos. Pero se contuvo, le hizo un juramento y será mejor que los demás piensen que están juntos. Se recostó a su lado susurrándole infinidad de promesas hasta que ella se quedó sumida en un inquieto sueño que fue velado por él toda la noche.

Antes del amanecer, él decidió marcharse con ella. Aprovechó que todos dormían para poder irse sin sen vistos y así no tener que dar explicaciones porque el estado anímico de ella y sus lesiones, le obligaría a dar unas explicaciones que juró que callaría.
Sabía que cuando los vuelvan a ver no les preguntarían por haberse marchado de aquel modo. En más de una ocasión, ellos dos habían dejado plantados a sus amigos para ir a su aire y tras escuchar la conversación que mantuvieron sus amigos la noche anterior, estaba convencido que eso es lo que creerían.

Cogieron el primer tren de la mañana y tal como él esperaba, comprobó con alivio que estaba prácticamente desierto y pudieron sentarse en un vagón sólo para ellos.
No podía llevarla a su casa, la acampada estaba planeada para dos semanas y no podía regresar sin faltar a su juramento de guardar silencio. Toda ella suscitaba a hacer preguntas que no podría responder. Ella necesitaba ahora mismo calma y sosiego, daría la vida por volver a ver ese brillo especial en sus ojos, esa eterna sonrisa en sus labios. Era su mejor amiga, la quería como si fuese su hermana y verla en ese estado anímico era más de lo que podía soportar.
- ¿Por qué me han hecho esto? - preguntó ella con un hilo de voz - ¿Por qué a mí?
- No te atormentes, no volverán a acercarse a ti, te lo juro.
- Yo lo provoqué
- ¿Cómo?
- Me dijeron que yo los provoqué. Que mi forma de mirarles en el instituto les invitó a hacerlo.
- No, no vuelvas a pensar en eso - él la abrazó y apretó los dientes con rabia - Esa es su excusa y aunque fuese así, no tenían ningún derecho a hacer lo que hicieron. No significa no.
Ella se acurrucó junto a él y ocultando la cara en su pecho, comenzó a llorar en silencio. Él le acarició el brazo con suavidad y miró por la ventanilla. La alborada despuntó, a él le pareció irónico que fuera hubiese un paisaje tan sosegado y apacible y en cambio dentro de aquel vagón parecía que el mundo se había acabado.
Ver el amanecer le dio una idea, no había nada que a ella no le gustase más que ver una puesta de Sol. Así que ya supo dónde podrían ir, al apartamento de sus padres en la playa. Él tenía las llaves consigo y no serán molestados por nada ni nadie.

Pasaron tres días y ella continuaba sumida en una profunda tristeza. Él la obligó a comer aún sabiendo que vomitaría todo cuanto había ingerido, pero no desistió en su empeño. Por la noche, cuando las  pesadillas la atormentaban, él la despertaba para asegurarle que estaba a salvo y después le leía en voz alta porque su voz la serenaba y volvía a dormirse.

Por la mañana daban largos paseos en silencio y por las tardes se quedaban sentados en la orilla para ver la puesta de sol mientras las olas acariciaban sus pies.
Ella permaneció mirando al sol anaranjado mientras que él la observaba impotente buscando desesperadamente en la mirada de su amiga, aquel brillo que siempre desprendía pero sólo veía jirones de lo que fue.
- ¿Cómo me encontraste? - preguntó con voz apagada.
- Siempre terminas por perderte - respondió con una punzada en el estómago al recordarla bajo aquellos desgraciados - Te estuve buscando hasta que escuché que... que...
- Tardaste demasiado.
- Ojalá lo hubiese sabido, ojalá no te hubiese dejado sola.
- Tardaste demasiado - repitió ella, apoyó la cabeza sobre las rodillas y comenzó a llorar en silencio.

Él asintió con resignación apretando los labios. Esto se había convertido en una parte más de esa dolorosa rutina. Sabía que no le culpaba directamente, que sólo se estaba desahogando y su mente distorsionada buscaba miles de resoluciones distintas para aquel día fatídico.
Permanecieron en silencio mirando el océano hasta que se hizo noche cerrada.

Al quinto día él consiguió que se tomase un baño en el océano y ella no había vomitado el desayuno. Parecía una mejora significativa y él se sintió más aliviado.
- Voy un momento a la tienda para comprar algo para comer.
- Vale.
- ¿Qué te apetece?
- Quiero desaparecer.
- Por favor, no hables así. Me haces daño, quiero ayudarte pero no puedo hacer nada si no pones de tu parte.
- Lo siento.
- Espérame aquí y no te muevas, no tardaré.
- Tranquilo, siempre terminas encontrándome.
Él se alejó echando la vista atrás de vez en cuando. Cuando vio que ella se recostó en la tumbona con la vista fija en el océano, apresuró el paso para ir al supermercado y tardar lo menos posible.

Cuando ella se encontró sola, los recuerdos volvieron a aparecer en su cabeza. Sus voces resonaban en su interior "ahora me toca a mí", "¿Te gusta?", "Esta zorra tiene para los dos"
Un hombre pasó cerca, la miró un instante y sonrió levemente. Ella sintió pánico, buscó con la mirada a sus amigos pero su turbación hizo que viese miles de ojos lascivos fijos en ella.
El pánico se apoderó de ella y salió corriendo para refugiarse en el apartamento.

Cuando él regresó a la playa, comprobó asustado que ella no estaba allí. Sintió una punzada en el estómago al recordar sus palabras. "Tardaste demasiado", "quiero desaparecer", "Siempre terminas encontrándome"... Tuvo un mal presentimiento y preso del pánico emprendió una vertiginosa carrera hacia el apartamento.
La puerta de entrada estaba entre abierta y con la llave puesta desde fuera. Entró llamándola a gritos pero no obtuvo respuesta. La única puerta cerrada era la del baño quiso abrirla pero estaba atrancada.
- No, no... por favor no... - musitó llorando de impotencia mientras intentaba abrir la puerta.
Sin pensarlo, cogió impulso y derribó la puerta de una patada.
Sus temores se vieron confirmados y la sangre se le heló al comprobar que sus temores no eran infundados.

La encontró de pie frente al espejo. Ella se giró sobresaltada ante la violenta intromisión. Gruesas gotas de sangre brotaban de su mano izquierda y en la derecha una hoja de afeitar.
El miedo de perderla para siempre se adueñó de su albedrío y la abofeteó en la mejilla. Se arrepintió nada más hacerlo pero su mano fue más rápida que sus pensamientos. Ella calló al suelo de rodillas e intentó recuperar la hoja de afeitar que había soltado a causa del bofetón inesperado.
Ambos forcejearon una intentando terminar lo que había empezado y él impidiéndoselo.
- ¡Déjame! - gritó ella - ¡Quiero morir!, ¡déjame morir!
- Estúpida, eres una estúpida egoísta.
- No, no puedo. No puedo, es el único modo.
- No me dejes, no sabría qué hacer sin ti.
- Me quiero morir.
- Entonces habrían ganado ellos.
Ella remitió el forcejeo y él, tras comprobar que a pesar de brotar sangre con abundancia, sólo era una herida superficial, no llegó a la vena.
- Tenías razón, siempre llego a tiempo - musitó.
- No has llegado tarde - sollozó ella abrazándole sumida en un llanto lastimero.
Ambos permanecieron llorando abrazados. Ella se odió a sí misma por lo que estuvo a punto de hacer. Él agradeció a todo lo que se le ocurrió porque estuvo a punto de perderla por segunda vez. Pero ahí estaba ella y ahí estaría siempre él. Siempre se asegurará que ella no volviese a sufrir de nuevo y se lo juró hasta casi quedarse sin voz.

Después de ese día, ella comenzó a cambiar poco a poco. Fue un avance lento y sutil, pero un avance a fin de cuentas. El miedo a salir sola a la calle, a sobresaltarse cuando al girar una esquina veía a alguien, a llorar en todo momento, todo eso fue desapareciendo.
Exteriormente, volvía a ser ella e interiormente, comenzó a zurcir los jirones de su alma con hilos de nuevas ilusiones. Volvió a salir de nuevo, a reír con sus amigos. Aprendió a apreciar la vida que ella mismo estuvo a punto de sesgar. "Ganarían ellos", esa frase que su amigo le dijo, fue la impulsó a seguir sin mirar atrás, por mucho que los fantasmas del pasado, quisieran acosarla. Ella aprendió también a ignorarlos.

Pasaron los años, las heridas del corazón cicatrizaron. Aunque ella quedó marcada con terrores nocturnos que de de vez en cuando, brotaban sin razón. Aprendió a vivir con ello, a llevar las riendas de su vida. Reía aún cuando lloraba por dentro y esperando el momento que todo se evapore por completo de su mente.

Ese día puede ser mañana, puede ser hoy...


Ultraje (Parte primera)

Volvió a revisar su bolsita de tela para repasar los objetos que había encontrado nombrándolos en voz alta: "Una piedra con tes puntas, una rama en forma de pata de ave, una planta aromática..." 
Aún le faltaba por encontrar una flor de tres colores y una hoja morada. Chasqueó la lengua con fastidio, estaba anocheciendo y aunque el cielo aún tenía bastante claridad, el bosque estaba casi en penumbra.
Habían pasado más de dos horas desde que se inició el juego de búsqueda del tesoro y tuvo claro que no iba a ser la ganadora.
Miró a su alrededor para orientarse, pero comprobó asustada que se había perdido. Caminó mucho buscando los objetos pero creyó que lo había hecho en círculos y ahora era incapaz de orientarse.
Decidió retroceder intentando deshacer los pasos dudando si lo estaba haciendo en la dirección correcta.

Tras unos minutos en los que su preocupación iba en aumento, pudo oír no demasiado lejos, unas voces acompañadas de risas. Agudizó el oído para guiarse por aquel sonido salvador y al otro lado de una linde vio un par de chicos acampados. No eran sus amigos pero se sintió aliviada al comprobar que eran caras conocidas. 
Eran compañeros del instituto del último año, ella los vio el día anterior cuando coincidieron en el tren que ella y sus amigos tomaron para ir a esa excursión. Cuando acompañó a una amiga para ir al vagón donde estaba el baño, cruzaron un breve saludo de compromiso, del tipo que se da cuando conoces a alguien sólo de vista. Ella y su amiga sonrieron con coquetería y no los volvió a ver hasta aquel momento en el bosque.

- ¿Qué haces aquí tan sola guapa? - preguntó uno de ellos.
- También estoy de acampada - respondió con jovialidad al sentirse agasajada por un chico mayor - Pero me he perdido y estaba buscando el camino de vuelta.
- ¿Y sabes más o menos dónde acampasteis? El bosque es grande y te puedes perder.
- Más o menos. Junto al riachuelo, entre el molino de agua abandonado y el puente del ferrocarril. Más cerca del puente que del molino.
- Pues estabas yendo en dirección opuesta - respondió el segundo mientras se ponía en pie. Miró unos segundos a su compañero y sonrió con una mueca - Anda, te acompañamos.

Ella aceptó encantada por temor a volver a desorientarse. Le preguntaron sobre su edad, el curso al que iba y cosas por el estilo. Ella respondía con timidez porque no era habitual que los de último curso hablasen con los de primero. Bromearon con ella y comenzaron a elogiar su físico.
- Te he visto muchas veces en los pasillos del instituto y cada vez que pasas por mi lado, me alegras el día.
Ella sonrió sin saber qué responder y notó cómo se ponía colorada. Eso pareció resultarles divertido porque continuaron con los piropos. Ella comenzó a sentirse incómoda porque poco a poco los halagos tenían un matiz más subidos de tonos y comenzaron a usar un lenguaje más soez.

Llegaron al riachuelo y caminaron por su linde, pudo ver el molino de agua abandonado. El agua corría en la misma dirección que ellos. Miró extrañada hacia atrás y vio en la lejanía el puente del ferrocarril.
- Ya sé dónde estoy - comentó sonriente - Pero estamos yendo en dirección opuesta, estoy acampada más cerca del puente.
Ambos intercambiaron una mirada y sonrieron de modo extraño. Miraron en dirección al puente y luego fijaron la vista en ella de un modo que no le gustó en absoluto.
- ¿Un beso de despedida? - le preguntó mirando a su amigo.
Ella asintió con la cabeza y se dispuso a dar dos besos en las mejillas como tenía costumbre hacer para saludar o despedirse. Pero él la abrazó por la cintura con firmeza y la besó en los labios con fogosidad.
Ella intentó zafarse pero él mantuvo su cabeza firme agarrándola del pelo con fuerza y haciéndole daño. Ella le mordió el labio y a causa del dolor él la liberó. Se llevó la mano en la boca y luego miró a su compañero que se reía de la situación.
Ella quiso alejarse de allí corriendo pero apenas pudo dar un par de pasos antes de que la cogiese de la muñeca para retenerla. Asustada y como acto reflejo, le abofeteó y él le devolvió el gesto golpeándola con el dorso de la mano haciéndola caer al suelo.
- Mira la zorra - masculló entre dientes - Pasea por el instituto provocando y pidiendo guerra y ahora se hace la mosquita muerta.
Ella miró angustiada al amigo de su atacante que la ayudó a levantarse, le pidió ayuda musitando con un hilo de voz. Pero se quedó horrorizada cuando el segundo también intentó besarla.
El pánico se apoderó de ella cuando uno a agarró por la cintura y el otro contenía su desbocado pataleo. Intentó gritar pero le taparon la boca con la mano mientras la llevaron a la fuerza hacia el molino. 

El edificio estaba semi derruido y la maleza se había adueñado del lugar. Ahí dentro nadie podría verles y dudaba si podrían oírla. Ella consiguió morder la mano que la amordazaba apretando los dientes todo cuanto pudo. Él, tras lanzar un alarido de dolor, la golpeó con el puño dejándola aturdida. Aún así, gateó a ciegas en busca de una salida. La agarraron de los tobillos arrastrándola de nuevo hacia el interior del improvisado escondite mientras ella pedía ayuda desesperadamente.
- Shhhh, no grites putilla - le siseó en el oído - Si gritas, no saldrás de aquí nunca.
Entre los dos la desnudaron arrancando su ropa con furia. Todo su cuerpo fue manoseado salvajemente. La insultaron, la llamaron de mil formas ofensivas. Con la voz entrecortada por la excitación, le dijeron cuanto habían deseado tenerla para ellos. Que cada vez que ella pasaba por su lado les estaba invitando hacer esto.
La tumbaron boca arriba uno agarrándola firmemente de los brazos, mientras que el otro intentaba separarle las piernas a la vez que se bajaba el pantalón. Seguidamente, se tumbó sobre ella y la embistió con furia a la vez que ella aulló de dolor y desesperación.
- ¡Qué ganas te tenía puta - jadeó en su oído - ¿Es esto lo que buscabas, verdad?
Ella negaba con la cabeza suplicando que parase, pero cuanto más rogaba, más excitado estaba su atacante.
Su resistencia menguó ya no tenía fuerzas para seguir luchando. Apenas era consciente de lo que ocurría a su alrededor. Podía sentir los mordiscos, los pellizcos en sus pechos, cómo la tierra le arañaba la espalda al ritmo de la lujuria salvaje.
- Venga tío - dijo el otro mientras restregaba su miembro viril por a cara de ella - Ahora me toca a mí, esta zorra tiene para los dos.
- Toda tuya - dijo jadeante - Te la he dejado bien mojada.
Se apartó de ella y seguidamente el otro la penetró con furia, sus embestidas eran incluso más salvajes que la de su amigo que se reía mencionando cómo le hacía mover los senos al ritmo de su cabalgada. Uno la embestía y el otro pellizcaba y mordía sus pezones con avidez.
- ¿Te gusta? - le dijeron obligándola a mirarles a los ojos - Te estaría jodiendo toda la vida.
Todo se volvió irreal, los embistes, los insultos, las caricias sus lenguas recorriendo su cuerpo. Apenas ya los sentía, apenas podía seguir sintiendo dolor. Continuaron hablando entre ellos pero ella los escuchaba como un eco distorsionado y lejano.
- Joder, déjame montarla otra vez, me quiero correr dentro de ella.
- Venga tío, pero no tardes que yo voy a reventar - respondió jadeante - ¿Tu crees que me la comerá?
- Inténtalo, pero puede que la pierdas de un mordisco. Es una zorra muy salvaje.
- ¿No lo harías verdad? - dijo mientras se intercambiaba con su amigo - ¿Sabes qué te pasará si vuelves a morder?
Ambos se rieron y volvieron a intercambiarse, el que la estaba penetrando por segunda vez jadeó a la vez que le clavó las uñas en la cadera hasta casi tocar el hueso.
Ella mantuvo la mirada fija hacia salida de aquel molino, sólo podía emitir un quejido lastimero y deseó con todas sus fuerzas, morir en ese mismo momento.

Había entrado es shock y los siguientes acontecimientos desfilaron ante ella como secuencias estrobóticas. Aquel que la estaba embistiendo, ya no sabía si era el primero o el otro porque se turnaban a ratos, fue separado de ella tras recibir un fuerte impacto en la cabeza con un trozo de madera. Quedó liberada pero no tenía ni fuerzas ni la conciencia para intentar huir de nuevo.
Se recostó de lado y encogió su cuerpo quedando en posición fetal observando lo que ocurría en forma de secuencias parpadeantes. Ante ella se desató una violenta pelea, ahora eran tres, uno aparentemente inconsciente en el suelo y dos enzarzados salvajemente con furia desatada. Cerró los ojos con la esperanza que todo desapareciese de su alrededor y pudiese despertar de aquella pelea.

El atacante de sus agresores no dejó de golpearles hasta que dudó si seguían con vida. Entró llevado por la curiosidad al escuchar voces en el interior del molino abandonado y cuando vio lo que ocurría allí dentro, su mente se nubló y se abalanzó sobre ellos. Nunca antes había sentido deseos de matar a alguien tanto como en aquel momento.
Se apartó de ellos mirándoles con asco y recobró el sentido común. Entonces, se acercó a ella mirándola horrorizado sin poder retener las lágrimas. Se arrodilló a su lado y se quitó la camiseta para cubrirla mientras siseaba para trasmitirle tranquilidad.
En cuanto ella notó que a tocaban, comenzó a luchar de nuevo arañando desesperada el aire. Él la rodeó con sus brazos acongojado y roto de dolor.
- Shhhhh, tranquila - le susurró al oído - Tranquila soy yo.
Al reconocer esa voz tan familiar abrió los ojos de par en par volviendo a la realidad al instante. Le abrazó con desesperación llorando al borde de la histeria. Él respondió al abrazó y la acunó susurrando cuánto sentía no haberla encontrado antes. Permanecieron así hasta que su llanto se tornó en un tenue quejido lastimero.
Él procuró mantenerla fuera de la visión de esos dos desgraciados que permanecían inconscientes respirando con dificultad. La ayudó a vestirse con sumo cuidado y tras cogerla en brazos se alejaron de allí.

Caminó unas decenas de metros y la sentó en la orilla del riachuelo. Ella permanecía en silencio, con la mirada apagada y la mente perdida. Él sumergió su camiseta en el riachuelo y como si de una niña pequeña se tratase, le limpió la sangre seca de su nariz y labios a la vez que el barro y suciedad de su cuerpo sin parar de susurrar que estaba a salvo y que todo saldría bien.
Ella aún sentía sobre su cuerpo las manos que la ultrajaron, notó el olor que desprendían sobre ella, su boca aún tenían el sabor de aquellos besos.tembló ligeramente al sentir la prenda húmeda sobre su piel, volvió a revivir lo ocurrido en su cabeza, dobló su cuerpo con un aspaviento y vomitó hasta quedarse sin nada que arrojar. Se metió en el riachuelo y se sentó, el agua cristalina le llegaba por la cintura y comenzó a friccionar su piel con desesperación intentando borrar toda huella que dejaron en ella. Comenzó a llorar de nuevo mientras repetía una y otra vez. "No, no, no..."
Él se arrodilló a su lado y la abrazó roto de dolor, era su mejor amiga, crecieron juntos casi como hermanos, siempre se sintió con la obligación moral de cuidarla y no pudo hacer nada por evitar aquello.
- No pude encontrarte... te busqué - musitó - te busqué... perdóname.


(Continuará...)




viernes, 3 de junio de 2016

El sustituto. (Parte final)

Asistir a un instituto de formación profesional te da más libertad que hacerlo en uno de bachiller y si además asistes a las clases nocturnas mucho más.
La mayoría de estudiantes tienen trabajo y compatibilizan el mundo laboral con el formativo. Por ese motivo, los profesores son más condescendientes con las faltas de asistencia. Así que era raro que la clase estuviese al completo los viernes por la tarde y a medida que las horas lectivas avanzaban, disminuía el número de alumnos en las clases.
Esperábamos en el pasillo al profesor de matemáticas para que nos abriese la clase y dar la última hora. La soporífera y aburrida asignatura sumado a la hora y día, era el motivo por el que apenas llegásemos a la decena de alumnos. Por norma general yo no asistía a esa última clase de la semana, pero debido a mi juego de tira y afloja con el sustituto, hizo que mi asistencia cambiase del sesenta por ciento al cien por cien. El profesor de matemáticas se retrasaba y decidí fumarme un cigarrillo aprovechando los recovecos del pasillo para no ser vista. Pero ingenua de mí, no conté con el humo que exhalaba. Y sin que yo apreciase la llegada del maestro, lo encontré frente a mí mirándome con reprobación. Me quitó el cigarrillo de la boca y mientras lo apagaba pisándolo enérgicamente me soltó una soporífera retahíla sobre las normas de conducta, la prohibición de fumar en centros públicos y rematando con un sermón sobre mi salud.
La vergüenza de verme sorprendida sumado a las miradas burlonas que mi situación provocaba en mis compañeros, sacó de mi interior la fierecilla indómita de mi juventud. En unos meses sería mayor de edad y no iba a consentir que un profesor me aleccionase como si fuese una chiquilla. Así que saqué otro cigarrillo del interior de mi chaqueta e intenté encenderlo frente a sus narices.
Tal demostración de falta de respeto fue superior para el viejo profesor que debió jubilarse hace años y no era capaz de recordar lo que es ser joven, si es que alguna vez lo fue.
Me quitó el segundo cigarrillo con más brusquedad, lo partió en dos y con la cara tan roja que parecía que le iba a explotar en cualquier momento, me mandó ir a la biblioteca como castigo. 
Encogí los hombros y caminé con parsimonia tras el maestro, no presté atención al enérgico sermón que me echaba porque mis pensamientos, estaban centrados en intentar comprender porqué pensaba que castigarme sin asistir a la clase de matemáticas un viernes a última hora, debía ser un castigo.

Entré en la desierta biblioteca, elegí una mesa del fondo rodeada de estanterías. El profesor ordenó que sacase mi libro de texto indicando que buscase la página ciento setenta y dos, obedecí con parsimonia y pasé la página una a una. Esa actitud era una norma no escrita en el instituto, si alguno tenía algún modo de hacer perder el tiempo de clase a un profesor, debía aprovechar la oportunidad.
Cuando pasé la quinta página, el profesor me quitó el libro, buscó la página por mí y me adjudicó todos los ejercicios que vio advirtiendo que los quería hechos y sobre su mesa el lunes si no quería que mi insubordinación se viese reflejado en la nota final o en una expulsión que parecía que lo estaba buscando.

En cuanto se marchó, me puse los auriculares y me distraje dibujando caricaturas. Comencé a tararear mi canción favorita y me concentré en lo que hacía hasta que una mano tocó mi hombro provocándome un tremendo susto. Una biblioteca solitaria, mal iluminada y despuntando el ocaso, no era un sitio para que a alguien le den un susto.
Miré tras de mí con el miedo en la mirada y me encontré con unos ojos turquesa que me miraban con diversión. Mi sorpresa inicial se tornó en enfado, aunque estaba más molesta conmigo misma por mi reacción que por el susto de muerte que él me había dado.

Me comentó con un tono en el que se mezcló resignación y chanza que al ser sólo un profesor sustituto, debía encargarse de los turnos de guardia que nadie quería, sobre todo la guardia de la biblioteca ya que los únicos alumnos que entraban ahí eran los castigados. Quiso saber lo que había hecho para terminar castigada. Se lo conté sonriendo orgullosa por mi rebeldía.
- Eres una fierecilla sin domar - respondió conteniendo la risa a duras penas.
Se interesó por mis dibujos y elogió mi destreza. Se sentó a mi lado y comenzamos a hablar sobre algo que teníamos en común... los cómics. Comenzamos a discutir sobre un súper héroe que él admiraba y yo detestaba. En un momento en el que la discusión estaba en su apogeo, él me silenció agarrándome ambas mejillas con las manos y me besó con fogosidad. A causa de la sorpresa, me aparté mirándole confusa a la vez que impaciente. Sin decirme nada, se levantó y se marchó de allí.
 Me quedé pensando qué podía hacer, si seguirle o si hacer como si nada hubiese pasado. Todavía tenía su sabor en los labios y ese beso aunque intenso, me supo a poco.
Escuché cómo cerraba la puerta de la biblioteca con llave e inmediatamente después, las luces se apagaron dejándome envuelta en una penumbra débilmente iluminada por las luces de emergencia. Me puse en pie sin saber si debía irme o permanecer allí. Pensaba si ese beso fue espontáneo y rectificó a tiempo o era el preámbulo de algo más intenso.

Volvió a mi encuentro con paso decidido, mi corazón se desbocó al comprender que aquello que estaba provocando como un juego iba a resolverse en ese lugar y momento. Había ido demasiado lejos pero no podía ni quería echarme atrás. Así que cuando me volvió a besar de un modo que parecía que la vida le iba en ello, yo respondí de igual modo.
Agarró mis muñecas con firmeza manteniéndolas a la altura de mis hombros y sus besos descendieron por mi cuello, hombro hasta llegar al pecho. Me agarró un seno y mordisqueó el pezón con cuidado. Aquello hizo que brotase del fondo de mi garganta un gemido que silencié apretando los labios. Nunca nadie me había besado así, nunca nadie me había acariciado de ese modo y nunca antes había llegado tan lejos con nadie. 
Apretó mis nalgas y me alzó a pulso, crucé mis piernas alrededor de su cintura mientras mi cuerpo quedaba aprisionado entre el suyo y la estantería. Continuó devorando mi cuerpo con avidez mientras yo permanecí aferrada a él con las piernas cruzadas en su cintura y los brazos tras su nuca.
Asió mi cadera con firmeza y caminó un par de pasos hacia atrás para seguidamente girar usando mi cuerpo para la inercia. Me sentó sobre la mesa y dibujando un arco con el brazo, retiró el libro y mi libreta tirándolos al suelo. Se reclinó sobre mí mientras sus manos ocultas bajo mi ropa, exploraba mi cuerpo. Me desabotonó la camisa guiando con la lengua el descenso de sus manos. Yo sólo podía emitir gemidos casi imperceptibles y mi respiración se sincronizó con el latido de su corazón.
Sin dejar de acariciarme, se quitó la camiseta y volvió a devorar mis labios mientras comenzó a desabrocharme el pantalón. Con un movimiento rápido, me desprendió de toda mi ropa quedando expuesta ante él en ropa interior.
Pude sentir en mi ingle lo que yo provocaba en su miembro viril. El temor ante lo desconocido, la excitación del momento y turbación de conocer la reacción de mi cuerpo ante las caricias, se reflejó en mi mirada que apenas se vislumbraba en aquella penumbra.
Él se percató de mi zozobra y comprendió el motivo del temor que que mi cuerpo trasmitía temblando ligeramente en una mezcla de temor, confusión y perturbación.

- ¿Nunca lo habías hecho antes? - me preguntó con la voz entrecortada a causa de su respiración acelerada.
Negué con la cabeza sin poder dejar de mirarle, su expresión cambió y me sonrió mirándome con ternura. Y ambos recordamos que a fin de cuentas él era mi profesor y yo su alumna.

Esa idea de jugar con lo prohibido sumado al deseo de volver a sentir sus manos sobre mi, eliminó mi zozobra por completo y sonreí invitándole con la mirada a continuar. Titubeó un instante pero antes de que la razón volviese a interponerse entre ambos, volví a besarle saboreando sus labios y mordisqueé el lóbulo de su oreja para terminar besando su cuello mientras mis dedos dibujaban el contorno de su pecho bajando lentamente hasta la cintura. Le abracé sin dejar espacio alguno entre los dos.
El tacto de piel con piel, silenció al sentido común y respondió a mis besos dejando que el deseo e instinto volviese a tomar el mando. Se reclinó sobre mí y exploró mi intimidad acariciándolo con suavidad, introdujo un dedo con cuidado, luego dos. Mientras saboreaba mis pezones, exploró mi intimidad con suaves movimientos hasta que su mano quedó impregnada con la humedad de mi interior. Dejé escapar un gemido que sólo pude amortiguar mordiendo mi mano y él me ayudó a silenciarme besándome con ternura. Continuó besándome mientras se ponía un preservativo.

Estaba llegando al punto del no retorno, pero no quería ni podía echarme atrás. Me miró a los ojos buscando en ellos alguna negativa que no encontró y volvió a besarme con una sensualidad que jamás había sentido mientras echaba mi cuerpo hacia atrás hasta quedar completamente tumbada sobre la mesa. Despacio muy despacio, me penetró y apreté los dientes dejando escapar un quejido de gozo cuando le sentí completamente dentro de mí. Entrelazamos los dedos y fijamos la mirada en los ojos del otro. Se movió sobre mí con movimientos metódicos y rítmicos haciendo que mis sensibles endurecidos y erguidos pezones acariciasen su tórax. La fricción de su miembro con mi clítorix unida a la de mis pezones en su pecho me provocó un extraño cosquilleo que se acumuló concentrándose en mi interior. Mis jadeos se aceleraron al igual que su empuje, comenzó a devorar mis labios, cuello y senos con avidez y descubrí por primera vez la culminación del clímax. El cosquilleo iba en aumento hasta que se liberó como una explosión dejándome extasiada y relajada de igual manera. Me sentí tremendamente avergonzada al pensar que me había orinado. Él sonrió con ternura y susurró jadeante.
- Tranquila, eso es normal.
Al parecer esa explosión interna que sentí, le llenó de satisfacción. La humedad de mi interior se incrementó y su fricción fue en aumento hasta convertirse en una desenfrenada cabalgada. Mis senos se movían al ritmo de su lujuria y todo lo que nos rodeaba desapareció. Llegó al clímax y apretando los dientes reteniendo todo cuanto pudo una exhalación de gozo dio una última embestida penetrando su miembro todo lo físicamente que le fue posible y seguidamente se derrumbó sobre mí.

Ambos quedamos extenuados y jadeantes, intercambiando besos y miradas confidentes. Ninguno podía dejar de sonreír.
Mientras nuestra respiración y latidos volvían a la normalidad, él me acariciaba con suavidad, como si quisiera memorizar hasta el último recoveco de mi cuerpo. Yo me perdí en su mirada mientras la razón volvía a tomar las riendas.
Fue mi primera vez y no fue con el amor de mi vida ni con alguien del que estuviese perdida e incondicionalmente enamorada como siempre creí que debía ser. Siquiera fue premeditado o planeado tras un encuentro romántico. Pero no estaba arrepentida en absoluto. Ese modo de bersarme, de acariciarme, de poseerme... Lo que él me hizo sentir, cómo actuó en todo momento, lo que su mirada me trasmitió desde el inicio hasta el final, hizo que esa primera vez superase con creces todas mis expectativas.


El sustituto. (Parte primera)

"Mi gozo en un pozo" pensé para mí cuando el jefe de estudios anunció que el profesor de educación física estaría de baja al menos dos meses para seguidamente, anunciar que el sustituto ocupará su puesto ese mismo día.
Crucé la mirada con mis amigos y adiviné sus pensamientos, no fue difícil porque yo había pensado lo mismo y ya estábamos planeando en cómo ocupar la hora libre y con la llegada del sustituto los planes fueron frustrados.
Aunque un sustituto tampoco estaba mal, era mucho mejor porque podríamos hacer lo que nos viniese en gana sin que nuestro historial de asistencia se viese afectado y esa teoría se ratificó cuando el jefe de estudios nos explicó que el sustituto era un estudiante de último año que aprovecharía la baja del profesor fijo para efectuar sus practicas. Intercambié una sonrisa confidente con mis amigos, si con un sustituto hacíamos lo que queríamos, con un sustituto en prácticas, será una fiesta.

Estaba charlando con mis amigos sobre trivialidades mientras el jefe de estudios seguía con la presentación. Tras un par intentos fallidos por parte del jefe de estudios para hacernos callar, optó por coger un trozo de tiza y lo lanzó hacia nuestro corrillo. La tiza pasó ante mis ojos y reaccioné dando un respingo. Toda la clase estalló a carcajadas y para simular mi zozobra quise mirar desafiante al docente. Pero mi turbación se incrementó al fijar la mirada a los ojos turquesas del sustituto. Sería cinco o seis años mayor que yo, complexión atlética, alto y endemoniadamente guapo. Él me devolvió la mirada reteniendo una sonrisa provocada por el lanzamiento de tiza. Incliné la cabeza ligeramente hacia atrás y con altivez, desvié la mirada más allá de la ventana para enviar un mensaje al jefe de estudios y dejarle claro que su llamada de atención no había hecho mella en mi actitud.

Tras el primer impacto que me ocasionó conocer al sustituto, volví a ser la de siempre. Sobre todo porque, seguramente en su afán de demostrar que estaba preparado para dar clases, fue incluso más  exigente y duro que el profesor permanente. Y no se conformaba con hacernos correr alrededor de la pista deportiva u organizar partidos de fútbol, baloncesto o voleibol. 
Quiso ir más allá, poniéndonos pruebas de resistencia, velocidad, equilibrio... Y tanto yo como mis amigos, comenzamos a detestar las clases de educación física. Después de tres semanas estábamos echando de menos a nuestro profesor habitual, sobre todo, porque aquel día se presentó con mal augurio ya que tocaba saltar el potro con trampolín. Pero al contrario de lo que imaginamos, nos lo pasamos muy bien, sobre todo porque nos reíamos a costa de la torpeza de algunos compañeros y aplaudimos vitoreando las caídas más aparatosas.

Llegó mi turno y tras responder con una reverencia y mucha guasa a los vítores de ánimo de mis amigos, me dispuse a realizar el ejercicio. Una de las víctimas de nuestras burlas, quiso vengarse y justo cuando me disponía a saltar, corrió hacia mí con la intención de chocarse, frenó un par de metros de mí pero fue suficiente como para desconcentrarme, hacer que apoyase mal las manos en el potro y caer aparatosamente al suelo torciéndome el tobillo.
Me levanté hecha una furia para reprender al graciosillo pero me había hecho más daño de lo que parecía a primera vista y al apoyar el pie lastimado, sentí un dolor que recorrió mi pierna hasta la rodilla como un latigazo y haciendo que perdiese el equilibrio de nuevo.
Entre la risas de unos compañeros y las despotricaciones de mis amigos, se armó un alboroto que sólo puedo ser silenciado cuando el sustituto usó su silbato para llamar al orden.
Se acercó a mí y me inspeccionó el tobillo, tras llamarme la atención por el vocabulario soez que usé para seguir reprendiendo al causante de mi lesión, me anunció que no tenía nada grabe pero que debía ir a la enfermería para aplicarme un aerosol anti inflamatorio.
Quise ir por mi propio pie para intentar mantener en alto mi ya tocado orgullo, pero el tobillo me dolía bastante y no podía apoyar el pie. Así que el sustituto, me cogió en brazos y me trasladó a la enfermería. Protesté por cogerme de ese modo porque aquello incrementó las burlas de mis compañeros. Sólo cuando le amenacé con dar aviso al director por coger tantas confianzas, decidió dejarme en el suelo pero pasó mi brazo sobre sus hombros para que me sirviese de apoyo. 
Aferrada a él, cojeando y con el orgullo herido, salí del gimnasio. Al estar tan cerca de él pude oler su perfume... ¡Madre mía, qué bien olía!

Sentada en la camilla, mi enfado seguía patente y resoplé con fastidio apretando los dientes para intentar no exteriorizar el dolor del tobillo y no demostrar mi preocupación por la lesión.
- Tienes muy mal genio - me dijo con sorna mientras buscaba el medicamento cutáneo - Mal genio y un pico de oro.
- Si te parece le canto una saeta - dije con sarcasmo - Y remato marcándome unas sevillanas, ¿no te fastidia?
Mi chulesca respuesta le provocó un estallido de carcajadas, cosa que me enfureció más aún. Y trasladé mi enfado en echarle la culpa por hacernos usar el potro. Como si eso nos fuese a servir el día de mañana. También le comenté que su clase era de relleno y que no debía tomárselo tan en serio porque nadie lo hacía, sólo servía para equilibrar la nota media en las evaluaciones.
Eso sí pareció molestarle porque me fulminó con la mirada fugazmente, le respondí con una sonrisa maliciosa al saber que le había molestado y él apartó la vista para buscar el medicamento del armario metálico. No hay nada como poner en duda la utilidad de una asignatura para molestar a un profesor.

Echó el aerosol sobre mi tobillo y lo masajeó para que la piel absorbiese el medicamento. Chasqueé la lengua al notar un dolor punzante y protesté entre quejidos. Él ralentizó la fricción y me dio un suave masaje.
- ¿Mejor así? - preguntó mirándome a los ojos.
Asentí con la cabeza y tal como me ocurrió la primera vez que le vi, su mirada me perturbó. Ambos permanecimos en silencio mirándonos fijamente. El masaje se tornó mucho más suave, más sensual. Sólo tenía diecisiete años, pero despertó en mí sensaciones más allá del instinto primario.
Yo sentada en la camilla, él arrodillado en el suelo masajeando el tobillo y ambos fundidos en una mirada que trasmitía confusión, deseo, peligro y prohibición. Le sonreí levemente pero él recobró la compostura, se puso en pie y se apartó de mí un par de pasos. Intentó ocultar lo que estaba pensando pero ya lo sabía. Sabía que él deseó lo mismo que yo. Porque lo que yo pensé no fue sólo un pensamiento líbido de una adolescente con las hormonas en ebullición, También era la emoción de jugar con lo prohibido e ir más allá de las normas de conducta.Y así era yo, impulsiva y si quería hacer algo, lo hacía sin meditarlo mucho. "Primero actúo y luego me preocupo si debo arrepentirme" ese era mi lema.
Así que aproveché que él me ayudó a bajar de la camilla para rodear su cuello con mis brazos y le besé con toda la avidez que mi juventud y falta de experiencia me permitió.
Fue breve pero intenso, pero él me apartó alarmado y miró hacia la puerta abierta de la enfermería con preocupación.
- Soy tu profesor, no deberías haberlo hecho - me dijo con tono severo. El timbre de su voz y su lenguaje corporal no casaba con el modo de mirarme.
- Ha sido un acto reflejo - dije intentando parecer lo más inocente y zozobrada posible - N-no, n-no sé por qué lo he hecho.
Salí de la enfermería todo lo rápido que mi dolorido tobillo me permitió, el corazón me latía con fuerza pero no podía dejar de sonreír. Me había rechazado, pero supe que sólo lo hizo porque era lo que él tenía que hacer y no lo que quería.

Durante el resto de la semana, provoqué encuentros que parecían casuales. Cuando él tenía guardia en la sala de estudio o en la biblioteca, aparecía por allí, me dejaba ver pero manteniendo las distancias. Buscaba un cruce de miradas que cuando ocurría, le hacía ver lo que él provocaba en mí para seguidamente apartar la vista fingiendo confusión y vergüenza. Para mí era divertido y a la vez excitante que pudiese despertar interés en alguien mayor que yo. Cuando se tiene diecisiete años, cinco de diferencia era toda una eternidad.

Uno de esos días, estaba sentada en las gradas de la pista deportiva, a causa de la lesión de tobillo, quedé exenta de la clase de educación física. Me burlaba de mis compañeros al verles correr sudorosos alrededor de la pista, algunos respondían a la chanza con amenazas burlonas.
El profesor sustituto se sentó a mi lado y me entregó una carpeta pidiendo que anotase los tiempos de mis compañeros mientras él prestaba atención a su reloj cronómetro.
Mientras anotaba lo que él me dictaba, rocé su pierna con la rodilla y noté cómo se tensó. Eso me divirtió aún más. Puede que sea mi profesor, puede que sea más mayor, pero sólo era a lo sumo cinco o seis años mayor y tampoco iba a ser mi profesor para siempre, dos semanas más y no habría ningún problema. Pensé que se apartaría, que volvería a huir de mi, pero permaneció sentado y me miró intentando por todos los medios mantener la compostura y las apariencias.
- Eres un torbellino - dijo con tono de guasa - No busques jugar con fuego cuando aún no tienes edad de usar cerillas.
- Que no te confunda mi edad - respondí retándole con la mirada - Ya he encendido algunas hogueras y sé cómo no quemarme.
Ambos nos reímos por el juego de palabras y continuamos haciendo alusiones sobre nuestros pensamientos usando metáforas y juegos de palabras con doble sentido. Yo me sentí más crecida porque ya estaba convencida que lo que yo buscaba, era un deseo mutuo.
La partida había comenzado y él estaba dispuesto a jugar. Las reglas no estaban establecidas y tampoco los limites. La novedad de seducir a alguien mayor que además según los establecimientos sociales debía ser alguien inaccesible y prohibido, incrementó aún más si cabía, el deseo de saber hasta dónde él estaría dispuesto a llegar.

(Continuará)