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domingo, 20 de julio de 2014

Asunto pendiente.

La última vez que se vieron, eran unos adolescentes y buenos amigos, más que buenos amigos. Durante su infancia y por muchos años fueron uña y carne, confidentes e inseparables.
Aunque su amistad rozaba lo fraternal, hubo momentos en los que, sin poder evitarlo, los sentimientos se confundían. En algunas ocasiones, fue ella la que quiso traspasar la línea de la amistad y en otras fue él, pero siempre uno u otro, anteponía la amistad ante cualquier impulso, porque ambos tuvieron siempre ese temor de que todo podría cambiar y no volver a ser lo mismo entre ellos. 

Pero quince años después, cuando apenas uno recordaba al otro, se encontraron por casualidad. Aunque ya convertidos en hombre y mujer. Aún así, las miradas que cruzaron, fueron las de aquellos muchachos que crecieron juntos. Pareció que el tiempo no había pasado y hablaron como si solo hubiese pasado un par de días desde la última despedida.  
Hablaron hasta bien entrada la noche. Ahondando en los recuerdos, haciendo resurgir los sentimientos de antaño y poniéndose al día de las respectivas rutinas. Siquiera se habían dado cuenta que sus manos estaban entrelazadas y se acariciaban mutuamente con los pulgares. Con ternura, recordaron aquel primer beso inocente que se dieron cuando aún eran unos infantes, rieron por la torpeza de entonces y lo raro que resultó aquello.

Él habló de su presente, se jactó que aún no había conocido quien le haga sentar la cabeza, ella sermoneó con cariño su conducta que parecía seguir inamovible desde la pubertad. Ella, habló de un nuevo amigo al que tenía mucho cariño y equivalió esta nueva amistad a la de antaño. Él pareció molestarse y protestó con algo de sorna, por la suplencia en su "puesto". Ella rió la broma, pero pudo comprobar por su mirada, que había franqueza ante esa ligera chanza.

- ¿Alguna vez, quisiste "hacerlo" conmigo? - Preguntó él mostrándose repentinamente serio - Me refiero en aquella época.
- Sí, alguna vez - contestó ella simulando entereza e intentando aparentar serenidad - Pero recuerda que me paraste los pies.
- Bueno, en eso estamos empatados ¿no? - Sonrió con picardía - También me lancé alguna vez que otra y también fuiste tú frenaste.
- Sí, tuvimos un tiempo de "tira y afloja" - contestó con una risa forzada - Pero seguro que ahora te alegras. Seguro que no hubiésemos sido tan amigos si hubiéramos dado aquel paso. ¿No crees?
- ¿La verdad? - preguntó mientras apretó su mano, carraspeó cuando ella asintió con la cabeza, él mantuvo un tono neutral - Ahora que te veo de nuevo, me arrepiento de no tener ese recuerdo, siento que eso es un asunto pendiente entre nosotros.
- Bueno, es que... - inconscientemente, ella apartó la mano - Teníamos algo más fuerte, nuestra amistad...
- Ya - interrumpió tajante - Nuestra amistad era más fuerte, sí. Pero aún así, nos separamos, cada uno tomó un camino diferente, hicimos nuestras vidas y hasta hoy, no hemos sabido el uno del otro. 
- Bueno sí - ella notó que se ruborizaba - Pero entonces no imaginábamos que nos separaríamos.
- A eso me refiero, que no sirvió de nada - volvió a coger su mano - ¿No piensas lo mismo?
- ¿Qué?
- Que aún nos queda un asunto pendiente.
- Bueno, yo creo que... - ella se ruborizó y el corazón latió desbocado - Todo es distinto, ya no soy la que era aunque no puedo decir lo mismo de ti.
- ¿A qué te refieres?
- Yo... he madurado.
- No me lo creo, sé que sigues siendo aquella del pasado, lo veo en tus ojos, la tienes oculta - él habló mirando fijamente a sus ojos mientras le sujetaba la barbilla - Busca esa chica liberal de antaño, sé que está en algún lugar de tu interior. Quiero que la despiertes, quiero hablar con ella.
- ¿Y qué quieres decirle? - ella contestó casi susurrando y con una mueca que se asemejaba a una sonrisa.
- Que no pido compromiso, ni promesas, siquiera un mañana o un quizás. Que quiero lo que ofreció a otros hace tiempo. Quiero lo que siempre dio: Un aquí, ahora y sin posibilidad de una reiteración. Quiero ver solo una vez más, aquella que fuiste, pero conmigo. Quiero saber qué me perdí al rechazarte y al ser rechazado.

Ella apretó los labios, de repente, le bombardearon miles de incógnitas. Era cierto que hasta aquel momento, apenas había pensado en él, tan cierto como que no podía negar la curiosidad de querer solventar aquella incógnita no le pareció tan descabellada a medida que lo pensaba. Estar con él, una sola vez, tal y como se lo está pidiendo ahora, sin compromisos...
Pero, había pasado mucho tiempo, ya no tenían diecisiete años y precisamente, en aquel momento de su vida, ella había conocido a alguien. Ese alguien, no había dejado nada a entrever, siquiera una indirecta o alguna señal que indicase que podría haber algo más entre ambos, pero en ella comenzaba a nacer un sentimiento sano y puro...
Él estudió su mirada, sus gestos, parecía saber lo que pensaba. Ella se mordió el labio inferior quiso responder pero no le dejó, como antaño, ella era un libro abierto para él. La miró a los ojos y negó con la cabeza sonriendo con amplitud. Proclamó una tregua para la propuesta con la condición que ella respondiese después de pensarlo detenidamente. Ella accedió a pensar sobre el asunto, poco a poco, la tensión generada se fue disipando y el resto de la velada transcurrió como si la conversación que acababan de tener, nunca se produjo.

Una semana después, ella se detuvo en la esquina de la plaza para poder recuperar el aliento. Sin darse cuenta, el último tramo hacia su cita, lo había recorrido con premura, casi corriendo. Le localizó en el punto de encuentro acordado. Mientras recobraba la serenidad, pudo contemplarle sin ser vista. Sintió el corazón encoger y seguidamente, latió con violencia.
Había aceptado, de algún modo, quería volver a ser la que fue, aunque fuese solo una vez más. Y allí estaba, él la esperaba sentado en la terraza del bar donde habían quedado, en apariencia, parecía tranquilo pero supo que también estaba nervioso, le delató el tamborileo de sus dedos sobre la mesa. 
Ella tomó aire muy despacio para recomponerse y caminó hacia él con paso decidido haciendo alarde de seguridad en su persona.
Se saludaron con un casto beso en los labios y tras un breve refrigerio, emprendieron el camino cogidos de las manos, hacia el hotel que él había reservado para aquella ocasión. El pequeño recorrido, lo hicieron en silencio.
Mientras esperaban el ascensor, él arremetió contra ella besando su cuello con ansiedad. Ella sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo. Ese momento que deseó tantas veces como rechazó, estaba a punto de ser un hecho. Correspondió al beso apasionado que le brindó, sintió su miembro viril endurecido sobre su muslo y aspiró su aroma de hombre con saciedad. No podía creerlo, estaba con él, después de tantos años... Pero, como una ráfaga, la visión de aquel nuevo amigo que nunca dijo ni prometió nada, se interpuso entre ambos. Ella abrió los ojos para mirarle, intentando borrar la visión de aquel que se le había manifestado en su subconsciente pero la visión continuaba y la miraba con con decepción. 
Volvió a la realidad y miró al indicador del ascensor, parecía que no iba a llegar nunca. ¿Por qué sentía que estaba traicionando?¿Por qué sentía miedo de perder lo que no tiene? Uno está en su cabeza, distante y evasivo, quizás irreal y el otro está aquí y ahora real, dispuesto y deseoso...

- No, espera - ella murmuró suplicante. Él la interrogó con la mirada, intentó besarle de nuevo pero ella lo apartó de sí apoyando ambas manos sobre su prieto torso, insistiendo -No... no puedo.
- ¿No puedes o no quieres? - él preguntó con una mezcla de desconcierto y decepción en su voz - ¿Qué ocurre?
- Ha sido un error - ella habló entrecortada - Lo siento, de veras que lo siento. Pero será un error imperdonable.
- ¿Un error? - En lo que dura un parpadeo, la mirada de él,  pasó de la incredulidad a la ira. Quiso retenerla, la sujetó por los brazos acorralándole entre sí mismo y la pared. - ¿Qué me estás diciendo?
- Que, que - ella intentaba que no se le quebrase la voz en vano - Que entre tú y yo no debe cambiar nada.
- ¿A qué juegas, te estás riendo de mí? - preguntó con ira contenida - ¿Por qué me haces esto, qué te he hecho yo?

Entre balbuceos, ella intentó explicarse, de sus labios salieron palabras de fidelidad y nueva ilusión. Suplicó comprensión, intentó explicar que no podría hacer esto sin sentirse culpable. Pero la mirada que la traspasó, fue la de un hombre humillado y no quedaba nada de su amigo de juventud. Quiso marcharse pero él no la dejó.
- Me lo debes - dijo él la voz quebrada por la impotencia y la rabia - ¡Me lo habías prometido!
- Lo siento, debes creerme - insistió ella - Si no hubiese nadie en mi camino, te aseguro que yo...
- No hay nada dicho entre vosotros - insistió - Y yo solo te pido un aquí y ahora.
- No puedo... no debo...
- ¡No! - intentó retenerla con fuerza inconsciente de que la estaba dañando - Me diste tu palabra y yo pienso cumplir con la mía.

Ella consiguió zafarse de él, salió corriendo hacia la calle sin querer ni poder mirar atrás. Corrió calle abajo desesperadamente para intentar huir de la incertidumbre que le había dominado. Una incertidumbre en la que había una lucha voraz entre un presente con deseo de futuro y un pasado resurgido del olvido.
Pudo sentir que él la seguía a poca distancia pero no podía dejar que la alcanzase porque había tomado una decisión y era tarde para echarse atrás. Y si parase ahora, no estaba segura de poder rechazarle una vez más. Porque en el fondo de su ser, también deseaba aquel encuentro imposible.
Consiguió coger un taxi y mientras el vehículo emprendió el camino. Su voluntad la traicionó, bajó la ventanilla sacando la cabeza por ella.
- ¡Lo siento!- gritó abatida -¡Espero que sepas perdonarme!
- ¡No pienso renunciar a ti ahora que has vuelto a mi vida! - él gritó desgarrando su garganta mientras intentaba en vano alcanzarla - ¡¿Me oyes?! ¡Es un juramento... Tarde o temprano, cumpliremos nuestro asunto pendiente!...
Ella se acurrucó en el asiento del taxi luchando contra sí para retener las lágrimas que amenazaban por salir. Deseó con todas sus fuerzas que la decisión que acaba de tomar sea la correcta porque sabía que si no era así, se arrepentirá de esto toda su vida.



viernes, 6 de septiembre de 2013

La muerte de la Gaviota (Fábula)

Hace muchos años, un Águila Negra volaba altiva sobre un paisaje amarillo trigo y rojo amapola. Estaba rodeada de gavilanes grises y con su ayuda, hizo de aquel territorio su cubil.
Acechaba los campos y atemorizaba a los gorriones que se veían obligados a volar en las corrientes de aire que el Águila les indicaba. Ninguno podía volar más alto o más veloz que los demás. Pues para el Águila Negra, un gorrión es insignificante y de baja condición por lo que, no tiene por qué disfrutar de la infinidad del cielo. Y si había un gorrión que se aventuraba a volar por su cuenta, entonces, los Gavilanes Grises iban en su busca, lo apresaban imponiendo severos castigos para así adoctrinar a los demás gorriones y demostrar lo que ocurre cuando uno aspira a volar más allá de su condición.

Los gorriones más viejos, temían que las siguientes generaciones ignorasen que antaño, en este paraje amarillo trigo y rojo amapola, antes del Águila Negra, también existía otro color... el violeta. No podían consentir que el recuerdo de aquel tiempo se disolviese como la espuma marina. Pues todos sabían que el olvido es la madre de toda desidia. 
Contaban clandestinamente a los más jóvenes, historias sobre libertad, igualdad y fraternidad. Y bajo la estela del Águila Negra, el viento susurraba historias del pasado que alimentaban el alma de los jóvenes gorriones.

A medida que los años pasaban, la vitalidad del Águila Negra se fue debilitando al igual que las fuerzas de los Gavilanes Grises. Y los jóvenes gorriones ansiaban cada vez con más desesperación, cumplir sus sueños de campos libres y cielos infinitos. Comenzaron a elevarse y reagruparse, piaban casi con desesperación nuevos cánticos de Libertad.
Hasta que un día, el Águila Negra murió. Fue un momento agridulce para los gorriones, pues al fin el Águila con alma de cuervo murió sí, pero quedó impune de sus actos infames y su dictadura impuesta.

Al menos, los gorriones al fin fueron libres y ocuparon el cielo y los campos. Aunque el cambio del paisaje fue sutil. Ya no estaba la sombra del Águila Negra en su centro y junto al amarillo trigo, comenzaron a brotar infinidades de rosas rojas. 
Al fin podían volar tan alto y lejos como querían. Las fronteras del cielo se habían roto y el único límite era el impuesto personalmente.
Todos tenían igualdad de oportunidades, si un gorrión quería volar tan veloz como un halcón, elegante como un cisne o vistoso como un pavo real, no había nadie que se lo impidiese.
Fueron años de bonanza y tranquilidad. Nació la siguiente generación que creció sin miedos, prohibiciones y represalias. Fue realmente, una época maravillosa.

Como todo en esta vida, el mal también tiene un ciclo y cada vez que tiene oportunidad regresa y así lo hizo. Pero no fue un Águila quien apareció, sino una Gaviota. Al principio fue ignorada por los gorriones que recelosos, no terminaban de confiar en aquel ave carroñero.
Pero ocurrió que, las Rosas rojas que brotaron en el paisaje, se convirtieron en grandes y espesas matas comenzando a cubrir todo el terreno y a herir a los gorriones con sus espinas haciendo que, la efectividad y calidad de vuelo de los gorriones comenzasen a mermar. Algunos comenzaron a sentirse cansados y abatidos dudando de sus propias fuerzas para emprender el vuelo.

Y la Gaviota, como carroñera que es, vio allí su oportunidad. Fingió preocuparse por los gorriones y con artimañas y mentiras se ganó la confianza de los gorriones. La Gaviota comenzó a aplastar a las Rosas rojas hasta que apenas quedaron unas ramas inservibles. 
Los gorriones se mostraron agradecidos con la Gaviota y aparentemente, todo volvió a la normalidad.

Pero fue un espejismo que perduró como un suspiro. Poco a poco, los gorriones notaron que era más difícil volar por donde querían, siempre estaba la Gaviota que se cruzaba en su camino y obligaban a los gorriones a aminorar su vuelo e incluso en otras ocasiones, a desistir en su empeño de conseguir algo que hacía poco era más accesible a ellos.

La Gaviota fue ganando terreno y a apropiarse de todo el territorio con disimulo y malas artes. Pero la mente de los jóvenes gorriones es distinta que la de sus predecesores. Pues sus padres se han preocupado que crecieran aprendiendo a pensar por sí mismos, a mantener sus ideas y luchar por sus principios. Los jóvenes gorriones sabían que en tiempo no muy remoto, hubo una época de oscuridad. Una época en el que todos los gorriones padecieron injusticias bajo el yugo de la opresión.

El temor de padecer aquello, hizo que los gorriones se alzasen contra la Gaviota y comenzaron una revolución. Aunque al principio eran escasos en número, poco a poco fueron añadiéndose más y más gorriones a la causa. Incluso también se unieron palomas, garzas, cigüeñas y búhos pues ellos también estaban padeciendo la opresión de la Gaviota que les iba mermando el espacio de vuelo.

Y aunque la Gaviota era fuerte y con un poderoso y desgarrador pico, ignoró el hecho natural más importante. Un hecho que fue la perdición de la Gaviota y la salvación de los gorriones. Y es que, ellos eran mucho más numerosos y se habían unido como uno. Y entonces, juntos y organizados, pueden desterrar a la Gaviota con alma de cuervo de su cubil.
Finalmente la Gaviota, a pesar de ser más fuerte, cayó ante la presión y el arrojo de los gorriones.

Una vez más, los gorriones volvieron a ser libres y volar por donde deseen. Y ahora, el cielo vuelve a ser infinito, el paisaje está volviendo a cambiar y están brotando nuevas plantas. Algunos se preguntan qué color bañará el paisaje ahora. ¿Tal vez regrese el violeta?, ¿será un nuevo color?. Realmente eso no importa, pues lo importante es que el paisaje vuelve a ser de todos y cada uno de ellos.

Los gorriones hicieron un pacto. Nunca permitirán que el mal muera en el olvido para que no pueda regresar. Y así, se han comprometido a trasmitir a las siguientes generaciones, la historia de La Muerte de la Gaviota que quiso volar sobre la estela de un Águila Negra.

FIN.

miércoles, 19 de junio de 2013

Éxodo

- ¡Maldita la desidia de mi entorno y malditos los que me han obligado a esto!- Grito desesperado una y otra vez hasta desgarrar mi garganta. Y continúo gritando, sin voz ni fuerzas, permanezco de rodillas en el suelo, llorando e impotencia y golpeando la tierra con mis puños hasta hacerlos sangrar.
El ocaso envuelve de sombras mi aldea amurallada y desde la loma, la veo desaparecer ante mí. Solo puedo distinguir tenues luces naranjas provenientes de las teas de algunas casas.

Cojo mi hatillo y me dispongo a abandonar la tierra que me vio crecer, donde mis antepasados cavaron profundos hoyos para dejar ahí las raíces familiares y donde he de abandonar mi descendencia.
Pero no tengo otra alternativa, "Mal año, malos tiempos" es toda respuesta que obtuve durante meses cada vez que intentaba encontrar trabajo fuera de mi oficio.

No eran los tiempos, todos sabíamos que, mientras los nobles se enriquecían a costa de matar al pueblo de hambre cobrando tributos de una tierra que ya no daba de sí y la iglesia, que con su afán de engalanar sus templos con el oro de los Incas, ha olvidado el juramento de cuidar a los más necesitados.
Había oro y riqueza pero eran malgastados en fiestas, cacerías y retablos de oro y plata. Y al pueblo llano, no llegaba ni un mísero maravedí.
Y si alguno, osaba mostrar su descontento en las puertas de los templos, el fraile de turno los despachaba gritando con ojos encendidos.
- ¡Qué sabrán las hormigas lo que yo hago en invierno!.

Y heme aquí, en el año de nuestro Señor 1612, dispuesto a partir hacia Las Américas, para encontrar allí la Tierra Prometida. He oído hablar tanto de aquel lugar, dicen que solo basta rascar la tierra con el pie para que brote oro y plata por doquier.
Al principio no hice caso de esas habladurías, yo tenía un próspero negocio y a mi familia no le faltó nunca de nada. Pero la idea de que en las colonias, se podía empezar de nuevo y hacerse rico en poco tiempo, empezó a desvelarme por las noches. Sobre todo al ver como el único hijo que aún me quedaba con vida, moría de hambre ya que la pulpa de los frutos que mi mujer robaba del huerto del convento y el escaso pan seco y duro de harina de habas que yo rara vez conseguía, no era suficiente para él.

Así que he de marchar, he tenido que fingir mi propia muerte para que así, mi mujer e hijo, puedan alimentarse y sobrevivir con las aportaciones que en su tiempo yo acumulé en el montepío de mi cofradía de alfareros. Sé que es indigno y a mi regreso me acusarán impíamente, pero no me preocupa, una vez que me haya hecho rico, nadie mirará por encima de mi hombro nunca más.
Pagaré mi afrenta depositando los dineros que se hayan empleado para mi familia, con intereses y purgaré mis pecados como todo rico hace, con oro.
Y como sé que Dios me vigilará y a él ruego para que mi empresa tenga éxito, llevaré como penitencia a modo de cinto sobre mis carnes un cilicio y lo portaré hasta cumplir la promesa. Y vive Dios que cumpliré.

Puedo ver la costa en la lejanía, durante los seis días con sus noches que ha durado mi viaje hasta llegar al puerto de Indias, mi camino no estaba deshabitado. Cada aldea o ciudad que dejaba atrás, iban apareciendo más y más hombres que como yo, dejaban a sus familias atrás en busca del Dorado. Me reconfortó y apenó a la vez, que no era el único. Entre todos, formamos un río humano que bajaba de las altas poblaciones para llegar al río que nos trasladará hasta ultramar, más allá del horizonte, donde nuestros abuelos decían que el mundo terminaba.

Paseo por el puerto fingiendo altivez aunque mi interior se encuentra afligido. Y pienso en la peculiar tripulación que comienza a llenar la nave. Todos artesanos, comerciantes y campesinos que van en busca de una vida mejor. "Son malos tiempos" pienso con angustia y suspiro con el alivio de pensar que, una vez superada esta crisis, nunca más se volverá a repetir porque todos hemos aprendido la lección.

La nave serpentea el río dejando la capital atrás, la observo por última vez antes virar el primer codo. Suspiro mirando el campanario de la Catedral y me fijo en la estatua que la corona, la representación cristiana de la diosa Atenea, me mira y sonríe. Devuelvo el gesto con timidez, parece que se despide pero no es una despedida, siento que me dice "vuelve pronto, te espero", sé que dice eso.

Sentado en cubierta, usando como apoyo el palo de mesana, suspiro pensando en mi mujer e hijo. Los amo y es ese amor que siento por ellos, lo que me ha dado el valor que precisaba para esta empresa. Poco a poco me voy durmiendo, el deseo que mi hijo comprenda el motivo de mi acción lucha contra el temor de  ser olvidado. Pero sé que quien tiene la respuesta es el tiempo, yo solo puedo aportar paciencia.


martes, 12 de marzo de 2013

Duelo

¿Qué es esto, por qué verte puedo? Te acercas a mí con desidia, mi turbia mirada distinguirte puede. Nunca te he visto pero te reconozco, eres tú, Espectro de las Tinieblas. ¿Rondas mi persona esperando mi expiración  cual ave carroñera?
¡Sí, así es!, hasta mis huesos percibir pueden tu deleite ante mi agonizante final. 
¡Oh, aparta de mí tu vil instrumento!, no coseches aún mi ánima agonizante. Pues este ser que ante ti se postra, aún algo le queda por explicar. Déjadme vuestra merced, narrar la cruenta historia por la que esta futura ánima errante, debe seguirte hasta los infiernos. Pues sé que ese es mi sino.
Nublose la vista, poco tiempo queda ya, mi aliento a chorros me hurtas, dejad vuestra merced, que este humilde condenado, os pueda relatar su maldita suerte y el motivo por cual, vos llegasteis a mi encuentro...

El calor caía con aplomo en la Capital del Reino. Llegaba yo de la contienda de Flandes, marché mochilero y regresé veterano. Ventaja del oficio, caído un oficial, todos ascendíamos para así esperar una gloriosa muerte, vomitando un "Gloria al Rey" y maldiciendo al hereje, hijo de mil padres que nos diere alcance.
Como decía pues, llegué a Madrid, esperando cobrar mi sueldo de soldado. Llegué con altivez a la comandancia y marché abatido y más pobre que antaño, pues mis logros no fueron considerados.

Me dirigí a la calle Santa Clara, en busca del convento al que daba nombre para buscar sopa caliente por caridad, inmerso en mis pensamientos y maldiciendo mi suerte al verme mendigo. Cuando un carruaje con escudo de armas en su flanco, me embistió y tirome al barro. "¡Bellaco!" de mis labios escaparon. El cochero oyome y paró el carruaje, bajando de él un fornido bastardo. Levantó el látigo dispuesto abatirme, mi lozanía impetuosa buscó en mi espalda, la daga toledana herencia de mi difunto padre, presto a rendir cuentas por su osadía. "¡Deteneos!", escuché con estupefacción. 
Olvidome del cochero al deleitar mi vista, con el ser más hermoso que jamás hubiere visto. Tan bella y perfecta que seguro estaba, que de un ángel se trataba.
Con una sonrisa, que haría perder los sesos hasta la mismísima Inquisición, disculpose ella ante la torpeza de su criado y extendiendo una mano de porcelana, me dio dos monedas de plata. Mi pétrea figura, observó el carruaje hasta perderse entre las calles. Convencido que no volvería a verla, busqué posada para guarecerme en la noche.

Tres días pasaron desde mi encuentro celestial. Pensándola de día, deseándola de noche. Recorriendo la calle en la cual tuve la divina revelación. La temple me abandonó cuando vi su carruaje de nuevo. Un instante que eternidad se convirtió, cuando su iris penetró en mis pupilas. Con elegantes gestos, cual noble señora era, abrió su abanico y con gracia, simuló tras él una sonrisa que solo yo pude divisar. 
Cuando a punto estaba de perder tal aparición celestial, ella dejó caer su pañuelo que una fuerza divina, postró a mis pies.
Aspiré su perfume despertando mi líbido y convirtiéndome en hereje de mi nueva religión, su persona. Cuando mi reliquia acariciar quise, hallome en él una misiva, que leí con ansia: "Tras la vespertina, en el Convento de San Gerónimo, espero a vuestra merced y a su gallarda persona".

Dos semanas fueron las que permanecí en el Reino de los Cielos, derramando nuestro amor y abrazados por la penumbra. Mi Señora, que a mí se ofrecía con dedicación de gentil moza en noche de nupcias y entregome yo a ella ofreciendo lo que ella anhelaba de su anciano esposo.
Dos semanas fueron en las que descubrimos con euforia, el agridulce sabor del amor clandestino...

Antes de vuestra presencia Señora de las Tinieblas, me turbase. Hallome esperando en el huerto del convento, deseoso del auge de mi encuentro. Pero no hallo a mi señora, sino al esposo de honor mancillado. "Pardiez tunante, no habrá cuartel para tal vil bellaco" hablome el viejo cornudo.

Dispuesto a defender mi amor ante el atentado honor del esposo, dispuse pues mi espada al servicio de mi causa. La euforia ante la evidente victoria, nublome los sesos. Pues lozano yo y viejo él, poco habría de durar el duelo. 
Deleitarme quise pues de mi hazaña, imaginando la contienda en boca de juglares y poetas, burlome de mi enemigo alardeando de mi destreza con el acero. Olvidome pues, que los nobles carecen del sentido del honor en la batalla y visto él que la afrenta no podía sanar como quisiere, bajó su espada gritando "¡Cuartel para mi persona!".
Bajé la guardia saboreando con gula mi victoria, que se me atragantó cuando, sin poder decir esta boca es mía, dos hombres a sueldo del Marqués, salieron de la penumbra y prestos, me inmovilizaron.

El cornudo sacó de su cinto un arcabuz, sopló con desidia la mecha y apuntome con ese arma de cobardes. "Dios pongo por testigo, que esta afrenta no quedará solo así" dijo el bellaco ,supe pues que, aquel cornudo no saciará su venganza cuando me diere muerte.
El plomo de la vergüenza, se incrustó en un pecho carente ya de corazón, pues roto ya estaba, temiendo por la suerte de mi Señora...

Heme aquí pues ante vuestra merced, cumplid con vuestro cometido y llevadme a los infiernos. Daos prisa, Señora de las Tinieblas, pues saber que jamás podré ver a mi amada, no hace más que incrementar mi agonía.
¡Elevad vuestra guadaña y sesgad mi alma!, llevaos los despojos de este miserable enamorado. Deseo vuestra estocada, ¡Sí, la deseo!.

sábado, 23 de febrero de 2013

El vigía


La mañana se presentó brumosa, apenas se podía ver más allá de la proa del barco. Hacía frío, demasiado para un muchacho procedente de tierras cálidas. Pero no era el frío lo que más preocupaba al joven Juan.
La certeza de que estaban perdidos era cada día más evidente. Según los cálculos, deberían haber pisado tierra hacía semanas. La comida escaseaba y las enfermedades a causa de la falta de higiene amenazaban a una tripulación que comenzaba a mermarse lentamente. Ayer mismo se despidió de Tomás, su único amigo a bordo. La disentería acabó con él en solo dos días. Aún tenía fresca en su mente la imagen del cuerpo de su amigo descendiendo a las profundidades envuelto en un tosco sudario. Agradeció a sus dos dioses, el impuesto y el de sus ancestros por poder vislumbrar el alba de nuevo.
Apoyó la espalda en el mástil del palo mayor y se dejó caer deslizándose lentamente hasta quedar sentado en la base del carajo. Se presentó voluntario para el puesto de vigía. Le gustaba la soledad y profundizar sus pensamientos, además, así podía permanecer al margen de los bulos y habladurías de la tripulación sobre el descontento de esta travesía. Muchos eran marinos experimentados, pero pocos conocían las consecuencias de ser exploradores. Poco a poco, enervaban los deseos de motín.
Cerró los ojos y se perdió en sus recuerdos, buscó algún momento agradable para evadirse, retrocedió hasta su niñez…

………………………………….

Juan miraba ensimismado a su padre mientras él trabajaba. Le fascinaba ver como un trozo de barro se transformaba en una exquisita pieza de cerámica gracias a las manos de su padre. “La hermosura de las piezas es el reflejo del cariño puesto en su elaboración”, solía decirle. El chiquillo permanecía casi hipnotizado por el movimiento rítmico de esas manos casi mágicas, el resultado siempre era impecable. Su padre era el alfarero más prestigioso de Sevilla. No había casa noble que no tuviese alguna de sus piezas. Su fama se extendía más allá de las murallas de la ciudad. Incluso venían de Toledo, Castilla o Aragón para decorar sus casas. Tenía un don, y ese don fue precisamente su perdición. Su fama y reconocimiento crecía con la misma velocidad que el número de enemigos, camaradas de profesión y envidiosos de su labor.
-Ve a jugar Juan- le ordenó. El niño protestó con la mirada, pero su padre sonrió con ternura. – Vete hijo, mañana empezarás a trabajar como mi aprendiz-.
El rostro del niño se iluminó por la emoción, abrazó a su padre y salió corriendo en busca de sus amigos. Estaba deseando contarles que mañana sería un hombre…

………………………………….

El ajetreo de cubierta lo devolvió con brusquedad a la realidad, desde las alturas observó a sus compañeros. Unos se afanaban a coser y remendar las velas estropeadas tras el último temporal. Otros baldeaban la cubierta para limpiar los vómitos y excrementos de los enfermos. El almirante exigía pulcritud, pero el tiempo, la escasez y el desánimo, estaban haciendo mella en una tripulación que cada vez se semejaban más a las bestias.
Algunos hablaban de motín cada vez con más frecuencia y no en susurros, lo hacían abiertamente. Sólo callaban cuando sentían la presencia de algún mando cerca. Rodrigo alzó la vista hacia el Este. Observó la segunda nave que acompañaba la expedición, en la proa de la misma estaba el almirante, se mantenía inmóvil dando la apariencia de una pétrea figura.
No podía evitar observarle, hacía días que permanecía allí, los días con el catalejo y podía distinguirle por las noches a la luz de la luna con el astrolabio, siempre observando un horizonte que parecía interminable. Sólo abandonaba el sitio para comer, dormir o escribir en su diario de a bordo. Juan se preguntaba si el almirante era consciente de la amenaza que se cernía sobre él. Puede que el descontento solo existiera en esta nave. Puede que su obsesión por llegar a tierra lo cegase e impidiese que distinguiese la realidad, pero, ¿podría ser eso indicio de locura?, ¿estarían siendo arrastrados a la perdición por la ilusión de un demente? Agitó la cabeza para liberarse de tal pensamiento, no quería tener las mismas ideas de los alborotadores. Pero en el fondo temía estar equivocado al confiar en la teoría del almirante.
Martín, el capitán, salió del castillo de popa y subió hasta la toldilla para así poder ver y ser visto por todos. Usó ambas manos para cerciorarse que su misiva llegase a todos. Tal y como esperaba, los marinos mostraron interés sobre lo que tenía que decir, esperó a que todos dejasen sus labores para poder hablar.
–Por orden de nuestro almirante- gritó- Notifico a todo marinero que, quien sea el primero que vislumbre tierra, será recompensado con diez mil maravedís. Este pago lo efectuará la misma Reina en persona. Además, será otorgado con diversos reconocimientos y honores-.
Juan observó el alboroto que se generó en cubierta tras la misiva del capitán. Todos se apresuraron a ocupar puestos en proa, incluso algunos escalaron hasta el palo de mesana y el palo trinquete. Uno incluso intentó expulsarle del carajo, pero Martín, el capitán, avisó del castigo en las bodegas de todo aquel que molestase al vigía. Juan agradeció con la mirada al capitán por aquel gesto, él se la devolvió con un mensaje: “Estamos en paz”.
El motivo por el que Martín protegiese a Juan, era por el afecto que su hermano Vicente, capitán de la otra nave, tenía con el muchacho. El origen de esa amistad no es un secreto para ninguno y por eso respetaron al muchacho. En realidad, sólo se sabe que fue por un percance en una taberna de Huelva en la que el joven ayudó a Vicente de una contienda.
La imaginación de los marinos y la historia pasada de boca a boca, engrandecían la historia cada vez que se contaba. De tal modo que no se parecía en nada a la realidad. Pero tampoco importaba,  la versión de los marinos era que el capitán, había salvado al joven de un ataque de al menos cinco hombres, pero salió mal parado y necesitó reposo durante dos días, gustó a todos sobre todo al capitán.
Juan le juró guardar silencio, ya que el verdadero motivo del malestar del capitán era una borrachera y cuando el almirante requirió su presencia, el muchacho ingenió otra historia para evitar que lo cesasen. Los moratones y rasguños de su cuerpo, verificaron la historia, aunque la realidad fue que cayó por las escaleras al intentar subir al capitán borracho. Una vez sobrio, el capitán le anunció que sería su protegido durante la expedición.

Diez mil maravedís, una verdadera fortuna. Rodrigo se volvió a acomodar para intentar dormir un poco, esa recompensa era idónea para su propósito, comenzar una nueva y anónima vida. Quería enterrar el pasado en el olvido, pero aquel episodio de su niñez era imborrable y como tal, aparecerá siempre en su mente sin quererlo…

………………………………….

Juan salió a jugar como su padre le había ordenado, estaba intentando cazar una lagartija que se había escondido bajo unas piedras, la gente se movía por las calles apresurada. Al principio no se percató que algo era diferente, una mujer pasó junto a los niños tan alterada, que derribó a su amigo y continuó su camino sin haberse percatado de lo que había ocurrido. Mientras ayudaba a su amigo a ponerse en pie, levantó la vista dirigiendo la mirada al final de la calle, entonces les vio.
Un monje ataviado con su característico hábito negro y cabeza rasurada, caminaba altivamente escoltado por dos soldados del castillo de San Jorge. La gente simulaba concentrarse en sus labores o se adentraban en sus casas intentando ponerse a salvo de la mirada de ese hombre que dejaba un halo de miedo y sospecha. Un dominico, escoltado por soldados solo podía significar una cosa. La Inquisición iba a detener y juzgar a alguien.
Juan observó horrorizado cómo el paso del monje iba aminorando a medida que se acercaba a su casa. El corazón le latió con violencia cuando se detuvieron y uno de los soldados desenrolló un pergamino. Solo pudo escuchar la misiva por trozos a causa de los murmullos que lo rodeaban.
“Como emisario del Inquisidor General Tomás de Torquemada, tengo la obligación de interrogar Vicente Bermejo cuyo oficio es el de alfarero. Por las acusaciones de ser mudalí y comerciar con judíos. (…)”.
De nada sirvió la réplica de su padre, el documento que verificaba su conversión o limpieza de sangre, fue arrancado de sus manos. Su madre lloraba desgarrada. Los vecinos señalaban y cuchicheaban. Pero Juan no vio, ni oyó nada de eso. El mundo había oscurecido quedando por un instante, solos padre e hijo. Ambos sabían que sería un adiós.
Pese a la prohibición de su padre, Juan persiguió a escondidas al pequeño séquito. Vio como su padre era insultado y escupido por algunos que se cruzaban a su lado, algunos eran amigos. Puede que, querían dejar presente que nada tenían que ver con el detenido.
La última vez que vio a su padre con vida fue entrando en el Castillo de la Inquisición. Antes de desaparecer en las entrañas de la fortaleza, le pareció ver que lloraba. Al día siguiente fue condenado y ejecutado a morir en la hoguera. Esa misma noche, él y su madre huyeron y permanecieron escondidos con otros nombres hasta la muerte de ella.
Por entonces ya era hombre aunque aún imberbe, sólo y huérfano, decidió abandonarlo todo en busca de una nueva vida bajo la protección del anonimato.

………………………………….

Habían pasado casi nueve días desde que el capitán notificara la promesa de una recompensa. Había sido un intento de tranquilizar a la tripulación, pero era en vano. La promesa hizo que se aumentara el nerviosismo y, a cada día que pasaba sin resultado, la frustración se iba tornando en un rencor creciente y Juan sospechaba que el motín era inminente.
Habían pasado casi dos horas de la media noche, la tripulación estaba dispersa en cubierta, unos durmiendo, otros jugando a los dados… Miró al cielo iluminado con una enorme luna llena con la intención de rezar, pero algo le llamó la atención en el horizonte. Su corazón se aceleró violentamente, tanto, que temía que le atravesara el pecho. Trepó hasta lo más alto del palo mayor para verificar que no estaba delirando, pero no, era real. La luz de la luna dibujaba el contorno de una isla en el horizonte. La emoción le invadió y cogiendo todo el aire que podía introducir en sus pulmones gritó con todas sus fuerzas. -¡¡¡Tierraaaaa!!! ¡¡¡Tierra a la vistaaaaaaa!!!
La tripulación de ambas naves corrió hacia proa para verificar lo que el joven vigía había anunciado. Cuando lo comprobaban con sus propios ojos, lanzaban vítores. Uno sacó una flauta y todos bailaban y aplaudían.
Juan bajó, del palo mayor para unirse a sus compañeros, que lo abrazaban y besaban emocionados. Estaban a salvo, habían llegado.

Pisaron tierra al amanecer, algunos incluso besaron las arenas blancas. Tras un par de horas preparando el campamento, el almirante bajó a tierra y reclamó que se presentase ante él, aquel que gritó tierra.
Juan entró en la tienda, allí estaba el almirante con pluma en mano escribiendo en su diario, paró en su quehacer para observar detenidamente al joven. -¿Cuál es tu nombre muchacho?- preguntó con curiosidad. El muchacho contestó para sí “Mi nombre era Juan Rodríguez Bermejo”. El almirante le miró impaciente esperando respuesta. Juan carraspeó y tragó saliva antes de contestar. – Me llamo Rodrigo señor, Rodrigo de Triana-.
El almirante escribió algo en su diario y luego ordenó a Vicente Yáñez Pinzón, capitán de La Niña y hermano del capitán de su nave, que leyera en voz alta la última anotación.
"…Y porque la carabela Pinta era más velera e iba delante del Almirante, halló tierra y hizo las señas que el Almirante había mandado. Esta tierra vido primero un marinero que se decía Rodrigo de Triana…"

El muchacho durmió plácidamente, pensando en la recompensa y el sueño cumplido de vivir en el anonimato sin que nadie le recordase o supiese de donde procedía.


Nota de la autora:
 Nunca cobró la recompensa, molesto y decepcionado, acabó sus días en África, convertido como mudalí (cristiano convertido al islam o cristiano casado con un hereje) que precisamente fue el delito por el que fue ajusticiado su padre.

Esta historia está inspirada (que no basada) en lo ocurrido el 12 de Octubre de 1492. Existen muy pocos datos sobre la vida e identidad de Rodrigo de Triana y la mayoría son suposiciones. Quisiera hacer un inciso, aunque muchos datos son reales y fieles a la historia, solo uno no lo es. El padre de Rodrigo murió en la hoguera por la inquisición cuando él navegaba hacia el Nuevo Mundo. He cambiado el momento de la cremación para dar dramatismo a la historia. 
Sobre el texto escrito por Cristóbal Colón, me he limitado a copiar tal y como él lo escribió. 
Por lo demás, esta es mi versión.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Héroe y Villano. Víctima y Verdugo

13 de Febrero de 1945. 09:00. Base aérea de la RAF.

Petterson se miró en el espejo, una mueca a modo de sonrisa satisfactoria salió sin poder evitarla. Tenía puesto el uniforme de aviador. Ese que soñó llevar desde que solo era un infante. Joven, apuesto y aviador, no solo eso, pertenecía a la RAF, bajo las órdenes directas del Mariscal Arthur Harris. Sólo le bastaba entrar en cualquier establecimiento para que las jóvenes se agolparan a su alrededor, mientras hacían derroche de encantos, sonrisas y coqueterías. Pero esta noche no podía ser, hoy es un día especial, muy importante para él. La guerra se podía dar ya por finalizada y aún no había logrado ninguna hazaña digna de contar a sus nietos cuando, algún día, peine canas.
Solo vuelos de reconocimiento y fotografías de localización, era lo único que hacía hasta ahora. Pero su temeridad al vuelo, casada con su impetuosidad, hicieron que se fijasen en él para la siguiente misión. Aceptó inmediatamente, siquiera prestó atención al objetivo de la misión. En su joven mente solo se evocaba los futuros vítores de bienvenida cuando regresase a su pueblo natal. Se marchó joven, imberbe. Mintió sobre su edad para poder alistarse, quería dar una lección a esos demonios llamados nazis de los que tanto oía en la radio. Esos que, por su culpa, su familia dejó una vida próspera en la capital para volver a sus orígenes huyendo de las bombas. Estaba deseando que llegase la hora de despegar.


13 de Febrero de 1945. 20:00. Dresde (Alemania).

Brigitte estaba en cuclillas observando ensimismada el vuelo de una luciérnaga. Se sentía treméndamente felíz. Mañana sería su cumpleaños y pese a las adversidades y carencias, su madre le prepararía un pastel. Podría invitar a sus amigas, las escasas que aún quedaban y aún no habían huido. Planeó mentalmente los juegos con los que se entretendrían y tarareó las canciones que cantarían.
Miró la cuerda de tender en el cual, hondeaba con gracia, el vestido que su madre había cosido para ese día con tanto espero e ilusión.
Su madre la llamó para entrar, había anochecido. Rindió buena cuenta de la escasa cena, mientras su madre se deleitaba con el brillo de su mirada. "Pese a los malos tiempos, aún había sitio para la ilusión", parecía que decía esa sonrisa que le dedicó. Después de un sonoro beso, Brigitte fue a la cama, más por el deseo que llegase el nuevo día que por sueño. Miró el cielo estrellado a través del ventanuco, se durmió con una sonrisa en su cara. Estaba deseando que llegase el siguiente día.


13 de Febrero de 1945. 22:00 Espacio aéreo alemán, a pocos kilómetros de Dresde.

Petterson estaba ansioso, en pocos minutos podría soltar toda su rabia contenida simbolizada en bombas incendiarias. Estaba en éxtasis, él, pilotando un Havillan DH9, conocido coloquialmente como "mosquito", lo último en ingeniería bélica. A punto de formar parte de la historia, su nombre será recordado y su hazaña elogiada. Se sentía poderoso surcando el aire con su avión bimotor, miró a un lado y otro. Volando junto a él, otros ocho "mosquitos", le acompañaban en su misión.
Sabía que la ciudad a la que se dirigían tenía escaso valor estratégico, era más una demostración de fuerza para hacer entender a esos cerdos que su causa había fracasado, solo les quedaba la rendición. Por lo poco que pudo oír entre los susurros de sus compañeros, los pocos que desaprobaban la incursión, era que Dresde, es una ciudad agonizante, en la cual se habían desplazado cientos de refugiados y heridos... civiles.
Agitó la cabeza con brusquedad para quitarse el ápice de conciencia que amenazaba con salir. Él vivió los bombardeos de Londres, se ocultó en las alcantarillas junto a las ratas, vio a su madre llorar mientras dejaban todo cuanto poseían, él también fue civil y también sufrió.
Agudizó los sentidos, en breve, serían localizados y saltarían las alarmas. "Que salgan y vean, les enseñaré qué puede hacer un oficial británico", masculló entre dientes.


13 de Febrero de 1945. 22:15. Dresde

Brigitte consiguió zafarse de los brazos de su madre, que pese a ser ya un cuerpo inerte, se aferraba a ella para protegerla. Aturdida, consiguió arrastrase por los escombros de lo que fue su casa, no podía entender qué había ocurrido. Hace solo unos minutos, su madre la arrancó de la cama y somnolienta, notó como su madre la apretaba con fuerza y la cubría con su cuerpo. Recordó vagamente que bajaron una escalera de madera, solo podían estar en el sótano de la casa.
El ruido era ensordecedor, cientos de bombas caían en todas direcciones, sin tregua. Aún no se repuso del sonido de una explosión, cuando la siguiente sonó más y más cercana. Finalmente, un estruendo fortísimo, un dolor agudo y un pitido incesante en sus oídos, le hizo entender que la casa se derrumbó sobre ellas.

Escarbó hacia arriba, destrozándose las uñas hasta sangrarlas, entre escombros y tierra hasta que al fin llegó a donde creyó ser su patio. Todo era escombros, fuego y destrucción. Las casas ardían, se oían gritos, lamentos, sirenas y el silbido aterrador de las bombas al caer. Su estado de shock hizo que no sintiese que se estaba desangrando, que la vista se le nublaba, no por el polvo y el humo sino porque su vida, se estaba consumiendo por momentos.
Miró al cielo y los vio, vio los aviones. "¿Qué ocurre, por qué?", preguntó mientras una lágrima se resbalaba por su mejilla.

Una de las defensas de la ciudad alcanzó a uno de esos aviones, que caía a una velocidad vertiginosa. Cerca, muy cerca, demasiado cerca...
La niña no tenía ni consciencia, ni fuerzas para protegerse y el aparato se estrelló a pocos metros de ella. El impacto la impulsó unos pasos atrás, haciendo que cayese de espaldas, no sintió nada, siquiera se percató que estaba tendida en el suelo.
Aturdida y ya casi sin fuerzas, se arrastró entre el barro, cenizas y escombros, más por instinto que por convicción. Cegada por el humo, no se percató que se dirigía hacia los restos del aparato. Sus fuerzas se extinguieron cuando pudo ver casi con claridad, una figura que salía del avión derribado moviéndose tan torpemente como ella.

Petterson salió por sus medios de su avión, pero sabía que no vería un nuevo día. La sangre le salía a borbotones de una herida abierta de su abdomen, intentó frenar inútilmente la hemorragia con sus manos, pero el rojo líquido viscoso, se escurría entre sus dedos, podía oler el olor metálico de su propia sangre, sentía el hedor de la muerte rodeándole. Solo pudo dar un par de pasos antes de desplomarse en el suelo, cual largo era.
Quiso hacer historia y la suya acababa aquí y ahora. Lloró al recordar su casa, quería volver a casa.

El muchacho giró la cabeza, rezó esperando que la muerte llegase. Sus ojos se toparon con otros. Azules, inocentes y llorosos. Una niña estaba tendida en el suelo esperando como él, que su llama se apagase.
Ambos se miraron fijamente, ninguno apartó la mirada. Uno pidiendo perdón, otra deseando entender qué ocurría. "No imaginaba un horror así, sólo quería ser un héroe" parecía decir el muchacho. "Quiero estar con mi madre, quiero verla. No quiero estar junto a ti. No eres un héroe, eres un villano", parecía responder la niña.

El alba descubrió los restos de una ruinosa ciudad. Totalmente asolada, totalmente arrasada. Y, entre tanto caos y destrucción, dos cuerpos inertes, que con los ojos abiertos y mirada fija en la eternidad, parecían hablar entre ellos.
Allí estaban postrados, víctima y verdugo.


Relato incluido en el Florilegio de la Fundación Imprimátur. Segundo finalista del I Certamen de Relato Breve. 2.0. Publicado en Noviembre de 2011



jueves, 5 de enero de 2012

Rescate.

Nunca vi tanto espanto en la cara de un niño, esa mirada seguía impresa en mi memoria. El tren traqueteaba con un ritmo que se me antojó alegre, posé mi cabeza sobre el cristal de la ventanilla, el temblor del vidrio cosquilleaba mi sien. Observé al exterior, un hermoso atardecer, el más bello que haya visto antes, era una estampa que admirable. Observé con cierto aire de melancolía, los últimos resquicios de mi periodo estival. En un par de días, volveré a la rutina, a los atascos, al jefe inconformista, al casero pesado, las quejas vecinales... Suspiro profundamente y me fijo más detenidamente en el Sol mientras éste, se sumergía con letargo en el mar.
El mar, objetivo de mi descanso, inspirador y restaurador de almas inquietas. La cara de ese niño volvió a mi memoria y me dejé llevar por los recuerdos...

Como cada mañana, cuando despuntaban los primeros rayos de Sol, salía a correr. Bajaba a la playa y disfrutaba del trote. Ese día me propuse batir mi propio récord, mismo tiempo pero más distancia. Pensé en la cala que había al final de la playa, podría descansar allí, era un sitio precioso. Mientras controlaba mi respiración, repasaba mentalmente todo lo que tenía que hacer durante el día: Otra fiesta esa noche, así que tendría que ir de tiendas de nuevo. También había quedado a comer con la gente del club, creo que podré ir a la peluquería después de ese almuerzo y tal vez me conceda el capricho de un masaje. Sonreí satisfecha, estaba resultando ser otro verano pleno, rebosante de fiestas, comidas y compras. ¿Se puede pedir algo más?.

De pronto paré, me quedé casi congelada. La luz del amanecer aún era demasiado tenue como para poder distinguir con nitidez, sólo pude cerciorarme de que, numerosas sombras salían de las entrañas del mar y desaparecían entre rocas y calas. Me sentía más curiosa que asustada, enseguida supe de qué se trataba ese alboroto, una embarcación hinchable había alcanzado la playa. Chasqueé la lengua molesta mientras veía cómo las sombras desaparecían. Cada sombra representaba para mí a un futuro vendedor de pañuelos, pesado e incordiante  junto a un semáforo que tarda una eternidad en cambiar y que querrá que compre sus pañuelos desechables o intentará limpiar el parabrisas de mi impoluto porche. Una excusa para copar los espacios publicitarios de televisión con lacrimógenas imágenes para hacernos sentir culpables por tener mejor vida que otros. ¡Como si fuese culpa nuestra, malditos manipuladores!
Continué el trayecto al trote, fastidiada porque la escena había deslucido un hermoso amanecer, al menos me consolaba pensar que ya tenía un tema para comentar en el almuerzo.

Cuando llegué a la altura de la frágil y semi hinchada embarcación, aminoré el ritmo poco a poco. Algo llamó mi atención y me acerqué como si fuese guiada por una extraña invitación. Era un sonido leve, muy tenue, similar al lamento de un gatito. Miré ambos lados, la playa estaba desierta, caminé despacio y guiada por el sonido, provenía de la precaria embarcación. Un bulto se agitó nervioso, di un respingo, era demasiado grande como para ser un gato. Y entonces supe de qué se trataba, quise correr y alejarme, pero la curiosidad me atraía hacia la desconcertante figura. Mis piernas se petrificaron, no quisieron responder, quise salir corriendo y buscar a alguien que se encargase de tan engorroso problema. Pero mi conciencia fue más rápida y frenó mi impulso. Los ojos aterrados de un niño se clavaron en mí, pero no tenía una mirada inocente e infantil, su mirada era fría y opaca, reflejaba sufrimiento, miedo demasiado miedo para alguien tan pequeño y era más que evidente que sentía pavor de mí.

Me acerqué para verlo mejor, el pequeño se revolvió inquieto, pero siquiera tenía fuerzas para ponerse en pie, solo pudo volver a emitir ese murmullo quejoso que llamó mi atención y me atrajo a él. Volví a mirar los alrededores, esta vez con reproche, la madre del pequeño o su adulto responsable, podría ser una de esas sombras que huyeron dejándole completamente sólo. Sentí un nudo en la garganta al pensar en la probabilidad que ella siquiera hubiese llegado a la costa. El pequeño señaló al mar con su escuálido brazo, era tan delgado que temía que la misma brisa pudiese quebrarlo, me miró y dijo algo en otro idioma. No hizo falta traducción, su mirada, su temblor, su voz quebrada... lo que sabía de las noticias y el mar me dijo todo.
Cogí al pequeño en brazos, era tremendamente ligero, lo sujeté con mucho cuidado. Era tal su fragilidad, que estaba convencida que cualquier movimiento brusco le podría dañar. Me dirigí al puesto de la Cruz Roja, tarareando por el camino una nana mientras, inconscientemente acariciaba la sien al pequeño.

No me aparté de él durante todo el verano. En las revisiones médicas cogía mi mano cuando le exploraban, parecía que mi presencia le calmaba e incluso después de tres días, parecía alegrarse de verme. Cuando llegaba al centro y me miraba, sus ojos se iluminaban.
En una de esas visitas, más o menos una semana después de conocernos, le vi sonreír por primera vez, esa primera sonrisa cambió por completo mi perspectiva de la vida. Cambié los almuerzos del club por bocadillos bajo la sombra de un árbol. Las fiestas nocturnas por nanas antes de dormir, las frívolas compras por adquisiciones de primera necesidad. Mis conjuntos de última moda y diseño por una camiseta blanca con el emblema de la Cruz Roja. Compré ropa nueva para mi nuevo amigo y todos los demás, al principio sólo visitaba pero sabía que no era suficiente. Pronto encontraron un lugar para mi, no fue difícil, siempre hacía falta ayuda. Enseñé a Omar, que así se llamaba mi amiguito, hablar mi idioma, él me enseñó un poco de la suya. Me habló de su ciudad donde no había cristales porque los ruidos fuertes los rompieron; de su gente que como su familia, huyeron por miedo a que ocurra un nuevo ataque y ya no puedan despertar y de su madre de cómo una ola en plena tormenta, la hizo desaparecer en la inmensidad del mar. Me lo contaba con dibujos, dibujos demasiado impactantes y crueles. Sabía de esa guerra, lo vi en las noticias, pero esos dibujos eran más impactantes y contundente que cualquier informativo. Él me hablaba mientras dibujaba y yo sólo escuchaba.
Sabía que la vida no era tan fácil en otros lugares, pero hasta conocer a Omar, desconocía la tragedia del hambre, la miseria y la guerra. Me recriminé y avergoncé de mí misma al recordar cómo cambiaba de canal porque el asunto no me interesaba.

Llegó el momento de partir, debía regresar a casa. Omar me abrazaba con fuerza, me suplicaba que me quedase con él, que le llevara conmigo. Se me partía el corazón, pues sabía que sería muy difícil, casi imposible, sólo se me ocurrió pedirle que fuese paciente. Le prometí que le visitaría siempre que pudiese y que pronto nos volveríamos a ver. Las típicas promesas de despedida, pero en mi caso decía la verdad, haría lo imposible para no romper esa promesa. Omar asintió pero no dejó de llorar. Le acaricié su pelo rebelde y me marché luchando conmigo misma por no mirar atrás porque me partiría un corazón que ya estaba quebrado. No podría soportar mirarle una vez más, porque no podría marcharme sin él y no podía hacer nada por lo contrario, al menos, inmediatamente.

El asistente social se despidió de mí en la puerta, me agradeció con sinceridad mi colaboración, no sólo la económica, sobre todo la moral y física y me aseguró que yo había hecho un gran bien en rescatar a Omar. Negué con la cabeza sonriendo ampliamente...
-¿Sabes?, en realidad fue él quien me rescató. Me rescató de la soberbia, de la indiferencia y del egoísmo. Gracias a él pude encontrarme conmigo misma.

Caminé sintiéndome ligera y libre y eso era porque ya no portaba ninguna carcasa ni llevaba lastres de egoísmo y prejuicios, soy quien siempre fui pero que, con el paso de los años olvidé y así hubiese seguido si Omar no me hubiese rescatado.



Obra registrada Código: 1201050852833

viernes, 16 de diciembre de 2011

La estación. Parte final

La víspera del fatídico día llegó, habían planeado ir a todos los lugares en los que guardaban algún recuerdo o anécdota. Al contrario de lo que esperaban, había sido un día pletórico, rieron como nunca al memorar sus recuerdos. Charlaron sin parar, completando uno, las lagunas del otro. Fueron a los recreativos y gastaron prácticamente toda la paga del mes en los futbolines, después de una copiosa cena en la pizzería, caminaron de regreso a casa por el paseo del río. Un silencio incómodo les acompañó, ese pensamiento que tanto habían evitado apareció sin intención de abandonarlos, ambos sentían que la congoja se apoderaba de ellos.

El muchacho levantó la vista, una mueca a modo de sonrisa apareció en su rostro, sin decir nada, cogió la mano de la muchacha y la guió hacia el lugar que había divisado, ella se dejó llevar haciendo un amago de sonrisa. Ambos se pararon frente a una cabina de fotomatón . Tras un intercambio de miradas cómplices, ambos entraron en el interior. Ella corrió la cortinilla mientras él echaba unas monedas en la ranura de pago.
"¿Por los viejos tiempos?" preguntó con una amplia sonrisa, ella asintió enérgicamente con la cabeza. "¡Por los viejos tiempos!" exclamó. Entre risas, muecas y bromas, cuatro fogonazos congelaron para la prosperidad el reflejo de una amistad que no podrían olvidar nunca.

Llegaron al cruce donde debían separarse, los corazones de los chicos golpeaban con tanta fuerza sus pechos, que era imposible que uno no escuchara los latidos del otro. Se miraron con ojos vidriosos, él le había hecho prometer que no iría a la estación, que sería mejor así... despedirse como siempre lo habían hecho, como si se fuesen a ver al día siguiente, aunque sólo fuese una ilusión.
Ella no aguantó más, se lanzó hacia el chico abrazándolo con fuerza mientras el llanto emanó de lo más profundo de su corazón. Él la correspondió del mismo modo, le acarició el pelo mientras le susurraba promesas sobre lo bien que iría todo y que siempre mantendrían el contacto, por correo o por teléfono.
Ella negó con la cabeza y clavó la mirada en los ojos del muchacho. "T-te q-quiero, siempre te he querido". Sus balbuceantes palabras salieron sin poder evitarlo, el semblante del muchacho se tornó serio, casi decepcionado. "¿Cómo me dices eso ahora? -espetó- Estás confundida, es sólo porque me marcho, si me quedase, jamás sentirías eso, eres mi amiga ¿entiendes?, sólo eso. ¡Lo has estropeado todo!".
Ella quiso explicarse, pero él se desprendió de su abrazo y se marchó corriendo hacia su casa. La chica le vio desaparecer  mientras su corazón estalló en mil pedazos.

El reloj de la iglesia inició las campanadas del medio día, la muchacha aceleró aún más su vertiginosa carrera, pedaleaba con todas sus fuerzas, sólo quedaba media hora para que el tren partiese. Había prometido no ir, pero después de lo ocurrido la noche anterior, no podía dejarle marchar así. Quería decirle que siempre serían amigos, que con eso se conformaba porque era lo que más le importaba, lo único que en realidad importaba. Le pareció escuchar un frenazo y el sonido de un claxon, posiblemente sea por ella, pero no tenía tiempo de averiguarlo.
Cuando al fin llegó a la estación, comenzó a sentir calambres en las piernas, no le importó. Dejó caer su bicicleta sobre la escalinata y corrió hacia el interior. Miró el panel de información y en cuanto averiguó lo que quería saber, se dirigió hacia el andén haciendo acopio de sus últimas fuerzas.

Ahí estaba él, mirando distraído al tren que pronto tendría que subir. Ella había llegado a tiempo y ahora, a sólo unos pasos de él, dudaba si había hecho bien ir allí. No tuvo tiempo de planteárselo, el muchacho levantó la mirada mirando hacia ella, como si presintiese que estaba allí. La miró con una mezcla de sorpresa y alivio. Ella le observó temblorosa mientras él se dirigía a su encuentro.

Se miraron fijamente sin saber qué decirse, entonces, el muchacho abrazó a la chica con fuerza. "Yo también te quiero y siempre te he querido, pero no podía decírtelo, no quería que sufrieras", le susurró al oído. Ella se apartó para poder mirarle a los ojos y... se besaron. La muchacha sintió levitar, era su primer beso y era tal y como lo había imaginado, todo a su alrededor desapareció quedándose solos en el mundo.

Un agudo silbato les devolvió a la realidad bruscamente, era el momento de partir. Se abrazaron y besaron por última vez. El muchacho cogió la mano de la chica dejando en ella, lo que al tacto parecía un trozo de papel, la muchacha no lo comprobó, no quería apartar la mirada de él. Con profunda tristeza le vio entrar en el vagón y... desapareció de su vida.
Varios minutos después, cuando el tren ya había abandonado por completo la estación, ella miró lo que él le confió en su mano, eran dos de las cuatro fotografías que se hicieron la noche anterior, leyó la dedicatoria escrita en el reverso y emprendió el camino hacia la nueva etapa de su vida...

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Fue su primer amor, por entonces pensaba que jamás podría amar a nadie como le amó a él. Pero el tiempo erosiona todo a su paso. Durante años mantuvieron el contacto, al principio se cartearon a diario, luego todas las semanas, después una o dos al mes, así hasta que un día, no recuerda el tiempo exacto que pasó, envió su última carta y no obtuvo más respuesta. Intentó recordar qué decía aquella carta y cuál fue la última que recibió de él, pero fue imposible.

Suspiró profundamente, guardó la fotografía en el interior del libro y continuó su tarea. Cuando la caja estuvo llena, unió las pestañas y la selló con cinta de embalar, dejándola junto a las demás cajas. Continuó su tarea hasta bien entrada la noche, de vez en cuando miraba de reojo el lugar en el cual, tenía guardada la foto, pero no hizo ademán de rescatarla. Miró por la ventana, la lluvia caía ahora con más fuerza, encendió un cigarrillo exhalando el humo contra el cristal. Sonrió al pensar que, tal vez, encuentre entre tantas cosas, el lugar donde tenía guardadas aquellas cartas, pero no las buscaría. Estaba convencida que, al igual que la foto, las cartas la encontrarían a ella cuando el olvido absoluto intente apoderarse de nuevo de su recuerdo más preciado.


Obra registrada. Código: 1112170759806

martes, 13 de diciembre de 2011

La estación. Primera parte.

La lluvia repiqueteaba en el cristal, aunque aún era temprano, apenas entraba claridad en la estancia, lo cual hacía más triste y pesada la mudanza. Tras un profundo suspiro, observó las cajas embaladas y apiladas en un rincón, aún quedaba mucho por empaquetar y el plazo pactado para trasladarse estaba demasiado cerca, apenas tenía tiempo. Podría haber acabado mucho antes, sólo bastaba con aceptar la ayuda desinteresada de sus amigos, pero era demasiado exigente y metódica como para organizar una cuadrilla de voluntarios.

Preparó una nueva caja y tras escribir con un grueso rotulador la palabra "Desván", se dispuso a guardar  aquellos objetos de los que estaba segura que no iba a necesitar pero que aún quería conservar.

Apiló sobre su brazo unos ocho libros, disponiéndose a guardarlos, tropezó con una bolsa y todos los libros se desparramaron por el suelo. Chasqueó la lengua con fastidio y comenzó a recogerlos en cuclillas metiéndolos en la caja casi sin mirarlos, pero un libro le llamó la atención, una tira blanca sobresalía de su interior. Curiosa, la cogió con cuidado y leyó su texto cuya caligrafía le resultó familiar:
"No sé si mis lágrimas significan algo pero hoy tengo ganas de llorar. Verano'91".

El corazón se le aceleró y observó el dorso. Una ahogada exclamación salió de su garganta, en su rostro se reflejó sorpresa, nostalgia y tristeza. Era una tira de fotomatón con sólo dos fotografías, por el desgarre de uno de sus extremos era evidente que las otras dos fueron arrancadas, y sabía cuándo y dónde fue, acarició con la yema de los dedos la imagen de dos adolescentes haciendo muecas y riendo ampliamente.

Los objetos del salón desaparecieron, todo a su alrededor parecía haberse esfumado, ahora su memoria se hizo dueña de su albedrío y se dejó transportar por sus recuerdos, el lugar a donde la llevaba su subconsciencia era fácil de encontrar... ¿Quién  podría olvidar su primer amor?.

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El periodo estival estaba a punto de finalizar, el parque estaba prácticamente desierto y se oía el trinar de los pájaros mezclado con el sonido del arroyo artificial. El sosiego del lugar se vio bruscamente interrumpido cuando, dos jóvenes montados en una bicicleta bajaron la colina a toda velocidad. El grito triunfal del chico, se ahogaba por los chillidos de la muchacha que, sentada sobre el manillar, suplicaba que aminorase la velocidad. El chico no pudo acceder a la petición porque la rueda delantera se incrustó en un hoyo haciendo que el vehículo frenase en seco y lanzase a los jóvenes por los aires. Ambos rodaron por la ladera girando sobre sí mismos aparatósamente, llegando al final uno sobre el otro. Tras comprobar que ninguno se había hecho daño, ambos estallaron en sonoras carcajadas.
Aún entre risas, el chico desprendió del pelo de la muchacha unas briznas de hierba, estaban muy cerca el uno del otro. Ambos se sumieron en el silencio mirándose a los ojos, fue un instante, pero pareció una vida entera. Los ojos de ella, brillaban como nunca los vio. El muchacho se incorporó rápidamente y, tomando impulso, comenzó a caminar sobre sus manos. La chica lo miraba sonriente mientras se sacudía el barro de los pantalones. Ambos parecían confusos pero ninguno quiso demostrarlo.

Se conocían desde pequeños, compartieron pupitre en la guardería y en la escuela. Siempre estaban juntos, desde la varicela de ella a la que, tras vanales esfuerzos, él nunca llegó a ser contagiado, hasta la hospitalización por una operación de apendicitis de él.
Por eso, este verano era tan especial, era su último verano juntos. Cuando acabasen las vacaciones de verano, ambos iniciarán su nueva vida en el instituto, pero en distintas ciudades. Al acabar el verano, él se marchará.

Se prometieron mutuamente no hablar de ello hasta llegado el momento, el último momento. Y ella hacía grandes esfuerzos por cumplir su palabra. Sobre todo porque, ella sentía un gran dolor al pensar que, su amigo, su gran amigo se marcharía lejos, tal vez para siempre. Pensar que nunca le volvería a ver, le hizo descubrir una cosa que ignoraba: estaba profundamente enamorada.
Y más dolor le provocaba el saber que no podía confesar lo que sentía porque ahora, ya no tendría sentido, no serviría de nada. Sobre todo porque él jamás había dado indicios de sentir algo por ella.
Él había salido con un par de chicas y le contaba sus salidas y rupturas con total normalidad, ella se limitaba a escuchar y aconsejar. Siempre la trató como un "colega" y confiaba a ella todos sus secretos.
Pero ahora estaba confundida, ¿no pareció que la iba a besar?,  negó con la cabeza, seguramente sea imaginaciones suyas que trastornan la realidad anteponiendo sus deseos.

Se puso en pie y fue a la linde del lago de los patos, cogió una piedra y la lanzó al agua, tras dos pequeños saltos, la piedra se sumergió. Se mostró satisfecha de su hazaña y repitió la operación mirando desafiante al muchacho. El chico se unió a ella y pronto lo convirtieron en una competición, otra tarde pasó como un suspiro, otro día más había concluido. Regresaron a casa charlando animadamente y planeando la jornada del día siguiente.
Se separaron en el cruce que unía sus calles, como siempre, como habían hecho durante muchos años, pero cada vez, la despedida era más difícil, cada vez costaba más separarse porque ambos sabían que, más pronto que tarde, llegará el adiós definitivo...

(Continuará...)

Obra registrada. Código: 1112130739008


viernes, 27 de mayo de 2011

La niña triste. (Cuento)

Era noche de luna llena. Dos jóvenes enamorados paseaban su amor secreto cobijados entre penumbras y sombras. El joven, acarició el rostro de La Niña Triste con suavidad, su piel era pálida como la luna, sus cabellos oscuros como la noche y hermosa, hermosa como las estrellas. Ella le miró con ternura, sus ojos brillaron cual estrella fugaz. Con delicadeza, el joven se acercó aún más a ella, ambos se miraron con timidez. El joven, besó a La Niña Triste con suavidad, "Te quiero", le susurró al oído. La piel de la muchacha se tornó rosada, sus cabellos se agitaron con las caricias de la brisa y sus labios... Sus labios rojos cual corazón latente, se transformaron en una bella sonrisa. 
La Niña Triste sonrió por vez primera. Y le juró a su joven amado que, todas las noches de luna llena, le dedicaría una sonrisa hasta el fin de sus días. Él le juró que allí estaría siempre, para verla sonreír.

Pero el Capitán, que también amaba a La Niña Triste, les encontró. Sus ojos enrojecieron de ira. Ahora lo entendía, ahora sabía por qué su amor nunca pudo ser correspondido. El corazón de La Niña Triste, ya tenía dueño. 

La decepción y el odio le cegaron, sacó su gélido hierro y con un gesto fugaz, se abalanzó sobre el joven descargando contra él su decepción.
El muchacho cayó mirando a su amor por última vez y pereció sobre las hojas secas e inertes del oscuro bosque, guardián de su amor secreto.

La Niña Triste, gritaba el nombre de su amor perdido mientras el cruel Capitán, se la llevaba a su castillo. Encerrándola allí, con la absurda esperanza, que, algún día, un nuevo sentimiento brotase en ella y esta vez sea dirigido a él.


Pero se equivocó, La Niña Triste aunque con el corazón roto, cumplió su promesa. Y todas las noches de luna llena, La Niña Triste salía al balcón de la más alta torre. Desde allí, podía contemplar el bosque. Cuando la luna bañaba con su luz a los árboles, ella pudo ver la imagen de su amado, esperándola. Y ella , le dedicó una sonrisa cumpliendo así, su promesa de amor eterno.


Pero el Capitán, receloso, espió a La Niña Triste y comprobó que estaba siendo traicionado. Ordenó quemar el bosque, con la esperanza de borrar todo recuerdo de su amor pasado.

Pero con eso, no pudo vencer al amor.

La Niña Triste, subía al balcón las noches de luna llena y contemplando al astro nocturno, dedicó una sonrisa a su amor perdido.
El Capitán descubrió a la muchacha y le prohibió salir al exterior ninguna noche, así no podría saber cuando sería el plenilunio.
Pero con eso, no pudo vencer al amor.

El trovador del castillo, sintió compasión por la hermosa joven y solo las noches de luna llena, le dedicaba una canción. La Niña Triste supo así, cuando era luna llena y pudo dedicar una sonrisa para cumplir así, su promesa.
El capitán los descubrió, desterró al trovador de sus tierras y encerró a La Niña Triste en una habitación sin ventanas, aislada de todos.
Pero con eso, no pudo vencer al amor.

La Niña Triste pudo oír a los lobos aullar a la luna llena. Sus guturales sonidos, atravesaron la fría piedra de los muros y así, pudo dedicar una sonrisa a su amor perdido. Cumpliendo una vez más, su promesa eterna.
El Capitán estaba fuera de sí, movido por la cólera, se internó en el bosque cenizo. Con furia y rencor aniquiló hasta el último lobo del bosque.
Pero con eso, no pudo vencer al amor.

La siguiente noche de luna llena, La Niña Triste no pudo ver el bosque, no tenía a nadie que le cantase, no pudo oír a los lobos... Esa noche, no pudo sonreír a la luna llena.
El Capitán eufórico, subió a la torre. Al fin había derrotado al amor, consiguió romper la promesa de los jóvenes enamorados. Abrió la puerta de la estancia donde la Niña Triste estaba cautiva. Pero se quedó petrificado...

La Niña Triste, estaba inerte en el suelo. Su piel estaba fría cual témpano de hielo, tenía una palidez lejos de lo terrenal. Sus labios se tornaron violáceos y su cabello, se extendía como un abanico roto en el frío suelo de su prisión. La Niña Triste murió de amor.
El Capitán sintió que la coraza de su corazón se desquebrajaba y con un dolor insoportable que rasgaba su alma, cogió a La Niña Triste llevándola con delicadeza, como si de una flor marchita que comenzaba a perder sus pétalos se tratase.

Con el corazón roto y arrepentido de sus actos, enterró a La Niña Triste en el bosque yermo y carbonizado. Su tumba fue bañada por la luz de la luna llena y su muerte llorada por el aullido fantasmal de un lobo.

El Capitán, replantó el bosque con sus manos como único instrumento y todas las noches de luna llena, subía al balcón de la más alta torre. Desde allí, podía contemplar los espíritus de los jóvenes, unidos al fin para toda la eternidad.

Desde entonces, el Capitán miraba a la luna llena y dedicaba a La Niña Triste, un lágrima para alguna vez, poder conseguir su perdón.