jueves, 20 de septiembre de 2012

Por ti, volaré. Parte IV.(Humor)


Salí del baño con una cara que bien delataba lo "agustito" que me había quedado, sobre todo por evitar un desenlace que solo podría resolverse haciendo acopio del interior de mi equipaje. ¿nos entendemos?.

Cuando salí, me dirigí hacia donde estaban dispuestos unos bancos con mesas, elegí uno que estaba frente al panel de información. Comprobé el número de referencia de mi vuelo, me lo sabía de memoria pues lo había visto más de cincuenta veces (sin hacer alusión de mi sevillanía) aún así quería estar completamente segura. Siquiera tenía anunciado el aviso de embarque, es más, faltaban aún unos seis vuelos más antes del mío.
Llamé a mi pareja de nuevo (tuve que cortar la llamada para pasar por seguridad), necesitaba escucharle, solo me ocurre con él. Cuando trabajaba en la radio, le llamaba por teléfono antes de cada emisión y su voz siempre me tranquilizaba y los nervios se desvanecían. Y esta vez no fue diferente, mi cara se iluminó cuando le oí, casi podía sentirle a mi lado. Me habló de todo cuanto se le ocurrió, incluso de las actualizaciones de facebook y las frases de apoyo de nuestros amigos para mí. Todo esto lo hizo con el manos libres, pues se estaba afeitando y arreglando. Hablamos casi media hora hasta que, en el panel de información se anunció el número de terminal del vuelo que iba justo antes del mío y me entró de nuevo la llorera porque la siguiente era yo. Mi pareja hubiese querido consolarme, pero muy a su pesar (más al mío) tenía que colgar. Ya que su casa distaba casi dos horas en coche del aeropuerto donde me dirigía.
Me pidió que me tranquilizase y le prometí que así lo haría, pero crucé los dedos porque ambos sabíamos que esa promesa no la podría cumplir. Alargamos la despedida tipo "cuelga tú, no, mejor cuelga tú", (a veces nos ponemos de un tonto que parecemos quinceañeros) pero finalmente la llamada se cortó. Aún así permanecí con el teléfono en la oreja un par de minutos y mirando con soslayo a todo cuanto me rodeaba.

La gente parecía tranquila, unos charlando, otros ensimismados en sus portátiles y otros leyendo. De repente me acordé del libro que tenía bajo el brazo (estaba tan tensa que ni me di cuenta que aún lo tenía ahí). Intenté distraerme concentrándome en la lectura, suspiré con un leve matiz de alivio al volver a sentirme acompañada. El libro de relatos que tenía, estaba escrito por distintos autores, muchos de ellos son buenos amigos míos. Leer sus relatos con sus nombres al pie de los mismos, me dio la sensación que estaban a mi lado. Y claro, no pude evitar imaginarlos como se reirán cuando les cuente esta experiencia que estoy viviendo, seguro que a carcajadas. Eso me relajó un poco más, les prometí que escribiría con pelos y señales (en ello estoy), me ocurre cada cosa que, ¡uf! para escribir un libro, pero seguro que ni se imaginan todo lo que me ha pasado.

La tranquilidad que sentí en ese momento fue fugaz, pues una voz distorsionada que salía de un altavoz mezclada con el bullicio del lugar hizo incomprensible la misiva y mis nervios florecieron de nuevo porque estaba convencida que era una información muy importante y que debería tenerla en cuenta. Mis nervios resurgieron con más fuerza que el aguacero del Monzón.

Bajé la mirada buscando una distracción que me evadiese por completo. Y ante mí se mostró la respuesta casi como una aparición divina, una cervecería Gambrinus (lógico, seguía en Sevilla). El establecimiento estaba frente a mí, invitándome a entrar, ofreciéndome una copa...
Debo añadir que por norma general no bebo alcohol, salvo en Feria, fin de año o acontecimientos importantes, pero incluso así, suelo tomar un par de copas solamente (no asimilo muy bien el alcohol, me sienta fatal). Pero esta ocasión era especial ¡vaya si lo era!. Me levanté y fui decidida a pedirme una cerveza para intentar templar los nervios.

Pensé pedirme una caña, pero el establecimiento tenía un gran ventanal por el cual se divisaba las pistas, en ellas, habían un par de aviones mirándome con aspecto sádico (de verdad que parecía que me miraban). Otra vez descompuesta y otra vez muertita de miedo. Un hombre que estaba junto a mí en la barra pidiendo su comanda, me miró sonriente, "¿Es la primera vez que vuelas?, me preguntó con ese deje de guasa muy típico en Sevilla. Asentí con la cabeza repetidas veces y muy rápido. Me dio un par de consejos y me dijo frases tranquilizadoras que ya había oído tropecientas veces y que aún no había asimilado. Bueno, pues al final me pedí una jarra de medio litro. Regresé a mi asiento y fijé de nuevo la mirada en el panel de información.

Más o menos llevaba media jarra consumida, cuando se anunció el número de la terminal de mi vuelo. Tal fue la impresión que me dio, que me terminé la otra mitad de la cerveza de un solo trago. Recogí mis cosas y me puse en pie de un salto (mala idea). La cerveza subió tan rápido a mi cabeza como baja uno haciendo puenting. "Uuuuyyyyy, cómo sssubeeee etttoooo", dije intentando mantener el tipo. Creo que disimulé bien y que nadie me oyó. Pero ahora, recordando todo esto lo dudo mucho. Estaba dando el cante desde que puse los pies en el aeropuerto, seguro que si me lo propongo, me encuentro en youtube.

Me puse la mochila a la espalda y dirigí despacio, procurando ser elegante en mi caminar (seguro, já, já y já). Murmuraba con nerviosismo para mí "Mala idea la cerveza, muuuu mala idea". Miré los números de las terminales para encontrar la mía, tras dejar atrás la tercera comprobé que la mía se encontraba al final del larguísimo e interminable corredor. ¿Cómo no?. Murfhy y sus cosas.

(Continuará...)


2 comentarios:

  1. Imagino que la cerveza de medio litro sería una cañita, no???

    Pues nooooo, fué medio litro.
    Me lo creo,en esos momentos....

    ¡¡Ah!! Me voy "pal avión".

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  2. De verdad de la buena que fue una jarra de medio litro, Buf, cada vez que lo recuerdo, la resaca viene a mí. jajajajaja

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