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lunes, 24 de agosto de 2015

Succubus

El ambiente del bar estaba bastante tranquilo aunque era de esperar dado que es día laborable. Pero aunque estuviese abarrotado se hubiera fijado en ella al instante. Así se lo aseguró con torpeza mientras tomaban una copa cuya invitación ella accedió encantada. A medida que el alcohol deshibinía el temor inicial al rechazo, la conversación se tornaba cada vez más personal. Un par de copas después, él se armó de valor para proponerle una noche de pasión. Ella mostró algo de zozobra pero antes que él se disculpara por su atrevimiento, aceptó la proposición. Tomaron un taxi y fueron al hotel más cercano.
- Espero que no me tomes por una cualquiera por haber aceptado - dijo mientras le besaba en la mejilla con ternura - Pero desde que te acercaste a mí, noté que habíamos conectado.
- Tranquila, no pienso eso - contestó mientras le acariciaba el muslo con el pulgar -Aún me estoy preguntando cómo alguien como tú, se ha fijado en alguien como yo.
Continuaron hablando entre susurros. Ella con la actitud de una niña inocente consciente de su travesura y él, cada vez más crecido y envalentonado. Cuando llegaron a la recepción del hotel ya estaban establecidos los roles de confianza en sí mismo e impaciencia por probar lo desconocido.

Mientras él buscaba una música apropiada en el hilo musical, ella sirvió unas copas con la excusa que necesitaba relajarse pues estaba algo tensa y nerviosa. Brindaron en silencio mientras se miraron fijamente a los ojos. Apuraron la copa de un solo trago y él la besó con ímpetu dejando liberar de golpe todos los instintos que se habían acumulado. Se quitaron la ropa con impaciencia y exploraron los cuerpos sin recato. Él se sintió algo mareado, como si las fuerzas le fuesen mermando poco a poco. Se desplomaron en la cama y continuaron con su frenesí. Ella mostró una cuerda y le miró con complicidad.
- Siempre quise hacer esto - murmuró con un ápice de vergüenza.
- ¿Eres una chica mala? Mmm, me gusta.
Se dejó maniatar y amordazar mientras la besaba con ansiedad. Ella se puso sobre él acoplando los cuerpos mientras contorneaba la cadera sincronizando el ritmo con los jadeos y palabras ininteligibles.
Ella supo que él estaba a punto de llegar al cenit porque se aferró a sus nalgas mientras guiaba sus movimientos. Ella se reclinó y dejó que le besara los senos mientras su mano buscaba algo bajo la almohada. Estaba a punto, esperaba el momento. Clavaron las miradas y continuó su baile.
Ahí está el momento, esa forma de mirar, esos ojos casi entornados, esa sonrisa de depredador... ¡Ahora!
Sacó el cuchillo que asía bajo la almohada y se lo clavó en el pecho. Ella continuó con su contoneo sin apartar la vista de los ojos de ese desgraciado que se tornaron en auténtico terror. Le apuñaló una vez, la sangre salpicó su cuerpo tras otra mientras su interior estalló de placer. Con movimientos más sosegados, buscó un segundo orgasmo pese a estar sobre un cuerpo inerte, lo encontró gracias a desfigurar la cara de su víctima a base de largos y profundos cortes. Inspiró profundamente para exhalar el aire con lentitud. Le dio un casto beso en los labios y se separó de él.

En la ducha, frotó todo su cuerpo con fruición. La visión de la sangre diluyéndose en el agua y desapareciendo por el desagüe, le provocó un placer similar al que sintió hace unos minutos cuando se acostó con aquel tipo. Aunque este placer se vio disminuido a causa de la pastilla de jabón que no realizaba su función correctamente. 
- Típico de estos hoteles baratos - murmuró entre dientes - ¡Será tacaño el imbécil este! Al menos en esta ocasión las sábanas están limpias. Bueno... lo estaban.

Intentó hacer memoria para recordar su nombre preguntándose a sí misma porqué nunca era capaz de recordar ese detalle. Frunció el ceño a observar que él mantenía una mirada opaca en ella, el largo y profundo corte en la garganta, se le antojó como una sonrisa desafiante.
- ¡No me mires! - gritó mientras se afanó en terminar de lavarse las manos. Intentó centrarse en esa actividad, pero no pudo evitar miradas furtivas hacia ese pelele inerte que yacía en el suelo.
Parecía que la seguía retando haciendo alarde de confianza y seguridad en sí mismo. Esa seguridad que desapareció cuando ella sacó el cuchillo que previamente escondió bajo la almohada en el momento que él servía unas copas. Esa confianza que mermó cuando ingirió esa copa con unas gotas de ketamina que ella le echó mientras él buscaba música. "Patético", pensó para sí.
No había modo de recordar su nombre. Tampoco importa, es un desgraciado menos, un cazador cazado otro rompecorazones más borrado del mapa. Pero no ha desaparecido del todo, esos ojos inertes seguían retándola, seguían reflejando convencimiento sobre quién tiene el control.
- ¡Que no me mires más! - gritó mientras le amenazó con el cuchillo haciendo un pequeño corte en su mejilla.
Ella sintió que su temple cedía levemente. El terror ante la visión de una muerte inminente ya no surge efecto. La hoja del cuchillo se refleja en esos ojos inexpresivos, ella también puede verse en ellos. Pero sin gritos, ni lucha o una mísera lágrima; el efecto de poder y control no es el mismo. Siquiera sintió gozo cuando le arrancó los ojos y los introdujo en la boca. Si no provoca terror, no crece en ella la inhibición del placer. 

Se vistió cuidando su aspecto al detalle, aquí ya no se divierte. No hay nada más que ese miserable le pueda ofrecer, otro más que la deja a medias. Todos le prometen una gran noche y en cuanto les apuñala para poder alcanzar el cenit, se derrumban, lloran o incluso defecan. Anulando completamente el libido del momento.
Abandonó aquel hotel de segunda del mismo modo que entró. Furtivamente, sin ser vista, como una esposa infiel que no desea dejar testigos de su visita. Un truco muy recurrente y efectivo para incrementar el morbo ante lo prohibido de esos malditos imbéciles. La oportunidad de dar aquello que otros no pueden ofrecer, es como la miel para atrapar moscas.

La velada de esta noche le resultó demasiado fácil y rápida. Pensó que una última copa le animaría algo. Se entretuvo hundiendo el cubito de hielo con su dedo mientras intentaba recordar el nombre de aquél fulano. En el fondo, le hacía mucha gracia que le pasase siempre lo mismo.
- ¿Perdona, te puedo invitar a esa copa? - Una voz masculina habló tras ella.
Le miró fijamente y mientras le estudió con rapidez, aceptó asintiendo con la cabeza y sonrió con timidez y zozobra. 
Hablaron durante una hora sobre asuntos banales e impersonales en los que ella tuvo que simular que reía encantada ante sus insulsas ocurrencias. Este patético cortejo comenzó a aburrirle y usó su lenguaje corporal para dar pie a pedir lo que él deseaba realmente. Miró la hora y sonrió mirando como si se tuviese que marchar muy a pesar suyo. Él apuró la copa de un solo trago, quizás para armarse de valor y con cierto temor, dibujó una línea que iba de la rodilla hasta el muslo de ella.
- ¿Sería demasiado atrevido invitarte a tomar una última copa en mi casa?
Ella estudió su mirada, aunque había un ápice de temor a ser rechazado. Parecía completamente seguro sobre el éxito de su cortejo. En cuanto ella acepta, la seguridad en sí mismo incrementa y transpira orgullo egocéntrico. La besa con sensualidad acariciando sus nalgas, comprobando así, que las intenciones han sido correctamente interpretadas. Ella le corresponde del mismo modo mientras que, disimuladamente, comprueba el interior de su bolso. El tacto del mango de su cuchillo le excita y se muestra más fogosa al finalizar el beso.

Durante el trayecto en el coche, intercambiaron caricias y miradas impacientes. Aunque ella mantenía su rol de tímida y preocupada, eso incrementaba más la seguridad y poder de control de esos infelices. Así goza más cuando ella sesga literalmente ese dominio que creen poseer. Él le pellizcó la barbilla y aprovechó un semáforo para besarle de nuevo.
- Te confieso que es la primera vez que hago esto, pero siento que hemos conectado. Créeme cuando te digo que estoy tan nervioso como tú. Nunca había conocido a nadie como tú, eres una mujer maravillosa y no me puedo creer que alguien como tú pudiese fijarse en alguien como yo.
Ella sonrió transmitiendo ternura, aunque por dentro luchaba por no romper a reír a carcajadas. Siempre las mismas frases hechas y los mismos halagos. Parece que todos tienen un manual de instrucciones para cortejar.
- No te preocupes, no te pongas nervioso - contestó ella mientras mordisqueó con suavidad la yema de sus dedos - Estoy segura que será una velada inolvidable para los dos...


lunes, 18 de noviembre de 2013

Jaque mate.

Una densa nube de tabaco estaba suspendida en la estancia en penumbra, pronto oscurecerá y podrá salir... una vez más. Aleksandr fijó la vista en el tablero que estaba frente a él, se reclinó para coger una de las monedas que tenía sobre los escaques y la miró con detenimiento. ¿Catorce años ya?, se preguntó mientras esbozaba una fría sonrisa. entrecerró los ojos mientras los recuerdos le transportaban más allá de su cuchitril...

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Un relámpago rompió en la oscuridad de la noche rasgando el cielo y dibujó el contorno de la ciudad. Aleksandr levantó la mirada al cielo cuando el  trueno retumbó en sus oídos, hizo un amago de sonrisa. Era una señal, lo presentía.
Tiró el cigarrillo al suelo y se centró en ver cómo se consumía, sentía que sus pulmones ardían, había fumado demasiado y aún así, se encendió un quinto cigarrillo. El débil haz que provocó la llama acentuó aún más si cabía sus dura faz picada ligeramente por la viruela.
Un corredor pasó junto a él, cruzaron las miradas un instante y éste continuó su camino sin prestarle más atención. Aleksandr chasqueó la lengua, estaba harto, harto de ser invisible, de sentirse insignificante, de tener la sensación de no haber hecho nada destacable o admirable en su vida.
Su aspecto no le ayudaba, su mirada perdida le daba apariencia de retrasado, al menos es lo que estaba seguro que decían sobre él. Pero se acabó, todo esto desaparecerá porque ahora tiene un plan y cuando lo lleven a cabo, todos sabrán quién es Aleksandr Pichuskin y no solo en Rusia, en el mundo entero.

- ¿Cuál es tu magnífica propuesta? - Vladimir le interrumpió de sus pensamientos, era compañero de clase y de las pocas personas que se molestaba en hablarle - Hace un tiempo de perros ¿qué hacemos en el bosque a estas horas?
- Vamos a ser famosos - respondió sin disimular su entusiasmo - Hablarán de nosotros incluso después de muertos.
- ¿De qué estás hablando? - Vladimir arqueó las cejas y luchó por no soltar una carcajada - ¿Famoso tú?
- Sí, vamos a superar a Andrei Chikatilo - murmuró tras dar un largo sorbo a su botella de vodka - Seremos mejor que él, borraremos del mapa a vagabundos y prostitutas, tú y yo limpiaremos la ciudad de...
- ¿Estás loco o borracho? - Vladimir retrocedió un paso tanto por el impacto que le provocó oír aquello como los vapores de alcohol que su compañero despedía y le mareó ligeramente - ¡No quiero saber nada de esto, todos tenían razón, eres un pirado!.

Aleksandr vio como su compañero le daba la espalda. Había estado elaborando un intrincado plan, estaba todo pensado e incluso quiso compartir fama con él, y ahora este cretino tira por tierra todas su ilusiones, incluso se ha reído de él. La mente se le nubló, Vladimir ha elegido ser el primero...
Caminó en dirección contraria que la de él y en el primer codo del camino, se escondió entre la maleza para perseguirle con sigilo. 
Vladimir escuchó las hojas y ramas crujir a su espalda, se giró por instinto y vio fugazmente unos ojos fríos y carentes de brillo que, inyectados en sangre le traspasó. Un dolor agudo en la sien hizo que todo se volviese negro y en estado semi inconsciente, notó cómo era arrastrado mientras una voz hueca y lejana, le lanzaba toda clase de insultos.

Aleksandr arrastró a su compañero apartándole del sendero. Miró nervioso en todas direcciones intentando pensar qué hacer. Pero no había nadie por ahí y el único sonido que rompía el silencio era su propia respiración agitada. Vio una alcantarilla destapada y con alivio, se dirigió allí.
Vladimir estaba demasiado aturdido para percatarse de lo que estaba pasando, solo cuando su cuerpo cayó al vacío para sumergirse en el agua fría de la alcantarilla, se espabiló por completo. Intentó aferrarse a las paredes de piedra con desesperación, no llegaba al fondo y no sabía nadar. Aleksandr se acuclilló en el borde para observarle mejor. Cuanta más desesperación y angustia demostraba tener su compañero, más poderoso se sentía él. Disfrutó, disfrutó cómo Vladimir pedía ayuda, cómo se sometía a él, cómo las uñas ensangrentadas quedaban clavadas en la piedra... Tras varios minutos de angustia para uno y disfrute del otro, Vladimir se sumergió por última vez y lanzó su último soplo de vida a modo de una única burbuja que brotó en la superficie.

Pasaron tres meses cuando la policía encontró el cuerpo de Vladimir, no hallaron ninguna pista y finalmente cerraron el caso declarándolo un accidente. Aleksandr se sintió más confiado, había saboreado el placer de quitar la vida con sus propias manos y ahora, necesitaba sentirlo nuevamente, esa sensación de poder se había arraigado en su albedrío como una droga.

Invitó a un indigente a vodka para ganarse su confianza y con engaños, le llevó a lo alto de un edificio donde le arrojó al vacío. Sonrió con amplitud al oír cómo el cráneo de aquel desgraciado reventaba contra el pavimento, pero se sintió algo decepcionado, no sintió tanta satisfacción como pensó, necesitaba más, necesitaba usar las manos, mirar la angustia de su víctima clavados en su retina...

Varios días después, volvió a sentir que necesitaba buscar más víctimas. Antes de salir de casa, rebuscó en la caja de herramientas y la mirada se le iluminó al ver un pesado martillo de hierro. Cuando levantó la herramienta para observarla detenidamente, sintió que era una extensión más de su cuerpo.

Estaba tomando su tercera copa cuando una chica poco agraciada le dedicó una sonrisa, él devolvió el gesto levantando su copa e instándole a que le acompañe. Tras una hora de conversaciones banales y hacerle creer a la chica que estaba interesado por ella, la convenció para dar una vuelta por el parque y buscar algo más de intimidad. 
Se detuvieron bajo un puente y ella le besó con impaciencia. Aleksandr se dejó llevar durante un rato, pero la falta de pudor de aquella zorra, le provocó asco. Tras comprobar por el rabillo del ojo que no había nadie más y agudizar el oído a cualquier sonido ajeno a ellos, con disimulo se llevó la mano a la espalda y agarró el mango del martillo que tenía oculta tras su cazadora. 
Ella se desplomó en el suelo sin emitir sonido alguno al recibir el primer golpe, Aleksandr se arrodilló sobre ella sentándose en su vientre y comenzó a asestarle un golpe tras otro. Por cada martillazo que daba, más incrementaba su éxtasis e su violenta conducta iba en aumento hasta liberar la bestia que llevaba dentro y cuando la sangre de su víctima le salpicó la cara le provocó un clímax sexual.
Se alejó de ella silbando alegremente mientras su silueta se difuminaba hasta desparecer en la brumosa noche sin luna...

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Catorce años han pasado y aún no ha podido saciar su sed de sangre. Volvió a dejar la pieza en el tablero y observó con orgullo y satisfacción su trofeo. Un tablero, una moneda en cada escaque, una por víctima... sesenta y una monedas, tres más y habrá cumplido su objetivo. Una sensación de vacío le invadió, cuando no queden más casilleros... ¿qué hará entonces?

Unos violentos golpes en la puerta le arrancaron bruscamente de sus pensamientos. ¡Policía, abra la puerta! gritaron desde el otro lado. Aleksandr se puso en pie con suma tranquilidad mientras mantenía la mirada fija en su tablero. Ha superado a Chikatilo, su mentor, su fuente de inspiración.
Los agentes derribaron la puerta y le redujeron para esposarle.
- Habéis salvado la vida de muchas personas al atraparme, nunca me hubiese detenido - Contestó con tranquilidad cuando uno de los agentes le preguntó si tenía algo que declarar - Ahora lo sé, porque para mí, una vida sin homicidios es como para ustedes, una vida sin alimentos.


Nota de la autora: Aleksandr Pichuskin es un asesino en serie ruso, conocido como "el asesino del ajedrez", quería que sus asesinatos igualaran al número de casillas de un tablero de ajedrez, es decir 64.
Quería batir el récord del asesino en serie más célebre de Rusia, Andrei Chikatilo, condenado a muerte y ejecutado en 1994 por el asesinato de 53 adolescentes y niños en el sur del país.
El 24 de octubre de 2007 fue declarado culpable de 48 asesinatos y tres tentativas de asesinato por un tribunal ruso. La pena máxima en Rusia es la cadena perpetua, después de que la pena de muerte, que no ha sido abolida, está suspendida hasta el 2010.
Desde su detención, Aleksandr solo declaró tres frases:
-No maté 49, maté 61
-Una vida sin homicidios para mí es como una vida sin alimentos para ustedes
-Salvaron la vida de muchas personas al atraparme, nunca me hubiera detenido

lunes, 15 de abril de 2013

El último momento

Tengo la garganta seca, siento que me arde por dentro. El corazón me late desbocado hasta el punto de creer que lucha ferozmente para abrir un agujero en mi pecho y poder escapar. Corro con todas mis fuerzas, a cada paso que doy, siento un calambre en cada espinilla y el dolor sube por la pierna como un latigazo. Apenas me quedan fuerzas para mantener el ritmo de esta carrera desesperada. Pero no puedo parar, no debo parar.

Empiezo a sentir un sudor frío en la espalda y hace que la ropa se me pegue en la piel y dificulta aún más mis movimientos. Mi temperatura se elevó, siento que me arden las orejas. En cualquier momento perdería mis fuerzas, podría tropezar y caer de bruces.... ¡No, eso no! me dije para mí. No debía dejarme vencer tan rápidamente, si tiraba la toalla ahora mismo, ¿de qué hubiese servido entonces todo el esfuerzo empleado?

Miro hacia atrás, aún lo veo a cierta distancia de mí, pero amenazaba con darme alcance de un momento a otro. Sabía que sería una lucha perdida. Pues nada podría hacer yo en un enfrentamiento de igual a igual, me derrotaría nada más comenzar. Pero ahora tengo ventaja y debo aprovechar esta oportunidad.

Durante mi desbocada carrera, puedo ver muy fugazmente algunas miradas clavadas en mí. Son solo fragmentos de segundos, pero pude interpretar claramente cada una de ellas. Una trasmitían lástima por verme en este estado; otros pesar al imaginar un fatal desenlace y alguna mirada de chanza, parecía que mi situación les divertía. Pero me daba igual como me miren o el mensaje que esos ojos curiosos lanzase. Ninguno se ha inmutado, ninguno quiso ayudarme para intentar poner fin a esta situación.

Con angustia, vuelvo a girar la cabeza hacia atrás. Se ha vuelto a poner en movimiento y empieza a ganar terreno. Intento hacer acopio de todas mis fuerzas que aún me restan y centrarlas en mis ya maltrechas piernas. Pero debo conseguirlo, no debo dejar que me venza.

Veo mi objetivo frente a mí, apenas unos pasos más y lo habré conseguido. Angustiada comienzo a creer que no lo conseguiré porque realmente, no puedo dar ni un paso más. Mi coraje comienza a mermar, pero le grito a mi interior. Me obligo a mí misma a olvidar el dolor, el cansancio... Me animo, sé que puedo conseguirlo, aguantaré un poco más, solo un poco más. Todo casi ha acabado, por favor, do debo desistir, ahora no...
No paro de decirme esto, una y otra vez. Pero hizo efecto, con las fuerzas mermadas y a punto de desplomarme por agotamiento... llegué a la par que él, pero llegué en el último momento. ¡Lo conseguí!.

Trago saliva con dificultad, siento que me daña la garganta, está completamente seca. Aún así, mantengo una sonrisa triunfal. Mientras lucho por recobrar el aliento, las puertas se abren ante mí y paso a su interior. Saludo muy cortésmente e intento disimular mi estado. Camino con piernas temblorosas hacia el fondo y me desplomo en el asiento resoplando con pesadez. Unos ojos curiosos me inspeccionan con curiosidad, intentó ser disimulados. Sabían lo que me había ocurrido, no hacía falta preguntar.

Todo había pasado y me siento más relajada. Suspiro aliviada mientras me felicito para mis adentros. Miro a esos ojos que continúan observándome. Tras inspirar profundamente para llenar mis pulmones con aire renovado y expulsarlo muy lentamente, respondo con una sonrisa amplia:

"Ufff, madre mía. Siempre me pasa igual. Odio coger el autobús en el último momento".

viernes, 25 de enero de 2013

El último recorrido.

La puerta del pasajero se abrió y él se sentó sin decir nada y si lo hizo, no le oí, pues su aparición nubló mi mente.
Sentada en el coche con las manos firmemente aferradas al volante, me entregué a su albedrío. Mi corazón palpitaba casi con furia y apenas pude controlar el temblor de mis piernas.

Lucho contra la razón para no mirarle a través del espejo retrovisor. Sé que si lo hago, su imagen tardará mucho en abandonar mi memoria. Era él, sabía que no era la primera, pues días atrás hablé con su última víctima.
Ella me contó entre lágrimas su funesta experiencia y yo la animaba con frases hechas. ¿Por qué no le dije nada más profundo? ¿Por qué no la abracé sabiendo que lo necesitaba? Ahora estoy viviendo en primera persona por lo que pasó. Eso me desalentó más.

Con una orden seca, dijo que arrancase. Obedecí atrapada bajo el influjo del momento. Observaba con atención todo cuanto a mí pasaba, pero en realidad no recuerdo nada de lo que vi durante el trayecto.
Todo mi ser estaba en tensión. Y a cada semáforo que me detenía, desviaba la vista hacia la manecilla de la puerta, con el deseo casi imperativo de abrirla y salir corriendo. Pero no lo hice y continué, sabía que sería un error y desconocía las consecuencias que me acarrearían.

Mi mirada se desviaba de vez en cuando hacia mis piernas. Maldije el uniforme de mi trabajo. La falda, que se cerraba a modo de libro, hacía que al sentarme, ésta se abriera y dejase al descubierto gran parte de mis muslos. Pero tampoco me atreví a separar mis manos del volante para intentar taparme, por temor que, él se diese cuenta. Puede que, eso es lo que deseaba, desde su posición no vea ese detalle que involuntariamente era insinuante.

Me marcó el itinerario a seguir y yo le obedecía mecánicamente, estaba al merced de sus deseos y no podía hacer nada por evitarlo. Deseaba que todo esto acabase pronto, pero a la vez, temía que llegase a su fin.
Intentaba por todos los medios controlar mis emociones, pues no era el momento de manifestar debilidad alguna.

Cada vez estaba más lejos de mi punto de partida, siquiera reconocía las calles, no sabía en qué lugar exacto me encontraba, cómo había llegado hasta ahí y mucho menos, como regresar. Tenía la sensación que él me estaba llevando hacia los confines del mundo.

Finalmente ordenó que me detuviese y obedecí al instante. Todo mi cuerpo temblaba, me encontraba en tal estado que, sentí que podría desmayarme en ese mismo momento.
Entonces le miré por el espejo, mi cabeza se negó a girarse. Vi que se reclinaba hacia mí y sentí su mano sobre mi hombro. Después de carraspear levemente me habló con voz pausada. Se apeó del coche y le vi alejarse sin prisas.

Yo le observé como se marchaba. Y la emoción contenida hasta ese momento, salió sin control a modo de llanto reparador. Y mientras le perdía de vista, su última frase, esa que jamás olvidaré, volvió a mi cabeza.

"Felicidades señorita, está usted aprobada. Ya tiene su carné de conducir"

Lo había conseguido.


viernes, 20 de enero de 2012

Óbito

Hacía frío, breves parpadeos luminosos dibujaban el contorno de las oscuras nubes anunciando tormenta. Me ajusté un poco el chal, sólo lo suficiente para cubrir mis brazos del frescor de la noche, pero dejando a la vista mis llamativos atributos femeninos. Sonrío complaciente, aún soy atractiva para los hombres y seguiré así unos años más. Pero en mi profesión, el tiempo juega en mi contra, llegará un día que mi cuerpo no pueda darme de comer. Pero eso también lo he pensado, tengo dinero ahorrado, podré adquirir una casa de dos plantas en Whitechapel, encontrar dos o tres mozas bonitas y frescas y ejerceré de meretriz.

Mis pensamientos se interrumpieron al oír unas sonoras carcajadas, miré al fondo de la calle, la niebla londinense no permite ver nada hasta tener a la persona prácticamente encima, pero mis años en las nocturnas calles, agudizaron mis sentidos y antes incluso de dibujarse una silueta difusa, podía saber el número de personas que se acercaban o su complexión sólo con oír las pisadas. "Marineros de puerto y borrachos", sonreí satisfecha, mis clientes favoritos. Tan ebrios que se desploman inconscientes antes incluso de despojarse de sus pantalones y que me dan la posibilidad de quedarme con su bolsa de dinero sin miedo a que me reconozcan.

Bajé el chal dejando al descubierto mis hombros rectos, cogí el bajo de mi falda dejando ver mi pierna hasta el muslo y puse mis manos en las caderas echando los hombros hacia atrás para que mi busto resaltase aún más. Cuando estaban frente a mí les sonreí con picardía, mis dientes aún estaban blancos y eso denotaba que estaba sana.
Pasaron de largo, tambaleándose a duras penas, siquiera me habían visto. Volví a cubrirme los hombros suspirando resignada, "Tampoco hubiese sacado nada de ellos" me consolé, era obvio que habían gastado todo su jornal en alcohol.

En la lejanía se oyó un trueno, suspiré profundamente, era ya de madrugada y hoy no había tenido ni un solo cliente y a estas horas no encontraré ya a nadie más. Las primeras gotas de lluvia rozaron mi rostro, me coloqué el chal sobre la cabeza y me dispuse a regresar a casa. Pero un sonido me detuvo, eran unos pasos que venían hacia mí. Presté atención, el sonido era rítmico y tranquilo, puesto no estaba bebido; el sonido que sus zapatos hacía al pisar el frío adoquín me hizo saber que no era un pordiosero, sus suelas no estaban gastadas. Escudriñé entre la niebla, la forma de una silueta comenzó a emerger de la niebla.

Era un gentleman, de eso no cabía duda. Elegantemente trajeado, con blancos botines sobres sus zapatos de charol negro; su larga y oscura capa, no disimulaba su complexión esbelta; de mediana estatura, aunque su sombrero de copa forrado de seda negra le daba apariencia de más altitud. Se detuvo un instante, pese a la niebla y la oscuridad de la noche, sentí que me estaba mirando.
La curiosidad me embriagó, ¿qué hacía un hombre como él en el West End?. Yo no soy una prostituta de sociedad, soy de los suburbios más humildes de Londres.
En un par de ocasiones me topé con caballeros de la alta sociedad, aventurándose en los burdeles de la zona buscando a jovencitas de aspecto virginal, pero nunca, en todos mis años en la calle, no vi a ninguno parecido buscar compañía en estas calles. "Podría haberse perdido", pensé, pero escuché el relinchar de un caballo no muy lejos, seguramente sea su carruaje.
Caminó hacia mí, la curiosidad me dejó inmóvil, le vi acercarse decidido hasta que estuvimos el uno frente al otro. Tenía un aspecto gallardo; maduro, pero muy atractivo; sus canas salpicadas a capricho entre su oscuro y aceitado cabello le daba un ápice de misterio atrayente. Me miraba fijamente, con lascivia y eso para mí era un halago, respondí a su mirada con una amplia sonrisa, dejando que el chal resbalase lentamente de mi hombro.

Sin decir nada, se echó sobre mí pegando mi espalda contra el frío y húmedo muro del callejón. Sus impacientes manos me buscaron bajo mis faldas, mientras sus labios devoraban mi cuello y hombros. Pese a la brusquedad de sus actos, me sentía bien y me gustaba. Hacía mucho que no me tocaban sin que  los vapores del alcohol me turbasen o callosas manos me sobasen con torpeza provocando náuseas. Mis manos se deslizaron por su torso buscando su miembro viril, cuando comencé a bajar de la cintura, me agarró de la muñeca fuertemente y me apartó de él.
Como un relámpago, su puño impactó en mi cara, tan fuerte fue el golpe que me hizo caer al suelo girando antes sobre mí misma. Aturdida y confusa, llevé la mano a mis labios y observé las yemas ensangrentadas. Quise soltarle infinidad de improperios, hacer alarde de mi extenso vocabulario adquirido en los bajos fondos, pero sacó su diestra del interior de la capa y la visión del largo y brillante cuchillo me enmudeció.

Repté balbuceando, suplicando y desesperada en busca de una salida, oí tras de mí su paso tranquilo, me agarró del cabello y como si de un ligero fardo fuese, me arrastró por el suelo fuera del callejón hasta dejarme bajo la luz de una farola.  Grité cuanto pude, aún sabiendo que nadie saldría en mi auxilio, en estos lares, cada cual solventa sus propios problemas. 
Me tapó boca y nariz con un pañuelo húmedo que parecía oler a éter, dejándome consciente pero carente de reacción. Se situó sobre mí, recorrió el contorno de mi figura con la mirada y se postró apoyándose ligeramente sobre mis muslos. Nuestras miradas se encontraron y combatieron en una muda lucha, había odio en su mirada, mucho odio. Pude sentir el aliento de la muerte que hacia mí se vaticinaba. El frío acero se clavó en mi vientre haciendo un macabro recorrido ascendente hacia mi torso, sentí una sustancia viscosa y caliente que rodeaba mi cuerpo, supe que era mi propia sangre. Intenté gritar de nuevo, pero con un rápido movimiento sujetó mi frente con una mano mientras que con la otra sesgó un corte certero en mi garganta seccionando mis cuerdas vocales. Me estaba hiriendo de mortal necesidad, pero lo hacía lentamente y bien calculado. Parecía que disfrutaba con su hacer y quería que yo fuese consciente de todo cuanto me hacía. El dolor que me provocaba era insoportable pero insuficiente para la clemencia de un desmayo.

Apenas me quedaba un hilo de vida, el gentleman, se inclinó sobre mí y me besó en los labios con suavidad y ternura y justo antes de incorporarse, me susurró al oído con voz casi melódica... "Yo soy Jack".  Se incorporó y me dio la espalda, se marchó caminando con paso tranquilo. Con mi último aliento de vida, giré la cabeza en su dirección y le vi alejarse entre la cortina de agua que el cielo descargaba en aquel momento, pero el eco de sus carcajadas llegaba hasta mí después de desaparecer...


(Nota del autor: "Jack" es el seudónimo que la prensa otorgó a este asesino anónimo. Las cartas que él dirigía a la prensa las firmó con la siguiente leyenda. "Desde el infierno".
Es uno de los misterios sin resolver más polémicos de la historia. Se han elaborado innumerables hipótesis, pero ninguna ha podido se corroborada satisfactoriamente)


Obra registrada Código: 1201200944340


domingo, 11 de diciembre de 2011

Atrición

Tres golpes secos en la puerta me sacaron de mi sopor, sin moverme de la cama inspeccioné a mi alrededor, agudicé el oído intentando localizar el origen de los golpes, pero nuevamente fue imposible. Mecánicamente miré la ventana, el reloj de la iglesia dio dos campanadas, la misma hora, el mismo sonido... Otra noche de insomnio, otra noche más desde que ocurrió...

Me incorporé de la cama y me senté en su borde. Abrí el cajón de la mesilla y saqué la cajetilla de tabaco, me encendí un cigarrillo. La tenua lumbre iluminó mi silueta en el espejo que tenía al frente, la imagen parecía difuminada, sólo fue un instante, soplé la cerilla con el humo exhalado y desaparecí del espejo. Sonreí con sarcasmo, ojalá pudiese ser tan sencillo... soplar y desaparecer.

Un coche pasó bajo mi ventana y la luz de sus faros entraron por ella iluminando la estancia, grotescas sombras emergeron del escaso mobiliario. Me fijé en la puerta del armario, estaba semiabierta. Fui hacia ella, había encontrado el origen de los golpes, o eso pensaba. Moví la puerta varias veces, las bisagras estaban oxidadas y rechinaban como un quejido. Negué con la cabeza, los golpes que me despertaban no podían ser originados por eso, no había corriente y la ventana estaba cerrada. Tres golpes secos, pausados y sin chirridos. Tampoco podría ser la puerta del exterior, ésta era metálica. Aún así, bajé por la escalera de caracol que unía los dos niveles de mi habitáculo. Sorteé a ciegas las cajas y cuerdas que tenía esparcidas por la habitación, hacía un tiempo que me había mudado, siempre quise tirarlas pero por algún motivo, nunca lo hacía.
Una ligera inspección, confirmó mis conclusiones, el ruido tampoco provenía de allí, venía de arriba, al menos, de eso estaba seguro.

Regresé a la cama aún sabiendo que me sería imposible dormir. Si lo hago, volveré a verla. La evoco en mi mente, veo el día que la conocí en esa parada de autobús y cómo con un aire de despreocupación me preguntó la hora. Entonces, yo ya sabía que era una excusa para hablar conmigo. Recuerdo aquellos trayectos en los que, oculto entre desconocidos, podía observarla sin ser visto. Cuando la veía fumarse un cigarrillo en su ventana y la observaba desde la calle, recuerdo su silueta pasear tras las cortinas. Cuando compraba, cuando tomaba café con sus amigas e incluso, cuando regresaba de madrugada acompañada de un hombre al que invitaba a subir.

Agacho la cabeza sujetando la frente con ambas manos, las cierro atrapando mi pelo, sigo cerrando hasta hacerme daño. Cierro los ojos y vuelvo a pensar en ella. Nunca supe su nombre, tampoco hacía falta, sabía que éramos el uno para el otro y era nuestro juego, ella vivía su vida fingiendo que no me veía, que no existía para ella y yo la observaba en la distancia, oculto tras las sombras. Siempre fue así, la única palabra que intercambiamos fue más que suficiente para saber que debía ser mía... para siempre.

Permanezco sumido en mis pensamientos esperando que despunte el alba. Me siento en la silla apoyando ambos codos sobre la mesa, dejando que mi mentón reposase sobre los puños cerrados y dejo la mirada fija en el televisor apagado, mientras, el tiempo pasa impasible ante mí. No recuerdo cuánto tiempo ha pasado ya, puede que días, sí, sólo unos días, pero parece que han sido años.

Como hago siempre desde aquel día, aprovecho el plenilunio para salir de mi cautiverio voluntario y paseo por las avenidas al resguardo de la noche. Mis pisadas resuenan en la noche y agudizo el oído por si oigo alguna más.
Mi subconsciente me lleva hasta el parque de nuevo, justo delante de su casa. Instintivamente miro su ventana, pero una noche más, su silueta tras la cortina no aparece, la luz está apagada. Me dirijo hacia la entrada del parque para completar mi rutina, pero me detengo.
En la columna de ladrillos que sujetan el gran portalón de hierro, hay un cartel, el mismo que había en la parada de autobús y en los escaparates de algunos comercios, los miraba desde lejos y de reojo sin prestar atención, pero ahora me fijo más en él.
Mi mirada se ilumina, allí está su imagen, en ese cartel. ¡Cómo deseaba volver a verla!. Miro con cautela la calle, no hay nadie, nadie me ve. Como cada noche, soy invisible al mundo, no existo para nadie. Cogí su imagen con cuidado de no romperla y regreso a casa apresurado.

Observo la fotografía bajo el haz de luz que despide el pequeño foco de sobremesa, ¡qué hermosa es!, volver a contemplar su imagen de nuevo es más de lo que podía desear, acaricio sus mejillas, su mentón, su sonrisa... admiro su rostro hasta que siento escozor en los ojos. Al bajar la vista veo el texto que hay bajo su fotografía, extrañado, observo mejor el cartel.
El miedo, la vergüenza y el arrepentimiento se apoderan de mí, lo había olvidado. ¿Cómo era posible olvidar una cosa así?, pero lo había hecho. Llevaba muchas noches de insomnio, pero las lagunas de mi mente no me dejaban entender el motivo. Algo había bloqueado mi memoria y ese algo había desaparecido, dejando que el recuerdo llegara a mí y me atormentase...

Como cada noche, esperaba que ella llegase a su casa, y como cada noche, la aguardaba oculto en un portal. Siempre deseé que llegase el momento en que se dejase ver ante mis ojos y que su mirada reflejara sus verdaderos sentimientos. Por algún motivo, sentía que ese era el día. Salí de mi escondite y me planté frente a ella. Se asustó, hizo ademán de correr pero no lo hizo. Murmuró algo inteligilble con su sonrisa perfecta, haciendo alusión sobre el susto que se llevó, no recuerdo sus palabras exactas, pero quiso continuar su camino sin más.
Me armé de valor y le confesé todos mis sentimientos, le conté cuanto tiempo llevaba observándola y en todos y cada uno de los lugares en los que yo también estaba presente pese a que lo lo supiera. Su expresión iba cambiando a medida que yo hablaba, primero sorpresa, luego miedo, finalmente todo su cuerpo exhalaba terror. Mi semblante cambió paulatinamente al igual que ella, pero en mi caso pasó de la ilusión a la decepción. Sentí rabia, la ira iba nublando mis sentidos, yo la amaba y ella no me recordaba. Había estado riéndose de mí todo este tiempo, dejándose ver, simulando despreocupación, fingiendo que yo no existía. Incluso se burló de mí diciendo que nunca me había visto antes, que no recuerda haberme pedido la hora aquel día en la parada del autobús.
Quise abrazarla, pero ella se afanaba en zafarse de mí, la agarré con fuerza, tenía la certeza que si se hundía en mis brazos, esos sentimientos que ella tenía pero que desconocía, brotarían.
Quiso gritar, pero no pudo porque, no me di cuenta, pero mi mano tapaba su boca. Mi vista se nubló, todo se volvió oscuro. Sé que la arrastré hasta el interior del parque, sé que paré su lucha, no sé cómo ni con qué, pero lo hice. En la lejanía de mi mente oí tres golpes secos que brotaron de su cráneo. Recuerdo vagamente como, arrodillado frente al estanque, estaba lavando mis manos ensangrentadas mientras su inerte cuerpo se hundía. Recuerdo que en la lejanía, sonaron dos campanadas...

Con los recuerdos frescos, miro su fotografía de nuevo, su mirada se clava en mí, me penetra hasta el alma. Doy una larga calada y clavo en cigarrillo en sus ojos, los dejo hasta que se convierten en dos agujeros inexpresivos, pero me sigue mirando.
Me incorporo, cojo una cuerda de las que usé para mudarme y arrastro un taburete dejándolo frente al armario, subo en él. Con trabajo y de puntillas, consigo amarrar la cuerda a la cañería del techo. Con lentos movimientos, hago un lazo y me lo coloco en el cuello.
Tengo un momento de duda, de temor de lo que pueda ocurrir, de lo que pueda esperarme en el otro lado, estoy arrepentido, pero dudo que eso sea suficiente.

No me atrevo, me debato entre continuar o abandonar mis intenciones, pero miro la mesa y veo su imagen que me observa sin tener ojos. Balanceo mi cuerpo y dejo que el taburete caiga.
Todo mi cuerpo se tensa, boqueo desesperado buscando aire y la oscuridad se apodera de mí. En mi último soplo de vida, oigo muy tenue, cómo mi cuerpo movido por la inercia, da tres golpes secos en la puerta del armario mientras sonaban dos campanadas del reloj de la iglesia.


Obra registrada. Código: 1112110716333