domingo, 18 de diciembre de 2011

La muerte de Gea


XXII


Guerrero que miraste a los cielos,
viste que se tornó opaco y gris,
perdiste el aliento, adivinaste el fin,
batalla perdida, llegan los miedos.

Gea llora, es la diosa desterrada,
perdió su vitalidad, perdió lozanía,
nadie percibe su letal agonía,
la diosa vital perece, está acabada.

Guerrero que creciste en la selva,
aprendiste a escuchar a los árboles,
Natura y vida fueron tus cánones,
hasta hoy tu vida se mostró serena.

Gea, observas al guerrero abatido,
ayudarlo no puedes pues no llegas,
su llanto y pesar a los cielos elevas,
con tristeza le ves marchar vencido.

Guerrero, caminas por sendero árido,
antaño fue fértil, próspero e infinito,
impotente al conocer el gran delito,
mutilado tu alma, el coraje ha huido.

Gea, madre tierra, diosa de la vida,
tu cuerpo se torna frío y pétreo,
expulsada de tu reino cual vil  reo,
sólo cimientos quedan de tu baída.

Guerrero que osaste mirar atrás,
árido y yermo lugar contemplaste,
lágrimas de dolor derramaste,
lo que desapareció, no volverá jamás.

Gea muere lentamente, agoniza su vida,
con rabia, desdén y ambición la hirieron,
sus verdugos, al poder sucumbieron,
lamento, pesar y tristeza ella transpira.

Guerrero desterrado, lloras a la diosa,
luchaste por ella y te derrotaron,
natura, vida... todo desolaron,
cordura, fue tu arma poderosa.

Gea, lo suplico, resquebraja la desidia,
perdónales, olvidaron la lección,
perdónales el mutismo, la omisión,
sordos, ciegos y mudos, crearon la insidia.


Edición audiovisual creada por Jesús Vera:
http://www.youtube.com/watch?v=sBX0wApGrwQ&feature=youtu.be

viernes, 16 de diciembre de 2011

La estación. Parte final

La víspera del fatídico día llegó, habían planeado ir a todos los lugares en los que guardaban algún recuerdo o anécdota. Al contrario de lo que esperaban, había sido un día pletórico, rieron como nunca al memorar sus recuerdos. Charlaron sin parar, completando uno, las lagunas del otro. Fueron a los recreativos y gastaron prácticamente toda la paga del mes en los futbolines, después de una copiosa cena en la pizzería, caminaron de regreso a casa por el paseo del río. Un silencio incómodo les acompañó, ese pensamiento que tanto habían evitado apareció sin intención de abandonarlos, ambos sentían que la congoja se apoderaba de ellos.

El muchacho levantó la vista, una mueca a modo de sonrisa apareció en su rostro, sin decir nada, cogió la mano de la muchacha y la guió hacia el lugar que había divisado, ella se dejó llevar haciendo un amago de sonrisa. Ambos se pararon frente a una cabina de fotomatón . Tras un intercambio de miradas cómplices, ambos entraron en el interior. Ella corrió la cortinilla mientras él echaba unas monedas en la ranura de pago.
"¿Por los viejos tiempos?" preguntó con una amplia sonrisa, ella asintió enérgicamente con la cabeza. "¡Por los viejos tiempos!" exclamó. Entre risas, muecas y bromas, cuatro fogonazos congelaron para la prosperidad el reflejo de una amistad que no podrían olvidar nunca.

Llegaron al cruce donde debían separarse, los corazones de los chicos golpeaban con tanta fuerza sus pechos, que era imposible que uno no escuchara los latidos del otro. Se miraron con ojos vidriosos, él le había hecho prometer que no iría a la estación, que sería mejor así... despedirse como siempre lo habían hecho, como si se fuesen a ver al día siguiente, aunque sólo fuese una ilusión.
Ella no aguantó más, se lanzó hacia el chico abrazándolo con fuerza mientras el llanto emanó de lo más profundo de su corazón. Él la correspondió del mismo modo, le acarició el pelo mientras le susurraba promesas sobre lo bien que iría todo y que siempre mantendrían el contacto, por correo o por teléfono.
Ella negó con la cabeza y clavó la mirada en los ojos del muchacho. "T-te q-quiero, siempre te he querido". Sus balbuceantes palabras salieron sin poder evitarlo, el semblante del muchacho se tornó serio, casi decepcionado. "¿Cómo me dices eso ahora? -espetó- Estás confundida, es sólo porque me marcho, si me quedase, jamás sentirías eso, eres mi amiga ¿entiendes?, sólo eso. ¡Lo has estropeado todo!".
Ella quiso explicarse, pero él se desprendió de su abrazo y se marchó corriendo hacia su casa. La chica le vio desaparecer  mientras su corazón estalló en mil pedazos.

El reloj de la iglesia inició las campanadas del medio día, la muchacha aceleró aún más su vertiginosa carrera, pedaleaba con todas sus fuerzas, sólo quedaba media hora para que el tren partiese. Había prometido no ir, pero después de lo ocurrido la noche anterior, no podía dejarle marchar así. Quería decirle que siempre serían amigos, que con eso se conformaba porque era lo que más le importaba, lo único que en realidad importaba. Le pareció escuchar un frenazo y el sonido de un claxon, posiblemente sea por ella, pero no tenía tiempo de averiguarlo.
Cuando al fin llegó a la estación, comenzó a sentir calambres en las piernas, no le importó. Dejó caer su bicicleta sobre la escalinata y corrió hacia el interior. Miró el panel de información y en cuanto averiguó lo que quería saber, se dirigió hacia el andén haciendo acopio de sus últimas fuerzas.

Ahí estaba él, mirando distraído al tren que pronto tendría que subir. Ella había llegado a tiempo y ahora, a sólo unos pasos de él, dudaba si había hecho bien ir allí. No tuvo tiempo de planteárselo, el muchacho levantó la mirada mirando hacia ella, como si presintiese que estaba allí. La miró con una mezcla de sorpresa y alivio. Ella le observó temblorosa mientras él se dirigía a su encuentro.

Se miraron fijamente sin saber qué decirse, entonces, el muchacho abrazó a la chica con fuerza. "Yo también te quiero y siempre te he querido, pero no podía decírtelo, no quería que sufrieras", le susurró al oído. Ella se apartó para poder mirarle a los ojos y... se besaron. La muchacha sintió levitar, era su primer beso y era tal y como lo había imaginado, todo a su alrededor desapareció quedándose solos en el mundo.

Un agudo silbato les devolvió a la realidad bruscamente, era el momento de partir. Se abrazaron y besaron por última vez. El muchacho cogió la mano de la chica dejando en ella, lo que al tacto parecía un trozo de papel, la muchacha no lo comprobó, no quería apartar la mirada de él. Con profunda tristeza le vio entrar en el vagón y... desapareció de su vida.
Varios minutos después, cuando el tren ya había abandonado por completo la estación, ella miró lo que él le confió en su mano, eran dos de las cuatro fotografías que se hicieron la noche anterior, leyó la dedicatoria escrita en el reverso y emprendió el camino hacia la nueva etapa de su vida...

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Fue su primer amor, por entonces pensaba que jamás podría amar a nadie como le amó a él. Pero el tiempo erosiona todo a su paso. Durante años mantuvieron el contacto, al principio se cartearon a diario, luego todas las semanas, después una o dos al mes, así hasta que un día, no recuerda el tiempo exacto que pasó, envió su última carta y no obtuvo más respuesta. Intentó recordar qué decía aquella carta y cuál fue la última que recibió de él, pero fue imposible.

Suspiró profundamente, guardó la fotografía en el interior del libro y continuó su tarea. Cuando la caja estuvo llena, unió las pestañas y la selló con cinta de embalar, dejándola junto a las demás cajas. Continuó su tarea hasta bien entrada la noche, de vez en cuando miraba de reojo el lugar en el cual, tenía guardada la foto, pero no hizo ademán de rescatarla. Miró por la ventana, la lluvia caía ahora con más fuerza, encendió un cigarrillo exhalando el humo contra el cristal. Sonrió al pensar que, tal vez, encuentre entre tantas cosas, el lugar donde tenía guardadas aquellas cartas, pero no las buscaría. Estaba convencida que, al igual que la foto, las cartas la encontrarían a ella cuando el olvido absoluto intente apoderarse de nuevo de su recuerdo más preciado.


Obra registrada. Código: 1112170759806

martes, 13 de diciembre de 2011

La estación. Primera parte.

La lluvia repiqueteaba en el cristal, aunque aún era temprano, apenas entraba claridad en la estancia, lo cual hacía más triste y pesada la mudanza. Tras un profundo suspiro, observó las cajas embaladas y apiladas en un rincón, aún quedaba mucho por empaquetar y el plazo pactado para trasladarse estaba demasiado cerca, apenas tenía tiempo. Podría haber acabado mucho antes, sólo bastaba con aceptar la ayuda desinteresada de sus amigos, pero era demasiado exigente y metódica como para organizar una cuadrilla de voluntarios.

Preparó una nueva caja y tras escribir con un grueso rotulador la palabra "Desván", se dispuso a guardar  aquellos objetos de los que estaba segura que no iba a necesitar pero que aún quería conservar.

Apiló sobre su brazo unos ocho libros, disponiéndose a guardarlos, tropezó con una bolsa y todos los libros se desparramaron por el suelo. Chasqueó la lengua con fastidio y comenzó a recogerlos en cuclillas metiéndolos en la caja casi sin mirarlos, pero un libro le llamó la atención, una tira blanca sobresalía de su interior. Curiosa, la cogió con cuidado y leyó su texto cuya caligrafía le resultó familiar:
"No sé si mis lágrimas significan algo pero hoy tengo ganas de llorar. Verano'91".

El corazón se le aceleró y observó el dorso. Una ahogada exclamación salió de su garganta, en su rostro se reflejó sorpresa, nostalgia y tristeza. Era una tira de fotomatón con sólo dos fotografías, por el desgarre de uno de sus extremos era evidente que las otras dos fueron arrancadas, y sabía cuándo y dónde fue, acarició con la yema de los dedos la imagen de dos adolescentes haciendo muecas y riendo ampliamente.

Los objetos del salón desaparecieron, todo a su alrededor parecía haberse esfumado, ahora su memoria se hizo dueña de su albedrío y se dejó transportar por sus recuerdos, el lugar a donde la llevaba su subconsciencia era fácil de encontrar... ¿Quién  podría olvidar su primer amor?.

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El periodo estival estaba a punto de finalizar, el parque estaba prácticamente desierto y se oía el trinar de los pájaros mezclado con el sonido del arroyo artificial. El sosiego del lugar se vio bruscamente interrumpido cuando, dos jóvenes montados en una bicicleta bajaron la colina a toda velocidad. El grito triunfal del chico, se ahogaba por los chillidos de la muchacha que, sentada sobre el manillar, suplicaba que aminorase la velocidad. El chico no pudo acceder a la petición porque la rueda delantera se incrustó en un hoyo haciendo que el vehículo frenase en seco y lanzase a los jóvenes por los aires. Ambos rodaron por la ladera girando sobre sí mismos aparatósamente, llegando al final uno sobre el otro. Tras comprobar que ninguno se había hecho daño, ambos estallaron en sonoras carcajadas.
Aún entre risas, el chico desprendió del pelo de la muchacha unas briznas de hierba, estaban muy cerca el uno del otro. Ambos se sumieron en el silencio mirándose a los ojos, fue un instante, pero pareció una vida entera. Los ojos de ella, brillaban como nunca los vio. El muchacho se incorporó rápidamente y, tomando impulso, comenzó a caminar sobre sus manos. La chica lo miraba sonriente mientras se sacudía el barro de los pantalones. Ambos parecían confusos pero ninguno quiso demostrarlo.

Se conocían desde pequeños, compartieron pupitre en la guardería y en la escuela. Siempre estaban juntos, desde la varicela de ella a la que, tras vanales esfuerzos, él nunca llegó a ser contagiado, hasta la hospitalización por una operación de apendicitis de él.
Por eso, este verano era tan especial, era su último verano juntos. Cuando acabasen las vacaciones de verano, ambos iniciarán su nueva vida en el instituto, pero en distintas ciudades. Al acabar el verano, él se marchará.

Se prometieron mutuamente no hablar de ello hasta llegado el momento, el último momento. Y ella hacía grandes esfuerzos por cumplir su palabra. Sobre todo porque, ella sentía un gran dolor al pensar que, su amigo, su gran amigo se marcharía lejos, tal vez para siempre. Pensar que nunca le volvería a ver, le hizo descubrir una cosa que ignoraba: estaba profundamente enamorada.
Y más dolor le provocaba el saber que no podía confesar lo que sentía porque ahora, ya no tendría sentido, no serviría de nada. Sobre todo porque él jamás había dado indicios de sentir algo por ella.
Él había salido con un par de chicas y le contaba sus salidas y rupturas con total normalidad, ella se limitaba a escuchar y aconsejar. Siempre la trató como un "colega" y confiaba a ella todos sus secretos.
Pero ahora estaba confundida, ¿no pareció que la iba a besar?,  negó con la cabeza, seguramente sea imaginaciones suyas que trastornan la realidad anteponiendo sus deseos.

Se puso en pie y fue a la linde del lago de los patos, cogió una piedra y la lanzó al agua, tras dos pequeños saltos, la piedra se sumergió. Se mostró satisfecha de su hazaña y repitió la operación mirando desafiante al muchacho. El chico se unió a ella y pronto lo convirtieron en una competición, otra tarde pasó como un suspiro, otro día más había concluido. Regresaron a casa charlando animadamente y planeando la jornada del día siguiente.
Se separaron en el cruce que unía sus calles, como siempre, como habían hecho durante muchos años, pero cada vez, la despedida era más difícil, cada vez costaba más separarse porque ambos sabían que, más pronto que tarde, llegará el adiós definitivo...

(Continuará...)

Obra registrada. Código: 1112130739008


domingo, 11 de diciembre de 2011

Atrición (Suspense)

Tres golpes secos en la puerta me sacaron de mi sopor, sin moverme de la cama inspeccioné a mi alrededor, agudicé el oído intentando localizar el origen de los golpes, pero nuevamente fue imposible. Mecánicamente miré la ventana, el reloj de la iglesia dio dos campanadas, la misma hora, el mismo sonido... Otra noche de insomnio, otra noche más desde que ocurrió...

Me incorporé de la cama y me senté en su borde. Abrí el cajón de la mesilla y saqué la cajetilla de tabaco, me encendí un cigarrillo. La tenua lumbre iluminó mi silueta en el espejo que tenía al frente, la imagen parecía difuminada, sólo fue un instante, soplé la cerilla con el humo exhalado y desaparecí del espejo. Sonreí con sarcasmo, ojalá pudiese ser tan sencillo... soplar y desaparecer.

Un coche pasó bajo mi ventana y la luz de sus faros entraron por ella iluminando la estancia, grotescas sombras emergeron del escaso mobiliario. Me fijé en la puerta del armario, estaba semiabierta. Fui hacia ella, había encontrado el origen de los golpes, o eso pensaba. Moví la puerta varias veces, las bisagras estaban oxidadas y rechinaban como un quejido. Negué con la cabeza, los golpes que me despertaban no podían ser originados por eso, no había corriente y la ventana estaba cerrada. Tres golpes secos, pausados y sin chirridos. Tampoco podría ser la puerta del exterior, ésta era metálica. Aún así, bajé por la escalera de caracol que unía los dos niveles de mi habitáculo. Sorteé a ciegas las cajas y cuerdas que tenía esparcidas por la habitación, hacía un tiempo que me había mudado, siempre quise tirarlas pero por algún motivo, nunca lo hacía.
Una ligera inspección, confirmó mis conclusiones, el ruido tampoco provenía de allí, venía de arriba, al menos, de eso estaba seguro.

Regresé a la cama aún sabiendo que me sería imposible dormir. Si lo hago, volveré a verla. La evoco en mi mente, veo el día que la conocí en esa parada de autobús y cómo con un aire de despreocupación me preguntó la hora. Entonces, yo ya sabía que era una excusa para hablar conmigo. Recuerdo aquellos trayectos en los que, oculto entre desconocidos, podía observarla sin ser visto. Cuando la veía fumarse un cigarrillo en su ventana y la observaba desde la calle, recuerdo su silueta pasear tras las cortinas. Cuando compraba, cuando tomaba café con sus amigas e incluso, cuando regresaba de madrugada acompañada de un hombre al que invitaba a subir.

Agacho la cabeza sujetando la frente con ambas manos, las cierro atrapando mi pelo, sigo cerrando hasta hacerme daño. Cierro los ojos y vuelvo a pensar en ella. Nunca supe su nombre, tampoco hacía falta, sabía que éramos el uno para el otro y era nuestro juego, ella vivía su vida fingiendo que no me veía, que no existía para ella y yo la observaba en la distancia, oculto tras las sombras. Siempre fue así, la única palabra que intercambiamos fue más que suficiente para saber que debía ser mía... para siempre.

Permanezco sumido en mis pensamientos esperando que despunte el alba. Me siento en la silla apoyando ambos codos sobre la mesa, dejando que mi mentón reposase sobre los puños cerrados y dejo la mirada fija en el televisor apagado, mientras, el tiempo pasa impasible ante mí. No recuerdo cuánto tiempo ha pasado ya, puede que días, sí, sólo unos días, pero parece que han sido años.

Como hago siempre desde aquel día, aprovecho el plenilunio para salir de mi cautiverio voluntario y paseo por las avenidas al resguardo de la noche. Mis pisadas resuenan en la noche y agudizo el oído por si oigo alguna más.
Mi subconsciente me lleva hasta el parque de nuevo, justo delante de su casa. Instintivamente miro su ventana, pero una noche más, su silueta tras la cortina no aparece, la luz está apagada. Me dirijo hacia la entrada del parque para completar mi rutina, pero me detengo.
En la columna de ladrillos que sujetan el gran portalón de hierro, hay un cartel, el mismo que había en la parada de autobús y en los escaparates de algunos comercios, los miraba desde lejos y de reojo sin prestar atención, pero ahora me fijo más en él.
Mi mirada se ilumina, allí está su imagen, en ese cartel. ¡Cómo deseaba volver a verla!. Miro con cautela la calle, no hay nadie, nadie me ve. Como cada noche, soy invisible al mundo, no existo para nadie. Cogí su imagen con cuidado de no romperla y regreso a casa apresurado.

Observo la fotografía bajo el haz de luz que despide el pequeño foco de sobremesa, ¡qué hermosa es!, volver a contemplar su imagen de nuevo es más de lo que podía desear, acaricio sus mejillas, su mentón, su sonrisa... admiro su rostro hasta que siento escozor en los ojos. Al bajar la vista veo el texto que hay bajo su fotografía, extrañado, observo mejor el cartel.
El miedo, la vergüenza y el arrepentimiento se apoderan de mí, lo había olvidado. ¿Cómo era posible olvidar una cosa así?, pero lo había hecho. Llevaba muchas noches de insomnio, pero las lagunas de mi mente no me dejaban entender el motivo. Algo había bloqueado mi memoria y ese algo había desaparecido, dejando que el recuerdo llegara a mí y me atormentase...

Como cada noche, esperaba que ella llegase a su casa, y como cada noche, la aguardaba oculto en un portal. Siempre deseé que llegase el momento en que se dejase ver ante mis ojos y que su mirada reflejara sus verdaderos sentimientos. Por algún motivo, sentía que ese era el día. Salí de mi escondite y me planté frente a ella. Se asustó, hizo ademán de correr pero no lo hizo. Murmuró algo inteligilble con su sonrisa perfecta, haciendo alusión sobre el susto que se llevó, no recuerdo sus palabras exactas, pero quiso continuar su camino sin más.
Me armé de valor y le confesé todos mis sentimientos, le conté cuanto tiempo llevaba observándola y en todos y cada uno de los lugares en los que yo también estaba presente pese a que lo lo supiera. Su expresión iba cambiando a medida que yo hablaba, primero sorpresa, luego miedo, finalmente todo su cuerpo exhalaba terror. Mi semblante cambió paulatinamente al igual que ella, pero en mi caso pasó de la ilusión a la decepción. Sentí rabia, la ira iba nublando mis sentidos, yo la amaba y ella no me recordaba. Había estado riéndose de mí todo este tiempo, dejándose ver, simulando despreocupación, fingiendo que yo no existía. Incluso se burló de mí diciendo que nunca me había visto antes, que no recuerda haberme pedido la hora aquel día en la parada del autobús.
Quise abrazarla, pero ella se afanaba en zafarse de mí, la agarré con fuerza, tenía la certeza que si se hundía en mis brazos, esos sentimientos que ella tenía pero que desconocía, brotarían.
Quiso gritar, pero no pudo porque, no me di cuenta, pero mi mano tapaba su boca. Mi vista se nubló, todo se volvió oscuro. Sé que la arrastré hasta el interior del parque, sé que paré su lucha, no sé cómo ni con qué, pero lo hice. En la lejanía de mi mente oí tres golpes secos que brotaron de su cráneo. Recuerdo vagamente como, arrodillado frente al estanque, estaba lavando mis manos ensangrentadas mientras su inerte cuerpo se hundía. Recuerdo que en la lejanía, sonaron dos campanadas...

Con los recuerdos frescos, miro su fotografía de nuevo, su mirada se clava en mí, me penetra hasta el alma. Doy una larga calada y clavo en cigarrillo en sus ojos, los dejo hasta que se convierten en dos agujeros inexpresivos, pero me sigue mirando.
Me incorporo, cojo una cuerda de las que usé para mudarme y arrastro un taburete dejándolo frente al armario, subo en él. Con trabajo y de puntillas, consigo amarrar la cuerda a la cañería del techo. Con lentos movimientos, hago un lazo y me lo coloco en el cuello.
Tengo un momento de duda, de temor de lo que pueda ocurrir, de lo que pueda esperarme en el otro lado, estoy arrepentido, pero dudo que eso sea suficiente.

No me atrevo, me debato entre continuar o abandonar mis intenciones, pero miro la mesa y veo su imagen que me observa sin tener ojos. Balanceo mi cuerpo y dejo que el taburete caiga.
Todo mi cuerpo se tensa, boqueo desesperado buscando aire y la oscuridad se apodera de mí. En mi último soplo de vida, oigo muy tenue, cómo mi cuerpo movido por la inercia, da tres golpes secos en la puerta del armario mientras sonaban dos campanadas del reloj de la iglesia.


Obra registrada. Código: 1112110716333


jueves, 1 de diciembre de 2011

Pesadilla (Terror)

La tormenta había llegado a su cenit, grandes rayos dibujaban la noche amenazando desgarrar el cielo. La lluvia caía ferozmente sobre mí. Tengo frío, mucho frío, siento que las fuerzas me abandonan; veo una casa en la cima de una yerma colina. Necesito llegar a ella, presiento que mi vida depende de ello.

Las piernas se niegan a responder, pero debo llegar, la sensación que algo me persigue es cada vez más fuerte, mi sexto sentido me previene de un peligro inminente, el miedo se va apoderando poco a poco de mí. El instinto de supervivencia aviva la escasa fortaleza que me queda. Comienzo a reptar sobre una ciénaga putrefacta, el hedor es insoportable y las arcadas inevitables. Pronto estoy cubierta del fétido lodo que hace de mis ropajes desgarrados, más pesados y dificultan mi avance.

Tras una eternidad, llego al umbral de la ruinosa casona Antaño pudo ser una majestuosa mansión pero ahora parece la antesala del mismo infierno. No tengo alternativa, debo entrar, por alguna razón sé que el peligro me me acecha no osará entrar en esa casa, o al menos, eso deseo creer. Tampoco yo debería, pero no tengo alternativa, algo poderoso invita a mi subconsciente a pasar el umbral.

Extiendo la mano hacia la puerta, antes siquiera de rozarla, se abre de par en par. La madera carcomida cruje ruidosamente cuyo espenuzlante sonido provoca en mí un estremecimiento que me llega hasta el alma. 
Empapada, sucia y tiritando, atravieso el enorme hall con pasos cortos e inseguros. La madera cruje bajo mis pies, tengo miedo que mi peso venza la tarima y me trague el suelo, aún así, avanzo hasta las entrañas de la morada.

El interior está seco, pero lo envuelve un ambiente gélido, mis dientes castañean dejando escapar entre ellos pequeñas nubes de vaho. Necesito entrar en calor, una extraña somnolencia provocada por el frío que me cala hasta los huesos, comienza a apoderarse de mí. Estoy hipotérmica y noto como la consciencia empieza a debilitarse, el temor de que sea la Parca el ente que me acecha, comienza a crecer en mí. Presiento que mi final se acerca, quiero llorar de impotencia, pero las lágrimas se niegan a brotar, es tan intenso el miedo que siento, que me anula cualquier amago de sentimiento.

El corredor del piso superior es largo y estrecho, un débil haz de luz que se cuela entre las grietas de la pared, es lo único que ilumina a mi pesar, el avance hacia mi final. A mi avance, emanan decenas de sombras que me rodean. Las veo moverse, parece que quieren atraparme o retenerme, pero cuando fijo la vista en alguna, ésta se paraliza haciendo que me confunda y ponga en duda mi propio criterio, ya no sé distinguir la realidad de la sugestión.

Penetro en una habitación, siento vértigo. El mobiliario de exuberantes tallados sobrecargan la estancia.  Los muebles están desproporcionados a mi tamaño, todo lo que me rodea es grande, enorme. Me siento muy pequeña, casi diminuta.
Mi atención se centra en la cama, está cubierta con jirones grisáceos que alguna vez pudieron ser sábanas blanquecinas. Con las escasas fuerzas que me quedan, trepo por sus patas. Me recuesto con la funesta sensación de que me introduzco en mi propio sepulcro.

A pesar de mi estado, lucho contra mí misma para no sucumbir al efecto de Morfeo, pero tras parpadear pesadamente dos veces, la oscuridad se apodera de mí. Ya no oigo ni siento nada, una calma que contradictoriamente me inquieta se apodera de mí. Estoy paralizada, no soy dueña de mi ego.

Siento que una energía maléfica se posa sobre mi cuerpo, mi tórax está aprisionado y me falta el aire. Oigo desde mi interior cómo mis huesos crujen, el dolor es intenso, pero no puedo reaccionar. Con gran esfuerzo consigo abrir los ojos, sólo un poco, lo suficiente para verla...

Está levitando sobre mí, no me toca como pensaba en un principio, pero su energía negativa es tan poderosa, que siento cómo sólo su maldad puede aplastarme hasta romper todos los huesos. Su mirada es tan oscura y profunda que temo mirarla directamente por temor a perderme para siempre en su infinito vorágine. Su boca deforme y alargada está semi abierta, puedo ver cómo mi energía vital es absorbida por las ansias de la vida que carece. Aterrorizada, comprendo que la muerte me ha dado alcance, intenté huir vanamente de su trayectoria sin saber que me dirigía directamente hacia su vil trampa. Pierdo los sentidos, ya no veo, ni oigo, la oscuridad me ha envuelto...

Me incorporo de un grito, asustada miro a mi alrededor, estoy sentada en un prado con la espalda apoyada en un árbol, soñolienta y desorientada miro a mi alrededor, el corazón me late con fuerza. Intento comprender qué me ha pasado, aún tengo el miedo impregnado en mi cuerpo. El cielo tiene un color metálico, amenaza una tormenta.
Me incorporo para así, apresurarme a regresar con una leve sonrisa de alivio en mis labios. Todo había sido un sueño.
Un rayo cae al suelo y parte un árbol en dos. Miro la escena preocupada, mi corazón empieza a latir con violencia, ¿fue un sueño o.... una premonición?.


Obra registrada. Código: 1112040663165